Siempre supo que desde el momento en que la muerte separase sus vidas, jamás volvería a amar tanto a alguien. Y ese momento llegó. Esa fina y diluida linea que separa este mundo material y caduco, de aquel al que algunos llaman el eterno, acabó por separarlo de su amada Inés, aquella mujer a la que había aprendido a amar más que a sí mismo en cuarenta y siete largos años. Hubiese dado su propia vida por regresar al pasado y volver aunque fuese por un minuto a aquel jardín privado en el que se colaron cuando eran jóvenes para disfrutar, como si fuese el más delicado y hermoso regalo, de su sonrisa y aquella mirada en la que podía perderse y sentir que eran una sola alma dividida en dos cuerpos.
Pero ahora la envidiosa amiga muerte, se llevó con su amada, una parte suya. Y, quien sabe, tal vez no fuese tan mala después de todo; porque lo único que sintió cuando las manos de Inés se quedaron frías y acartonadas entre las suyas, débilmente temblorosas y arrugadas, fue paz ... y sobre todo, la certeza de que su bella amada lo esperaría al final del camino con una amplia sonrisa, y en esa esperanza dormiría junto al retrato de su mujer, hasta que juntos, una vez más, volviesen a encontrarse, y esta vez estar juntos para siempre.
