Era abril de 1894, se sentían los últimos días calurosos del verano, y a ratos, por las tardes, se sentía una leve brisa que anunciaba la entrada del precipitoso invierno. Masaya se vestía de naranja en sus atardeceres, pero debido a mi artritis no podía caminar grandes distancias para verlos en el malecón, así que me bastaba con sentarme en la banca del parque, una en la que se ha hecho mi amiga por los últimos 10 años y en la que veo una Noria rodar cada octubre, cuando instalan los juegos infantiles. Este año fue un viernes que vino de regreso, yo me preparé como de costumbre, mocasines negros con pantalón de casimir y una camisa a cuadros con la que no combinaba nada bien, pero que me hacía sentir cómodo; mi boina estaba lista en el perchero, un poco desteñida, maltratada por el tiempo, ha visto y sufrido tantos acontecimientos que prácticamente tiene alma propia, la tengo desde hace mucho, cuando era solo un muchacho, de esos que siente que pueden conquistar el mundo con solo gritar, pero que lo bajan de esa nube con solo un palmazo.
Llevaba como de costumbre mi libro de cuentos cortos, yo mismo lo había recopilado con varios escritores que se me parecían interesantes: Potriev, Ramiro Téllez, Fiedrich, entre otros; ese día era cuatro del mes, y me vinieron recuerdos repentinos como nubarrones de agua en el cielo, me senté y pensé en los momentos junto a ella, yo varias veces le rompí el corazón en esa banca, nuestros aromas estaban impregnados en esa madera, cada palabra y cada suspiro, fueron escuchados por los mismos arboles longevos situados alrededor de nuestro lugar, un lugar tan cósmico que nos unía y separaba. Cuando levanté la mirada miré la Noria que estaba de regreso, en el mismo lugar de siempre, con los mismos accesorios, hacia ruidos entre sus tuercas y engranajes que parecía que en la primera vuelta se iría a desarmar. Después de tantos años entendí por qué me gustaba verla rodar, yo siempre me situé en esa rueda, yo siempre estuve en uno de sus asientos, yendo de arriba hacia abajo, tomando el tiempo como mi juguete preferido, moviendo a mi antojo las agujas de un reloj de bolsillo que ahora ya no funciona, a veces iba de retroceso y otras hacia delante, su velocidad era impredecible, a veces hasta podía escuchar el tiempo hablándome al oído, sin saber que era el vaivén de una noria en mal estado.
Todos los años paso por lo mismo, pero cada vez mi mente se carga con más imágenes del pasado, siempre pensando en el "porqué" y siempre deseando bajarme, pero sin poder lograrlo. Desde el día lunes no he dormido bien, por las madrugadas tengo estados de relajación tan inconsistentes que no se diferenciar entre sueños o realidad algunos sueños eran tan profundos que no lograba recordarlos, pero otros eran sueños turbios, no eran muy claros, parecía que solo llegaban a mi para mortificarme, recordándome las veces de mi derrota y las veces en que también morí, pese a eso disfrutaba muchos los sueños, y es que pienso que debido a mi edad ya estaba disfrutando de esta locura, la realidad parecía ser solo un sueño y los sueños ser solo caprichos de mi realidad.
El sol perforaba el cielo pedregoso de nubes esa tarde, un niño con su madre se me acerco y me quiso tomar el libro, a lo que yo solo cedí sintiendo curiosidad por ese niño. Mirando al pequeño de ojos cafés y pelo negro, me remonté a mi infancia en el campo, y de manera curiosa siento como que esa fuera la primera vuelta en subida de la Noria de mi vida, esa en donde era inocente del mundo y su caos, un caos del que yo no sabía o que al menos no me daba cuenta, pero que conocería a lo largo de mi vida. Perdido en ese breve recuerdo escuchaba una voz a lo lejos que parecía hablarme, era la madre del niño preguntando si todo estaba bien, yo reaccionando un poco confundido por el tambaleo entre recuerdos, asentí con mi cabeza de forma positiva, ella se sentó a mi lado, dejó que su hijo jugara cerca de nosotros mientras empezó un dialogo corto de preguntas simples, -cual era mi nombre- y –que edad tenía-, a lo que yo respondí naturalmente, ya que hace tiempo no disfrutaba de buena compañía.
- ¿Cuál es su nombre señor?
-Mi nombre es Ernesto ¿Y el suyo?
-Es Elena..., ¿Viene con mucha frecuencia?
Esa pregunta tarde un poco contestarla, no me había dado cuenta del tiempo que he pasado viniendo a esta banca solo para leer y atiborrarme de recuerdos, que, debido a mi enfermedad, a veces creo perdidas estas evocaciones, pero regresan, siempre regresan.
-Sí, generalmente me gusta venir a leer, pero hoy no solo vengo a eso, hoy es uno de esos días en que me pasa de todo por la mente.
- ¿Y qué le pasa por la mente? Si se puede saber...
Y en ese momento comenzó a agitarse mi mente, con el único propósito de sacarlo todo, 30 años de soledad se acabarían en ese momento.
Nací en Alameda –le dije– un pueblo característico por ser formado por tierras de siembra y fincas grandes, la gente era rutinaria y sencilla, mis padres tenían una propiedad que se encargaba de sembrar naranjas y mandarinas, llena de trabajadores, mamá siempre cuidaba de mi con ayuda de una nana, mientras observaba a papá ordenar y mandar. Era hijo único, mi madre me contaba que era el milagro y el orgullo de papa, ya que él al ser ineficaz en su reproducción no podía engendrar, pero una noche de invierno, en donde caía buena lluvia, ambos decidieron entregarse al dulce placer de las sabanas arrugadas. Crecí admirando a papá, no había día en que no quisiera parecerme a él, pero un fatídico cáncer, me lo arrebató al tener 10 años, mamá al quedar viuda y desconsolada, vendió la propiedad y decidió irse a la ciudad. En ese entonces doña Carmen Gonzales viuda de Sevilla, era un monumento de mujer, nunca faltaron pretendientes en su camino, pero no hubo hombre que pudiera reemplazar a papá en mente y corazón, los versos de aquel viejo español habían hecho que su memoria lo inmortalizara.
A los 15 años, era un joven atractivo y con un brillo en los ojos que expresaba las ansias de conocer el mundo y sus placeres. Me fui de casa a los 18, decidí que era momento de dejar todo atrás y formar mi propio camino, no sabía por dónde iniciar, ni por donde caminar, pero tenía fuerza en los pies y mi corazón estaba dispuesto a soportar lo que viniera. Logré obtener una beca en la Universidad Nacional para la carrera de Literatura, era siempre mi sueño el convertirme en un escritor de renombre, un ávido lector igual que mi padre, sin embargo, mi profesión me mostraría que los libro y los versos suelen ser armas para destrozar, y a la vez, para curar los corazones humanos. Al despedirme de mi madre, no pude evitar pensar si estaba bien irme de esa forma, tenía una deliciosa mezcla entre miedo y curiosidad, impulsado por eso inicié mi marcha, tome el autobús y sobre la ventana veía esa mano delgada agitarse al viento, sería la última vez que la vería, ya que al año siguiente la vida me la arrebataría por causa de un pensamiento imborrable en su cerebro.
Después de dos horas de viaje, llegué a mi destino, como animal comprado, deambulaba temeroso por los pasillos, mis maletas eran carga eterna para mis brazos, buscando el lugar en donde se me indicaría el cuarto en el cual viviría los próximos 5 años de mi juventud y entonces fue al abrir la puerta que sucedió, todas las decisiones tomadas estaban predestinadas para hacerme llegar a este momento, coincidir en el choque de miradas y ese silencio tan breve y espeso que fue perforado por su saludo. Jamás pensé en que el corazón pudiera saltar tan fuerte dentro del pecho, o que los parásitos en el estómago tuvieran que germinar para convertirse en las malditas mariposas que anuncian las premisas del amor. Su nombre era Carol y desde ese momento, sin imaginármelo yo, ese nombre sería fruto de noches eternas de insomnio, de versos atroces y terribles que ponían en evidencia mi falta de autocontrol emocional. Su mirada firme y su voz pausada era como el sonido que emiten las estrellas cuando el errante las contempla.
Su saludo irrumpió todo mi mundo y correspondí con otro y al pasar de lado probamos nuestras esencias en el viento que desplegamos, su aroma sabía a mañana, su aroma encerraba otoños en espera de mi primavera, porque yo apenas era un párvulo en esas cosas del amor y aunque ella y yo tuviéramos la misma edad, para mí era el primer insomnio, y para ella, yo era su tercer desvelo de otoño, luego pensé en buscarla, pero al terminar el día, solo caí en la cama como queriendo flotar entre los cabellos de la hermosa y misteriosa muchacha llamada Carol.
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Noria
Historia CortaUn viejo escritor y profesor de escuela, se despierta un día, solo y muy cansado, dándose cuenta que han pasado 30 años desde que abandonó las ganas de vivir. Al salir a caminar, perdido entre sus recuerdos, encuentra a una joven con un niño, a quie...
