Todos los años se lleva a cabo el torneo internacional de fútbol Las Américas. Este es un torneo que se realiza con el fin de encontrar las futuras semillas del fútbol, que se destacaran ya sea a nivel profesional o semiprofesional.
Muchos equipos de diferentes partes de Colombia, o del continente sudamericano, asisten con el objetivo de mostrar su talento colectivo, competir por su reconocimiento a nivel regional, nacional e internacional y también por el anhelado título.
El torneo se realiza para diferentes categorías, en las cuales se encuentran los jóvenes menores a 15 años (sub 15), menores a 17 años (sub 17) y menores a 19 años (sub 19). Esto con el fin de lograr un nivel de competencia optimo y justo, una participación inclusiva que pueda dar la oportunidad de que cada jugador pueda ser observado y analizado por los diferentes veedores que asisten al torneo, con el fin de labrar un camino prometedor para el jugador.
Aunque el hecho de ganar este torneo causa gran ímpetu en la imagen que percibe el público del equipo ganador, esto solo es un abre bocas para las competencias a nivel internacional, pues los ganadores de las diferentes categorías son invitados a torneos internacionales que se llevan a cabo en países como Suecia o Italia.
Cuando recibí la noticia de que mi equipo seria participe de este torneo, se generó una ambivalencia, pues en un lado estaba el sentimiento instintivo de la competencia y por el otro el miedo al fracaso ya que las expectativas que tenían los directivos del equipo eran claras y se necesitaba de gran concentración, esfuerzo y disciplina para lograrlas.
Los entrenamientos se empezaron a tornar tensos y exigentes, la diversión parecía el lado claro de la luna, nosotros no encontrábamos en su lado oscuro, padeciendo sus inclementes enseñanzas.
Los gritos, las palabras obscenas, los manotazos, parecían dulces caricias de la diosa de la victoria que se ensañaba en darnos todo su cariño.
Nos preparamos por cuatro largos meses, la dedicación a los entrenos se parecía a la abstinencia de un célibe que se ha recluido en un convento para alcanzar la tan esperada salvación. Practicábamos con el balón, como sin él. Competimos con un gran número de equipos, pues el fogueo era fundamental para lograr la compenetración de cada engranaje del equipo. Con el objetivo de reducir el margen de error y alcanzar la armonía de los movimientos colectivos.
El primer partido despertó en mí unos grandes niveles de ansiedad, una noche antes había preparado la hora en que llevaría a cabo mi limpieza personal y mi alimentación. No paraba de fantasear sobre mi rendimiento en el partido, que jugabas realizaría y la posibilidad de anotar un gol. Aunque mi factibilidad para ser un gol era tan inverosímil, que me asustaba con el simple hecho de reproducirlo en mi mente.
La buseta del equipo llego a mi casa a eso de las siete de la mañana, al sentarme en el asiento de la buseta pude percibir los matices de una atmósfera cargada de miedo y ansiedad, las caras de mis compañeros revelaban una rudeza o agresividad que nunca había visto, desde ese momento supe que esto solo era una máscara para encubrir lo que en realidad pasaba en su psique. El camino a la Troja (lugar donde se juegan algunos partidos del torneo) fue algo desapacible, quería que el camino fuera infinito, no quería enfrentarme al destino, estaba asustado.
Al bajar de la buseta, vislumbrar las canchas, los equipos, me di cuenta que esto no era más que un monte que debía conquistar, un abismo que debía cruzar. Una fuerza interior empezó a tomar fuerza, este torneo no era más que un suceso importante, pero no sería el único, ya que la vida, aunque efímera aguarda una infinidad de sucesos importantes que nos asaltaran con su bella osadía.
El cuerpo técnico nos dirigió una disertación motivadora a todos nuestros compañeros del equipo, pude notar como en nuestra sangre perecía el miedo, para empezar a fluir el líquido de la victoria.
Salimos al campo del juego los primeros minutos fueron infaustos, el balón parecía quemar en nuestros pies, pero nos reivindicamos al no dar por vencido ningún balón en los encuentros cuerpo a cuerpo. La mitad del primer tiempo nos refugiamos como un murciélago en su cueva. El entrenador nos motivó a que demostráramos la alta jerarquía que habíamos logrado alcanzar en estos meses de entrenamiento, nos invitó a que nos adueñáramos del balón, con carácter y coraje.
Mi equipo salió dispuesto a disputar el siguiente tiempo, tomé un trozo de chocolate y repartí algunos pequeños trozos a mis compañeros, con el fin de recargar nuestros niveles de energía.
Al entrar al campo de juego sentí una punzada en mi estómago, no repare mucho en esto y espere atento el pitido que anunciaba el comienzo del segundo tiempo. Esta vez logramos llegar al arco rival por medio de pases largos, que desconcertaron al rival que erguía su linea defensiva sin respaldos, por lo que nuestros delanteros aprovechaban esta ventaja, para ganar sus espaldas.
En un momento del partido unas incesantes arcadas irrumpieron mi rendimiento, corrí hacia la banda lateral y vomite, el entrenador advino para darme un poco de agua, después de pasar este percance sentí como mi cuerpo se relajaba, volví a al campo de juego mucho más ligero, el entrenador me felicito en medio del partido por mi dinámica de juego, no repare mucho en estos halagos ya que suelen desconcentrarme.
Faltaban diez minutos para que concluyera el partido, se habían efectuado los tres cambios, el marcador seguía en tablas, algunos compañeros daban muestras de fatiga, pero yo seguía renovado, como si acabara de despertar de un sueño reparador.
Mientras atendían a un jugador del otro equipo, miré hacia donde se encontraban algunos aficionados que observaban el partido, entre ellos pude ver a mi madre que me miraba con expresión recia y austera. La miré por unos segundos, luego volví al campo de juego donde se reanudaba el partido.
Faltaban tres minutos para acabarse el partido, teníamos un tiro de esquina a favor de nuestro equipo, me posicione en el segundo palo, mi compañero ejecuto el tiro, el balón viajo a gran altura pasando por la cabeza de defensores y atacantes sin que pudieran evitar su paso, un defensor que se encontraba adelante de mi salto muy alto, pero no midió su tiempo con relación al balón, por lo que este paso unos centímetros sobre su cabeza, al ver que venía el balón reaccione rematando con todas mis fuerzas con la parte frontal de mi cabeza, el balón viajo hacia el palo izquierdo de la portería, dejando desconcertado al arquero, para así anotar el famoso Gol.
Nunca había anotado un Gol, por lo que no supe que debía hacer en el festejo, solo me quedé ahí parado, pasmado de este suceso, de que lo inverosímil se materializara. Mientras nuestro equipo se reorganizaba para reanudar el juego, vi hacia los aficionados y encontré el rostro candoroso y jovial de mi madre, le devolví una sonrisa.
En los últimos dos minutos, por preceptos del entrenador decidimos refugiarnos en nuestra mitad de campo, para así asegurar el resultado. El partido termino a favor de mi equipo por un gol. En un acto de competencia sana estrechamos la mano del contrario.
Antes de partir a nuestro hogar el entrenador nos exhorto a que guardemos la calma pues el campeonato apenas comenzaba y los equipos venideros lo darían todo, aunque sus palabras solo incitaban nuestras ganas de ir por más.
El campeonato empezó el nueve de octubre y finaliza el diecinueve de octubre para los que llegan a instancias finales. Este fue mi primer partido. Si se animan pueden ser los espectadores de tan magnifico derroche de energía, coraje, valentía y ganas por parte de estos jóvenes futbolistas.
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El febril anhelo de un Gol
Historia Cortamuchos han tenido la maravillosa experiencia de practicar diferentes deportes, para los que no, os dejo este relato. Que llenen vuestras venas de un poco de adrenalina.
