Prólogo

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La oscuridad la envolvía completamente. No podía ver nada. A su alrededor todo era una niebla de sombras silenciosas y aterradoras que oprimían su corazón que latía rápidamente. Durante unos segundos temió desmayarse de la velocidad con la que iba.

El miedo se había apoderado de ella.

Estaba desorientada y perdida.

Era un lugar extraño y la oscuridad la rodeaba por completo. Estaba aterrada y no se atrevía a dar ningún paso ni moverse unos milímetros por miedo a que no hubiera nada más allá de donde estaba situada.

Su mirada fue hacia abajo. Estaba en un lugar donde había una ausencia total de luz. No podía ver nada.

Abigail se llevó las manos al corazón y cerró fuertemente los ojos, presa del pánico, sin saber qué hacer.

Su agitada respiración era el único sonido que se podía escuchar en aquel paramo negro y vacío.

Entonces recordó que había cenystelianos que dependían de ella. No estaba sola. No del todo.

En alguna parte estaban Chris, Dana, Marin, Stephanie y Damon.

Su abuela.

Su padre.

E incluso su madre y su hermana. Y su tío.

Todos los adarathielanos.

Todos ellos dependían de ella. No podía rendirse, debía sobreponerse y luchar. Como hacía siempre.

Tenía que protegerlos, ayudarlos e incluso salvarlos de ellos mismos como a su hermana Hannah.

No debía ser débil.

Tomó una bocanada de aire y se armó de valor.

Las tinieblas no iban a derrotarla.

Tomó impulso para dar un primer paso y cuando su pie se desplazó levemente, movido por la calidez de su corazón, el amor y la esperanza, las tinieblas desaparecieron en un parpadeo. Las sombras fueron reemplazadas por una luz cegadora que deslumbró a Abby durante unos instantes.

Se llevó las manos a la cara para protegerse de la inesperada luz mientras sus ojos se acostumbraban. Lentamente apartó las manos de su rostro, parpadeando varias veces para encontrarse en un lugar completamente distinto.

El páramo de oscuridad había desparecido para ser reemplazado por otra cosa no menos desalentadora.

Se hallaba ante un espejo, ante una Abby que le devolvía la misma cara asustada de incredulidad, pero no únicamente aparecía su reflejo, sino miles. Tanto que era imposible de contar.

Giró sobre sí misma. Estaba rodeada de espejos, miles de Abigails que se reflejaban una detrás de otra hasta el infinito, imitando cada uno de sus movimientos, mostrando su miedo, sus inseguridades, las dudas más profundas de su corazón.

La angustia y el pánico se apoderaron de ella, arrastrándola hasta el abismo. El grito de terror fue abriéndose paso por su garganta pero no llegó hasta el final ya que una luz cálida la distrajo y el grito murió en sus labios.

Reconocía aquella presencia tranquilizadora ya que no era la primera vez que la sentía. Sólo podía tratarse de una persona.

Era Lunalasathia, la diosa que creó a las Libélulas y otorgó su poder al Rey de la Luna.

Aquella luz entró en su interior, llenándola de su calidez y amor. Todos los miedos y dudas desaparecieron y Abby casi pudo sentir como las sombras retrocedían ante la presencia de la diosa.

Su silueta fue definiéndose poco a poco pero únicamente fue el rostro lo que cobró consistencia al final, un rostro que ya conocía. Su tez pálida y brillante como el satélite cuyo nombre era una abreviación del suyo. Cabellos oscuros como la noche que caían en ondas y unos ojos igual de oscuros, pozos de amor y de la furia más aterradora que existía.

Sus labios rosados se abrieron y susurraron unas pocas palabras que cayeron sobre Abby con todo el peso de Cenystel.

—La última prueba se aproxima y tu corazón debería hablar en el juicio de las hadas —le susurró.

Abby hizo amago de avanzar para pedir explicaciones ante la ambigua frase que la diosa le había dicho pero Lunalasathia decidió que había sido suficiente.

Tan rápido como había aparecido la luz barriendo las sombras, volvió a hacerlo. La luz la cegó por completo y se llevó las manos hacia el rostro para protegerse.

—¿Abby? ¿Abby? —dijo una voz conocida desde la lejanía.

Abby cerró los ojos durante unos segundos y los volvió a abrir.

Estaba en el mismo lugar, en la biblioteca pública de Adarathiel, en una sala insonorizada para estudiar tranquilamente.

Aquella tarde habían quedado para terminar con los trabajos pendientes porque siempre había algo que requería toda su atención.

Sus amigos la miraron con algo de preocupación y extrañeza.

Chris le había llamado varias veces al ver su expresión vacía.

Ella no se había movido ni un milímetro mientras la diosa le estaba hablando y se dio cuenta de que únicamente había pasado un segundo de su tiempo. Se aclaró la garganta siendo consciente del silencio apremiante de sus amigos y del mensaje que le había hecho llegar Lunalasathia.

El tiempo se le agotaba, tal como le había dicho, y la última prueba se aceraba irremediablemente.

Dentro de poco tiempo, Adarathiel tendría a su nueva Libélula, para bien o para mal.

—Debemos darnos prisa —fue todo lo que salió de sus labios en apenas un susurro.

Más que nunca debíaaprender a controlar toda su magia y explotar su potencial. Demostrar que eradigna del título de Lady guardiana y protectora del bosque y dama de la rosadorada.

Corazón de hadaWhere stories live. Discover now