Octubre 31 del 2015
Era octubre; el otoño empezó, llovía por las noches, la temperatura comenzaba a bajar , las hojas de los árboles caían. Octubre 31, esa noche mi amiga yo fuimos a la fiesta más popular del condado.
—¿Crees que debimos disfrazarnos? — Cecilia me preguntó con inseguridad e incomodidad, demasiada diría yo.
—No, son muy pocas las personas que llevan un "disfraz" —. Dije e hice comillas con mis dedos en la última palabra ya que los disfraces solo era una máscara de algún personaje de película clásica de terror.
Llegamos hacia una de las barras para pedir cualquier trago que me llamara la atención.
—Buen disfraz — dije a un chico que estaba a un lado mío. Llevaba una gabardina azul oscuro casi rozando al color negro, de tela brillosa y aterciopelada. Debajo de ésta, vestía una camisa de vestir blanca, en las manos unos guantes color negro que parecían ser de piel, lo que más me impresionó fuera de su porte elegante fueron aquellos cortes profundos en su rostro en especial el corte más grande en su mejilla.
—Gracias, diría lo mismo de ti y de tu amiga pero parecen no tomarse este tipo de eventos en serio— respondió con una voz tersa y burlona.
—Solo he venido a beber— dije arrastrando mi última palabra mientras me ponía de pie junto a Cecilia, me acerqué a él y susurré cerca de su oído—. Y te apuesto, a que eres el único que se lo tomó en serio.
Sujeté a Cecilia de la mano para caminar hacia la parte trasera de la casa.
—No traerás disfraz pero te juro que eres la más bruja de la fiesta. Pobre tipo, le has quitado toda la ilusión de su vestuario planeado 364 días atrás.
Las horas pasaron, los tragos también, al igual que la cordura. Me había besado con dos tipos completamente desconocidos, había perdido de vista a Cecilia.
Luz roja.
Luz verde.
Humo de tabaco y de porros de marihuana.
Revisé mi celular 2:30 a.m. , veía a chicas y las confundía con Cecilia, así que decidí llamarla. No respondió, volví a llamar y tampoco respuesta. ¿Se habrá ido?
Busqué por toda la planta baja de la casa, sala, comedor, baño. Ella no estaba.
La gente disminuía, convirtiéndose en un grupo cada vez más chico. Subí las escaleras, busqué en la primera habitación, nada ,segunda habitación nada. Justo en la tercera puerta que al principio creí que era un baño, resultó ser un armario.
Encendí la luz, ella estaba ahí.
Sola.
Fría.
Desnuda.
Muerta.
El abdomen repleto de sangre, señalando que había sido apuñalada un sin fin de veces. Comencé a temblar, mi ojos se aguardaron.
¿Esto era real?
Bajé las escaleras en busca de ayuda, no sabía qué más hacer. Esta vez no vi personas en la sala, inclusive la música se había ido. Había un poco de neblina gracias a una máquina de niebla que utilizar para ambientar la fiesta, había vasos regados, prendas de ropa, colillas de cigarrillos en el suelo. Caminé hacia la cocina, vacía.
Comencé a respirar con dificultad, acaban de matar a mi amiga y no sé cómo sacarla de aquí. Deslicé la puerta corrediza para salir hacia el gran patio de aquella casa que conectaba hacia algunas casas no tan vecinas y bosque. Sentí mi mano húmeda, era sangre en la manija de la puerta. Cómo de alguien que también quería salir y no logró.
Salí de la casa y comencé a caminar con pasos lentos hacia la entrada del bosque.
—¿Tan pronto te vas? —Me paré en seco, conocía esa voz. Era él, el chico de la gabardina.
—¿Dónde están todos? —Tartamudeé —. ¿Quién eres?
—Todos están dormidos— respondió con una gran sonrisa—. Y no se trata de quién soy, sino de quienes somos.
—¿Somos? —Pregunté en voz baja, quedándome paralizada. Miré tras de él. Había una persona más vestida de la misma manera que él, arrastrando a una chica del cabello.
También estaba muerta, también estaba llena de sangre por el cuerpo. ¿Cuántos más eran? ¿Cuántos más habían asesinado?
Comencé a llorar, a temblar.
Él comenzó a reírse, su risa de una persona enferma, jodida, era un puto loco.
—Tenías razón en decir que tomo esto muy en serio, pero fallaste al decir que era el único—. Decía mientras se acercaba a mí odio para susurrarme — ¿Quieres dormir, Dania?
Y entonces, sacó una daga y en un movimiento fugaz, cortó mi garganta.
Abrí los ojos de golpe, estaba en mi sala. Me había quedado dormida esperando a Cecilia. Ella estaba enfrente de mí con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—¿Vamos a ir a la fiesta o no?
MJ
