Cada mañana al despertar me quedo quieta un par de minutos tratando de distinguir lo que es real de lo que es un sueño. Y algunos días es en verdad difícil. Siento lo frío del piso debajo de los dedos de mis pies que después de unos minutos sube lentamente hasta mis rodillas y adormece mis piernas, el frío llega hasta mi pecho para alojarse dentro el resto del día. Miro mis manos apretando la cobija cómo si se aferraran a la vida, cómo si algo en mi interior sintiera que ese frío me va consumiendo poco a poco cada día.
Mi cerebro quiere que me mueva, que salga de la cama y comience bien el día pero, el frío ya ha invadido por completo mi cuerpo, me siento adormecida, vuelvo a recostarme en la cama y me envuelve lentamente el calor. Debería levantarme e ir a la regadera, darme un baño, usar ropa limpia, ponerme perfume pero, ahora ya es demasiado tarde tal vez mañana sea un buen día.
Aquí recostada me siento como un polluelo nacido a destiempo, de esos que son arrojados del nido por sus propias madres porque saben que no podrán sobrevivir pues no son lo bastante fuertes para enfrentarse al mundo; imagino como se sienten al ser arrojados sin piedad de la seguridad de su nido, estrellándose en el pavimento duro y frío o en el pasto húmedo, sienten como ahí tirados, inmóviles y desprotegidos van perdiendo la vida, cada segundo de su corta existencia para ellos es una eternidad, se enfría su cuerpo poco a poco y su respiración se vuelve lenta, sus pequeños pulmones pierden la fuerza para contener el aire, su corazón late más lento hasta que finalmente, mueren. ¿Por qué mi madre no me arrojó del nido? Tal vez porque pensó que podría hacerlo, que encontraría la manera de sobrevivir al mundo, porque las personas son así, tienen demasiada fe y esperanza o tal vez es positivismo - ¡Va a cambiar! ¡Si se puede! ¡Mañana todo saldrá mejor! - eso piensan; se aferran a que en algún momento habrá un giro inesperado para bien, que todo mejorará pero, no siempre es así ¿O si?
Yo soy más como un árbol que en primavera dejó que los pájaros hicieran sus nidos en él, algunos incluso hicieron agujeros para sentirse más resguardados y después se fueron, los gusanos treparon para comer de él, hicieron sus crisálidas y cuando se convirtieron en hernosas mariposas lo abandonaron, en verano un rayo partió dos de sus más hermosas ramas pero siguió de pie, durante el otoño su follaje cambió de color, perdió hojas, se secó un poco y solo unos cuantos apreciaban su belleza, incluso sobrevivió al más frío invierno que ha existido pero ahora, parece que algo lo ha talado y ya no quiere florecer, está cansado de seguir sorteando sol quemante y tempestades, frío y neblina, viento que deshoja. Tal vez es porque ese pequeño botón que crecía dentro de mí se marchitó; un día cuando desperté lo sentí ahí dentro, era casi imperceptible pero ahí estaba, brotando en silencio hasta que algo cambió, se deshojaba dentro de mí, quise ayudarlo, sostenerlo, abonarlo para que siguiera creciendo pero, nada funcionó, una tarde así como llegó ¡Se fue! Dejó de ser parte de mi para convertirse en abono de otra tierra, una que al parecer no está cerca de mi para ayudarme a retoñar.
Creo que necesito ser más humana para volver a tener buenos días; ahora solo recuerdo cuando disfrutaba al viento y yo sonreía, el sol en lo alto y yo vivía, las gotas de lluvia tocando todo y yo florecía. Pero ¿Cómo hago eso sí siempre he sido más un árbol?
