Duplos

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Dicen los de más edad (aunque nadie llega a viejo aquí) que en su juventud ya se escuchaba la Historia. Se contaba como ahora, en la oscuridad de los sótanos, susurrada bajo las mantas y alrededor de las hogueras. En la Historia, que ha de ser cierta porque es la única que conocemos, se habla sobre un tiempo en el que cada rostro era distinto. Un tiempo en el que no se nacía idéntico, con estas manos ya encallecidas y este pecho marcado de cicatrices gemelas. Un tiempo en el que no se nos condenaba a trabajar hasta la muerte por el bien del Uno. Por el miedo al Uno.

“Tonterías”, dicen los recién nacidos con sus cuerpos poderosos, vírgenes de abscesos.

“Prodigios”, continúan los mayores agitando sus miembros rotos, la cara tan plagada de úlceras que casi parecen distintos.

De ese tiempo pasado, cuenta la Historia, solo queda un lugar. Un lugar donde no todo es del color rojo de este cielo, donde cada edificio es diferente, un lugar libre de los Sacerdotes del Uno y de sus varas que duplican hombres. Un lugar de rostros siempre cambiantes que aguarda a los refugiados de la ciudad eterna.

Los viejos terminan. “Muchos intentaron llegar pero es inútil. Nadie escapa de la ciudad. Nadie llega a la frontera”. Y aquí la historia se pierde hasta otra noche, en otra hoguera, bajo otras mantas.

Y sin embargo.

Y sin embargo, esta Historia me da fuerzas. 

Porque al nacer todos recibimos un nombre, una única palabra por las que nos reconocerán durante nuestra existencia.

Y mi palabra es Nadie.

Y Nadie llega a la frontera.

Hoy cuentan de nuevo la Historia. La escucho hasta las heces, me pierdo en ella. Mañana me levantaré temprano, tomaré mis herramientas (el pesado cincel, el cruel martillo), y caminaré hasta la cantera. Allí aprovecharé el descuido de alguno de los Sacerdotes para aplastarle  el cráneo. Entonces tomaré su vara, su túnica y su capucha y las duplicaré diez veces. Y diez yoes se perderán por los callejones rojos de esta ciudad que se dice eterna.

Duplos Where stories live. Discover now