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Elementor

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INTRODUCCIÓN:

En la vibrante ciudad de Posadas, en la provincia de Misiones, Argentina, donde el río Paraná serpentea entre terrenos subtropicales y edificios modernos, vivía Alex Rivera, un estudiante de geología de 20 años. Alex equilibraba sus días entre las clases en la universidad, explorando formaciones rocosas y trabajando a medio tiempo en una cafetería local llamada "Café del Río". Soñaba con descubrir tesoros ocultos en la tierra, pero su vida era tan predecible como las lluvias de la región. Todo cambió durante una excursión universitaria a las minas de Wanda, un pequeño pueblo minero famoso por sus gemas y piedras preciosas. El grupo de estudiantes caminaba por las galerías subterráneas, admirando los cristales de cuarzo y ágatas que brillaban bajo las luces artificiales. Alex, siempre curioso, se apartó un poco del camino principal y notó una roca inusual: una piedra iridiscente que resplandecía con tonos de verde, rojo, azul y amarillo, más viva que cualquier otra en la mina. "Esto no es normal", murmuró, extendiendo la mano para tocarla. Al contacto, una energía pulsante recorrió su cuerpo. La roca, un artefacto ancestral guaraní conocido en leyendas como "Yvágua" o piedra celestial de los dioses, pareció fundirse en su piel, absorbiéndose como si fuera parte de él y despertando espíritus elementales dormidos. Un vértigo intenso lo invadió, y el mundo se volvió borroso. Alex se desmayó en el suelo polvoriento de la mina. Despertó en el hospital de Posadas, con luces fluorescentes cegándolo y el pitido de monitores a su alrededor. Los médicos le dijeron que había sufrido un golpe de calor o un desmayo por el aire viciado de la mina, pero no encontraron nada anormal en sus exámenes. Alex no recordaba nada de la roca; solo un sueño vago de elementos danzando a su alrededor, inspirados en mitos antiguos. 

CAPITULO 1: El Despertar

El aire en Posadas siempre era pesado, una mezcla de humedad subtropical y el aroma a tierra roja que lo impregnaba todo. Pero para Alex Rivera, de regreso en su departamento tras el alta médica, el aire se sentía... diferente. Como si pudiera contar cada molécula de oxígeno que entraba en sus pulmones.

—Solo fue el encierro en la mina, Alex. Falta de oxígeno —se repetía frente al espejo, acomodándose el uniforme de "Café del Río".

Se veía igual. Sus ojos oscuros seguían ahí, su cabello castaño algo revuelto también. Pero al tocar la bacha del baño para lavarse la cara, sintió un escalofrío. El agua no solo mojó sus manos; pareció saludarlo. Por un segundo, el chorro se curvó hacia su palma antes de caer al desagüe. Alex sacudió la cabeza. "Alucinaciones post-traumáticas", pensó.

La tarde en la Costanera estaba colmada. Turistas y locales buscaban refugio del calor misionero bajo los aires acondicionados del Café del Río. Alex se movía mecánicamente entre las mesas, pero sus sentidos estaban disparados. Escuchaba el fluir del río Paraná a metros de distancia como si lo tuviera en el oído.

De pronto, un estruendo sacudió los ventanales. Un camión de suministros, al intentar esquivar a un perro en la avenida, perdió el control y chocó contra un transformador eléctrico justo frente al café. Chispas azules saltaron como fuegos artificiales violentos. El poste de luz cedió, inclinándose peligrosamente sobre un grupo de personas que esperaba afuera. El pánico estalló. Una niña se había quedado paralizada justo bajo la trayectoria del poste que caía.

—¡Cuidado! —gritó Alex. No lo pensó. Corrió, pero no fue una carrera normal. Con cada paso, sentía que el suelo le daba un impulso extra, como si la Tierra misma empujara sus talones. Llegó hasta la niña y, en lugar de taclearla, extendió ambas manos instintivamente. 

El suelo bajo sus pies crujió. Dos columnas de piedra roja brotaron del suelo con una fuerza volcánica, interceptando el poste de metal y sosteniéndolo en el aire. Una ráfaga de Aire helado salió de su mano izquierda, mientras que el Agua de una fuente cercana saltó como un látigo, envolviendo las llamas del poste de luz y extinguiéndolas con un siseo de vapor.

El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el sonido del río. Alex estaba allí, con los brazos extendidos, rodeado de pilares de tierra que no deberían existir y agua que aún flotaba en el aire antes de caer como una lluvia suave. La gente lo miraba con asombro y terror. La niña lo miraba como a un milagro. Alex se miró las manos: sus venas brillaban con una luz iridiscente, la misma que había visto en la mina de Wanda.

—No fue un desmayo —susurró para sí mismo, mientras el primer trueno de una tormenta de verano resonaba en el cielo. 

El estruendo del transformador seguía vibrando en el aire, pero el silencio que cayó sobre la multitud fue mucho más aterrador. Alex sentía la energía residual quemándole las palmas. Al levantar la vista y ver a decenas de personas sacando sus teléfonos, un frío gélido le recorrió la espalda.

"Si ven mi cara, se acabó", pensó con desesperación.

Antes de que la niña a la que había salvado pudiera decirle gracias, Alex reaccionó. No esperó a que el polvo se asentara.  aprovechó la confusin visual, se arrancó el delantal de "Café del Río" y agarró un gorro que encontro en el suelo que se la habia caido a alguien por el incidente, corrió lejos de la multitud y siguió por el borde de la peatonal de la costanera hasta llegar a un tramo donde sube una pendiente que sale de la costanera y se introduce a la ciudad. 

Más tarde en su departamento.

Después de la adrenalina, Alex logra escabullirse hasta su pequeño departamento de estudiante. Cierra la puerta con tres vueltas de llave, apoya la espalda contra la madera y se desliza hasta quedar sentado en el suelo, en total oscuridad. El silencio de su habitación es ensordecedor comparado con el caos de hace unos minutos. Es aquí donde la realidad lo golpea.

Como estudiante de geología, Alex siempre ha buscado explicaciones racionales. Pero esto... esto desafía todas las leyes de la termodinámica y la física que estudió en la universidad. "Tiene que ser un sueño. O un brote psicótico por el aire de la mina", piensa, mientras observa sus manos en la penumbra. Pero el olor a tierra húmeda que emana de su propia piel es demasiado real. Se imagina su cara en los noticieros locales, en los grupos de WhatsApp de la facultad. Piensa en sus padres. Si lo descubren, no solo será un fenómeno de circo, será un blanco. "Si vuelvo a la facultad mañana, ¿podré tocar una piedra sin que explote?".  Al cerrar los ojos para calmarse, se da cuenta de algo aterrador y fascinante a la vez: ya no se siente solo. Siente el agua circulando por las tuberías del edificio, siente la humedad del aire misionero pesando en sus hombros y la estructura de hormigón y hierro que lo sostiene. Es como si el mundo entero le estuviera hablando en un idioma que apenas empieza a entender.

ELEMENTOR: The Rise of Alex RiveraHistórias para pegar e não largar. Descubra agora