Los títeres

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En la terraza no había más que dos hombres, ambos bien entrados en años. Hacía calor, en concreto el calor que precede al estío, el que es inherente a la primavera. Ese calor sereno que se siente como una caricia, como un arropamiento maternal.

Los hombres estaban sentados en mesas distintas; esas que son redondas y blancas, de plástico, de las que se encuentran en cualquier bar. Uno de ellos, con un sombrero de paja inclinado sobre la frente, estaba amodorrado, y hacía parcos esfuerzos por no quedarse dormido. El otro, anciano también, de pelo ralo y completamente cano, leía el periódico apoyado sobre la mesa. Parecía muy concentrado en la lectura, pero la rapidez con la que pasaba las hojas hacía evidente que no leía las páginas enteras. De vez en cuando resoplaba, como contrariado, o bien esbozaba una sonrisa sarcástica mientras mascullaba algo entre dientes.

El camarero salió del bar y se detuvo en la entrada, justo en el umbral. Pareció otear la calle, con el ceño fruncido y los ojos entornados. Ladeó la cabeza hacia la derecha y observó momentáneamente a los dos ancianos sentados en la terraza. Volvió la vista al frente, escupió al suelo y regresó al interior del bar.

Una señora, de edad provecta, llegó en ese momento por la calle. Iba ataviada con una rebeca rosa y una falda del mismo color, y unas medias beige le envolvían las recias piernas. Caminaba apresurada, como si tuviera prisa, y los ruidos de sus tacones eran bien sonoros a cada paso que daba en la acera. Llevaba un bolsito negro echado al hombro, y antes de entrar al bar se detuvo y rebuscó algo en su interior. Comentó algunas palabras en voz alta, pero no vocalizó lo suficiente como para que alguien comprediera lo que decía. Se alisó la falda y entró en el bar.

Vestido de chándal y con rostro soñoliento, pasó un hombre por la acera del bar paseando a su perro. El animal, un pequeño yorkshire, soltó un par de ladridos cuando vio a una paloma revolotear muy cerca de él. Su dueño tiró de la correa y lo mandó a callar, a lo que la mascota obedeció y ambos siguieron su paseo matutino.

Los ladridos del perro alertaron al anciano del sombrero de paja, que alzó la cabeza, desubicado. Tenía los ojos muy abiertos, y se humedeció los secos labios con la lengua. Una vez pareció comprender dónde se encontraba, volvió a agachar la cabeza e inclinando el sombrero sobre la frente entró de nuevo en su estado de aletargamiento.

En la ventana de un edificio que daba de frente al bar, un rostro pálido y juvenil contemplaba la calle enmarcado por una cortina de un verde desgastado. Sus ojos reflejaban hastío, y su semblante era hierático. Como cada mañana, veía la misma escena desarrollándose a sus pies, tan monótona y a su parecer ridícula como siempre. Dio media vuelta, corriendo las cortinas y observando su habitación. De pronto pensó en aquello; diecisiete años de su vida viviendo en el mismo lugar, en aquel cubículo en otrora familiar y que ahora se le antojaba hostil y malintencionado. Miró su mochila, tirada en el suelo y con varios libros y cuadernos asomando por su abertura. Se dirigió hacia ella como movido por un resorte, y sintiendo cómo un súbito fuego se prendía en sus entrañas le arreó una patada que la estrelló contra la pared. Se mantuvo quieto, de pie, contemplando la mochila con ojos inexpresivos. Estuvo así por un buen rato, con la mente en blanco, incapaz de explicarse por qué había hecho aquello y habiendo olvidado ya el sentimiento de odio que lo había dominado por un breve instante. Apartó la vista de la mochila, se tumbó en la cama y permaneció allí durante dos semanas, sin escuchar los gritos y zarandeos de su padre ni las súplicas cariñosas de su madre.

Cuando decidió salir de la cama dos semanas después, volvió a descorrer las cortinas y mirar a través de la ventana. Tras los cristales sucedía la misma escena de siempre, ajena a él y a sus arrebatos emocionales. Aunque, pensándolo mejor, llegó a la conclusión de que aquello no ocurría de manera indiferente a su persona, sino que él también era parte de la burda obra que había titulado "Monotonía absurda". Así era y así tenía que ser. Debía representar su papel, y no porque quisiera, sino porque tanto como si se negase como si se dejase llevar por la inercia del teatro de la vida, llevaría a cabo su representación. Era ridículo pensar siquiera en mantenerse fuera de la obra, en ocultarse tras unas bambalinas que nunca habían existido. Es por ello que tomó su mochila y se la echó al hombro. Al salir de su habitación, comprobó levemente asqueado que sus padres seguían a rajatabla la actuación impuesta, aparentando una alegría que a él le pareció terriblemente falsa al verlo retornar al redil de los mansos.

Su actitud no era de resignación, ni de pena tampoco. Era mil veces peor, pues si hubiese adoptado cualquiera de dichas posturas autocomposivas se hubiese podido decir que era consciente de su mal. Sin embargo, no había ni un atisbo de aflicción por su parte. Era simplemente aquello que una mano desconocida y cruel le había asignado ser: un títere de trapo movido por los hilos invisibles pero mucho más antiguos que la tela de su cuerpo, hilos que a veces se enredan con los de otros muñecos y hacen parecer falsamente que ese accidente no es tal cosa sino que ha sucedido por la propia voluntad de los títeres. Él era consciente de aquel descarado e inmenso secreto, que afectaba a todos sus semejantes de trapo y, pese a esto, no tenía ni la más ínfima posibilidad de hacer algo por cambiar su sino. Lo sabía, había alcanzado la sabiduría de las marionetas y, gracias a ella, sólo podía esperar a que sus hilos particulares, los que lo movían exclusivamente a él, se deshilacharan por completo y lo hiciesen caer al vacío que escapa del escenario.

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