Cuando era pequeña, miraba desde la ventana de mi pieza, como pasaba el tren a todo vapor, repleto de pasajeros. Cerraba los ojos y me imaginaba ahí, tan cercana, tan inmersa en el vapor que humeaba incesante formando nubes grotescas con forma de animales. Durante la madrugada, nos levantábamos con Amelia, mi hermana más pequeña, mirábamos juntas por la ventana y soñábamos el día en el que ambas viajáramos sin rumbo, con el tren, a cualquier parte que fuera posible.
Una madrugada como cualquier otra, Amelia trajo una hoja en blanco y muchos lápices de colores, dibujamos nuestro propio mundo y los lugares que cada una quería conocer. Yo quería conocer "Atakoa" y ella "Calada", pusimos nuestros nombres en cada porción de tierra dibujada, guardamos las cosas y ambas nos fuimos a dormir.
Menos mi mente.
Mi mente desde entonces, no duerme.
11 años después.
-¡Julissa está el desayuno!
-Enseguida bajo, tía. Dame un segundo- grito desde mi habitación.
Tomo mi mochila, las zapatillas en la mano, el casco de la bici en la otra mano, y voy acomodándome la ropa mientras bajo las escaleras. Sí, otra vez me quede dormida.
-Perdón tía, solo tomare un sorbo de café o esta vez van a despedirme
Me mira con sus ojos saltones que me incitan a dejar las cosas en el piso y sentarme a comer el desayuno que acaba de preparar.
-Julis, no puedes seguir llegando tarde al trabajo, pero tampoco puedes irte siempre sin desayunar.
-Lo sé tía, y lo siento mucho. Voy a solucionarlo, te lo prometo.
-Está bien, hija. Acá está tu vianda –le entrega una bolsa de papel y una lata de gaseosa- Come por favor, que cada vez estas más delgada.
Me levanto para agarrar mis cosas, tomo la vianda y le doy un gran beso en su frente.
Estoy llegando a la puerta, miro por encima de mi hombro cada rincón de la pequeña casa, y la miro con los ojos llenos de lágrimas, como cada mañana. Y entonces le digo:
-Me cuidaré y volveré. Te amo. Adiós
Y salgo de la casa a toda prisa. Tomo mi bicicleta y emprendo mi viaje al trabajo.
El camino está lleno de árboles, el viento me golpea la cara mientras suena una melodía suave en mis auriculares. Seguramente mi jefe debe estar por llamar, voy a llegar casi 15 minutos más tarde de mi horario, y viene ocurriendo desde que el invierno empezó a marcharse. Todas las noches, desde que volví a casa, miro por la ventana esperando el tren y me cuesta cerrar los ojos cuando éste se va.
Antes de llegar a la cafetería donde trabajo, paso por un refugio donde unos niños suelen esconderse para que nadie se los lleve, me bajo de la bici y afuera esta Matilde
-El calor está llegando, me parece- le digo mientras le entrego mi vianda y otras golosinas- creo que van a necesitar algo más liviano, esta primavera va a ser muy calurosa Matilde.
Ya nos hicimos amigas, pero aún me mira de costado cuando le hablo. A pesar de tener solo 12 años, es toda una mujer.
-Gracias Juli. Sí, creo que va a hacer mucho calor en estos días. ¿Podrías conseguirnos algo?
Me acerco despacio hasta abrazarla
-¿Alguna vez deje de ocuparme de ustedes?-nos miramos a los ojos-Ustedes también son mi familia. Vigila que los gnomos de tus hermanos coman. Debo irme a trabajar
Nos damos otro abrazo, y mientras nos despedimos, subo a mi bici y sigo mi camino.
Nuestra cafetería esta debajo de la posada EL LEGADO, el único lugar donde los viajantes paran para hacer el trasbordo del tren. Es un lugar muy elegante y con mucho trabajo, principalmente en esta época del año, donde la posada alquila su salón de eventos para congresos y esas cosas donde viene mucha gente a capacitarse. Esta semana, hay un congreso de medicina, sino me equivoco, de neurocirujanos. Mi jefe no nos cuenta mucho. Cree que lo mejor es no saber, para atender a todos por igual, pero las mucamas tienen siempre toda la información, y anoche nos dijeron eso. Les creo, nunca se equivocan.
Al llegar al café, el señor gruñón me está esperando afuera con los brazos cruzados y una cara de muy pocos amigos.
-Jefe, le pido mil disculpas, mi tía sigue con fiebre pero ya está mejor. Seguro que mañana ya no va a requerir de mí.
Me tira en la cara mi uniforme
-Espero que un día dejes de enfermar a tu tía Julissa. Ahora apúrate, el tren llego recién y no damos a vasto.
Corro a la puerta trasera, entro al baño y rápidamente me pongo mi tonto uniforme, en el que parezco una autentica Cenicienta, solo que mas moderna y azul, muy azul.
Me miro al espejo y me recojo la mitad del cabello en una cola de caballo, con un moño que siempre uso.
Esa eres tú Julissa. Esta es tu vida ahora.
Salgo enseguida y tomo una bandeja del mostrador.
-Pepe, ya estoy. Dime que llevo.
-Buenas noches Juli- me dice entre risas- lleva estos cafés a la mesa 3
-Enseguida mi capitán- me marcho guiñándole un ojo
Avanzo sin problemas entre las mesas, ya era todo muy natural. Mis manos sosteniendo la bandeja, mis caderas rodeando las mesas y las sillas. Sí. Muy natural.
De repente, un niño se cruzó por delante mío corriendo, y mi bandeja tropezó en mis dedos. Pude salvar las tazas, pero no los jugos. Y todo su contenido cayó en el caballero tenso de la mesa 3.
-Dr, ¿Se encuentra bien?-Le dice preocupada una rubia de ojos azules que estaba en su -mesa, hasta que dirigió sus ojos a mí, donde estaba dura, shockeada- Niña tonta, ve por algo para limpiarlo, no puedes ser tan torpe.
El no parpadeaba, parecía furioso, pero estaba calmo. Sus grandes ojos verdes, y sus facciones morenas, no me dejaban ver cómo sería su reacción. Me miraba intimidante, me sentía hipnotizada
-Mi nombre es Elian, es un placer- me dijo mientras tendía su mano- A todos nos puede pasar señorita. ¿Cuál es su nombre?
Seguía teniendo mi mano, y de golpe, el tiempo se detuvo entre nosotros
-Ju...Ju...Julissa, Mi nombre es Julissa.
CONTINUARÁ..
BINABASA MO ANG
Adiós
RomanceJulissa volvió hace pocas semanas a su casa, después de dos largos años luchando contra una gran depresión que la azotaba. Fue testigo del asesinato de su hermana pequeña Amelia, y la culpa la acecha. Su madre se suicidó meses después de la partida...
