Nota: esta es una obra terminada. Si la disfrutas, házmelo saber y subiré el resto.
Canción: Lazerhawk, Electic Groove.
"No había nada que estuviera en pie; solo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia."
—El Popol Vuh.
Para Héctor Luis, con amor. Firma Laurence Castillo
El presente trabajo es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. La descripción de algunas localizaciones y elementos históricos puede no ser exacta por motivos de libertad artística. Además, numerosos diálogos con ejemplos de deliberada ortografía horrorosa pueden ser encontrados a lo largo del relato, para representar esa forma repudiable de expresarnos a la que acudimos de vez en cuando.
—El autor.
<<<Se encontraba a sí mismo desnudo en un infinito espacio blanco inundado por un agua cristalina que le cubría hasta los talones. Luego miraba frente a él a las dos figuras envueltas en plumas ancestrales, con sus siluetas reflejándose quebradizamente en las movidas aguas. Clamaban por su corazón. Así lo había visto mucho antes de que tuviera significado alguno para él.>>>
En algún lugar de la Avenida Los Próceres, en Tegucigalpa, las mortecinas luces del rotulo del, no tan originalmente nominado, restaurante de comida oriental "Dragón Dorado" (金龙 Jīnlóng) se alzaban a la vida.
Mateo, divagando en lo más nimio de la vida, había pensado en lo genérico del nombre de aquel lugar donde laboraba, y había llegado por sí mismo a la conclusión de que aquellos negocios trabajan bajo el Principio de la Familiaridad.
Ahora, el tranquilo ambiente urbano nocturno que reinaba en el estacionamiento del local se revolvía enloquecido por el estruendo mecánico de su motocicleta, mientras aparcaba entre dos líneas blancas paralelas tras realizar una entrega a domicilio. El farol frontal dejó de iluminar la curtida pared. Abandonó la postura y, ahí, sobre el vehículo, se dispuso a desperezarse el cuerpo en silencio, solo el suave silbido de los vehículos pasando a sus espaldas podía escucharse.
Con un amplio movimiento de la pierna se bajó con moderado desgano de la motocicleta que ahora yacía inclinada sobre su extensión de reposo. Miró el ridículo contenedor de comida en la parte trasera del vehículo, con un dragón dorado dibujado en este que apenas podía verse en la amarillenta luz del poste callejero. Bajó el cierre de su chaqueta de cuero y cruzo el estacionamiento con su casco negro metálico bajo el brazo con rumbo a la puerta principal a paso sosegado.
La campanilla de la puerta de cristal traslucido sonó cuando tiró de esta, dando paso al desolado vestíbulo recibidor del restaurante que estaba bañado de una suave iluminación azul neón. Una enorme pecera casi carente de peces lo recibía a uno a la derecha, un extenso mueble de espera de cuero cobrizo a la izquierda. No había clientes aparte de un hombre solitario e irrelevante encogido sobre su plato de arroz frito en la mesa de un rincón.
Una suave música mundana podía escucharse provenir del otro lado del recibidor, sobre el cual reposaba la típica estatuilla felina de la suerte que podía verse comúnmente en aquel tipo de negocios; "El gato de la suerte." "El gato que mueve la mano". "El Zhāo cái māo".
Mateo caminó a pasos resonantes hacia el recibidor. Dejó el casco sobre este con firmeza y se apoyó de codos ahí, viendo del otro lado a la encargada reposar de piernas cruzadas, sentada en una silla plástica roja junto a la ventanilla rectangular por donde aparecían "mágicamente" las blancas bandejas de comida a entregar.
La mujer de cintura y abdomen dilatados, Yaritza, estaba ensimismada en su teléfono inteligente, sin disimulo alguno de su aburrimiento e indiferencia. Llevaba ajustadas ropas y zapatillas deportivas de un color chillón que a Mateo siempre le resultaron inapropiadas, ridículas. Tenía el cabello rubio oxigenado y olía a perfume barato. La observó por largo rato, con su serio, o a veces inexpresivo rostro varonil ensombrecido bajo la luz azul neón, sin que ésta alzara la vista de aquel aparato ante su presencia.
—Volviste a tomar mal la orden —le reclamó Mateo, con una voz impasible.
Yaritza desvió ligeramente la mirada de su pantalla y se encogió de hombros. No dijo nada.
La música que se reproducía se detuvo. Solo el zumbido del refrigerador de refrescos podía escucharse entre ellos. Y quizás el apenas audible canto urbano del otro lado de la puerta de cristal.
—Mira —dijo Mateo tras unos segundos de silencio—: yo sé que a vos te vale pija esta chamba de mierda, y a mí también. El pedo es que YO soy el que le tengo que ver la cara de perro al cliente cuando me reclaman porque VOS hiciste mal tu trabajo, y eso... me enverga la vida.
Yaritza rechinó los dientes.
—¿Y vos le pones mente? —dijo, con aquella indiferencia que asqueaba a Mateo desde que había aceptado ese empleo apenas un par de meses atrás.
Él suspiró, reprimiendo el sentimiento de ira ante su indolencia. Tamborileó sus dedos sobre el recibidor de mármol oscuro y dijo, tajante:
—Dedícate a apuntar bien esas mierdas, que para eso te pagan, y yo me voy a dedicar a entregarlas a la hora y nada más, que para eso me pagan. Por estar en ese Facebook culero... No tengo porque andar dando explicaciones a los clientes del porque su bandeja de Chow Mein se convirtió en una de Wantán. Dejas mal parado al negocio, no jodas. No sé cómo te aguantan aquí. Ya hay aplicaciones para esto.
—¡Ay, culeco viejo! —renegó Yaritza frunciendo el ceño.
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El intranacional
AcciónMateo es un joven repartidor de comida rápida que, tras una serie de eventos violentos, terminará trabajando como el guardaespaldas de un excentrico hombre aficionado de la cultura maya y su hermosa y tenaz hija en una aventura urbana cargada de per...
