Capítulo 1

5 1 0
                                        

Dresden, Alemania; enero de 1942.

Ese era uno de aquellos días en que, ya sea por el ambiente, ya sea simplemente un mal presentimiento, se auguraba una desgracia.

Hacía ya dos años que la guerra había invadido de lleno sus vidas. Había llegado a tal punto que las secuelas serían tan inevitables como irreversibles. Las desgracias que había traído consigo se encontraban en su día a día, en sus pesadillas, en la falta de comida que asolaba su país, en el miedo constante de ser bombardeados.

Los dos hermanos lo tenían muy claro, aún más des del bombardeo sin sentido de Pearl Harbour: estaban en el bando equivocado. Tanto el uno como el otro discrepaban de los ideales que el Führer, pero eran muy conscientes de que debían mantenerlo en secreto, un secreto que podía costarles la vida.

Por aquel entonces, hacía ya un par de meses que su madre había muerto asesinada de las manos de dos soldados que vigilaban las fronteras de los dominios de Hitler. Había sido acusada de traidora, por haber ayudado a los refugiados judíos que querían pasar al otro lado de las fronteras alemanas para salvarse. Su madre había arriesgado su vida para que otros pudieran conservar la suya.

Aunque docenas de familias judías se libraron de un futuro arruinado, un día dos soldados descubrieron su traición, así que empezó un tiroteo en el que nadie sobrevivió excepto los dos nazis, que, orgullosos de su trabajo, fueron descritos como héroes en un periódico al día siguiente.

Los hermanos no pudieron despedirse de ella, ni siquiera asistir a su funeral. Tan solo recibieron aquella odiosa carta, de manos de un agente policial de expresión indiferente.

Ese fue uno de los días que marcaron un antes y un después en la vida de los dos hermanos.

El segundo de estos dos días empezó entonces. Cuando aquella mañana, de cielo gris y ambiente tenso, oyeron como llamaban a la puerta, ya se preparaban mentalmente para lo peor. Hacía mucho tiempo que no recibían visitas, y no esperaban que aquella vez fueran los vecinos pidiéndoles azúcar.

La mayor de los hermanos se apresuró a abrir la puerta. Se encontró con un hombre adulto, con barba de tres días, uniforme militar y expresión compasiva. A ella le sonaba aquel hombre, quizás era un conocido de su padre. Sin embargo, no recordaba haberle visto recientemente.

- ¿Los señores Aleksander y Kerstin Kauffmann? - Les preguntó aquel soldado.

- Somos nosotros. - Contestó el menor de los hermanos, que se había acercado a la puerta curioso de saber quién había llamado a su casa.

- Vengo para entregarles esta carta. - Acto seguido, les dio un sobre completamente en blanco, excepto por sus nombres, escritos a mano con caligrafía acurada en uno de los lados. - Que pasen un buen día.

El soldado de despidió de los dos adolescentes haciendo una salutación nazi, gesto que los puso en tensión. Kerstin pensó en como de irónica era la frase que había utilizado aquel hombre antes de irse, "pasen un buen día", teniendo en cuenta que era la segunda vez que veía una carta como la que entonces tenía en las manos.

No osaba abrir la carta. La estaba mirando tan fijamente, que casi no se dio cuenta que las letras se tornaban borrosa. Otra lágrima silenciosa resbaló mejilla abajo hasta caer sobre la tinta, deshaciendo así la caligrafía acurada que citaba sus nombres y manchando el impecable sobre.

- Crees... Crees que es... - Kerstin no era capaz de terminar la frase. Giró el sobre buscando el nombre que faltaba, intentando convencerse a sí misma de que el hecho de que no estuviera era un mero error. - El nombre de papá no está. - Se le quebró la voz.

- Puede que no lo hayan escrito sabiendo que él no estaría en casa. - Dijo Aleksander, esperando que esa carta no dijese lo que ellos dos pensaban.

Las manos de Kerstin temblaban mientras rompía el sobre para abrirlo. Leyó la carta interiormente y cuando hubo terminado, se dejó caer hasta el suelo resbalando por la pared, hasta terminar sentada en el suelo y se puso a llorar como no lo había hecho nunca. Se tapó la cara con sus manos y empezó a sollozar. Las lágrimas le caían entre los dedos, lágrimas de desesperación, de pura rabia.

Aleksander no quiso ni leer aquel odioso papel. Lo arrugó formando una bola y lo lanzó con fuerza contra la pared. Se sentó al lado de su hermana y pasó un brazo por sus hombros, atrayéndola hacia el para transmitirle todo su apoyo y seguridad. No dijo nada, ni tan siquiera lloró, pero dentro suyo, el profundo desprecio que sentía hacia la guerra crecía desmesuradamente.

Desde que empezó, ya lo veían venir. Sus padres no lo dijeron nunca, pero la preocupación se hacía evidente. La guerra iba a terminar con ellos de la forma más miserable posible.

Kerstin se prometió a sí misma que no lloraría nunca más a causa de la guerra, no se iba a dejar derrotar de ningún modo. Se levantó, se secó las lágrimas, y tiró la carta a la chimenea, viendo impotente cómo se quemaba lentamente, como una metáfora de ellos mismos.


A finales de ese mismo año, cuando Aleksander acababa de cumplir la mayoría de edad, fue llamado a formar parte del ejército. Intentó retrasar al máximo lo que sabía que era inevitable, sin llegar a declararse desertor. Lo último que quería era luchar en el bando de quien más odiaba.

Como ya había previsto, el día llegó. El menos de los hermanos llegó a casa vestido con un uniforme militar de color beige, por el momento impecable. Le hacía parecer mayor, y le daba un aire de superioridad e importancia.

Cuando Kerstin lo vio, una pequeña parte de ella se emocionó. La otra parte, la gran mayoría, le gritaba desesperadamente que encerrase a su hermano en casa para que no se lo llevasen al frente. Sintió unas inmensas ganas de llorar, pero se reprimió, tenía que cumplir su promesa personal. Sonrió y le arregló el peinado con la mano, como solía hacer su madre. Se quedó embelesada pasándole los dedos por el pelo rubio, aquel color que tanto distinguía a su "raza".

Aleksander le apartó la mano del pelo y la abrazó, acariciándole la espalda. Los dos estaban en silencio, aprovechando los que podrían ser sus últimos momentos juntos. Él le prometió que volvería, que lo haría por ella, consciente del poco valor de esas promesas, pero sabía que Kerstin necesitaba oírlo.

Los últimos meses habían transformado a Kerstin. Había empezado a trabajar cuando hasta ahora se les proporcionaba una pequeña ayuda económica, pero con eso no tenían suficiente. Se había vuelto más responsable, y el hecho de ser la mayor de la casa la había envejecido. Con tan solo veintidós años, aparentaba casi treinta. Su hermano la observaba con mirada triste, ella no merecía la vida que le había tocado.

- No me eches demasiado de menos. - Dijo él en broma, para aligerar el ambiente, pero solo era un comentario ácido que ya no servía de nada. Besó la frente de su hermana y salió de la casa.

Cuando la puerta se cerró, la inseguridad y la soledad invadieron la casa. Kerstin no se podía dejar llevar por el abatimiento, no ahora que la estabilidad europea había sido totalmente destruida por su país. 

You've reached the end of published parts.

⏰ Last updated: Sep 05, 2019 ⏰

Add this story to your Library to get notified about new parts!

Lo que Realmente ImportaWhere stories live. Discover now