Como cada mañana el sol brillaba en la plaza de las tres culturas de Tlatelolco, y como cada mañana estabas ahí. Era tu rutina pasar en punto de las 10 para dirigirte a tu amada universidad, sólo que esta vez no te veías feliz como siempre, por el contrario, tu mirada se notaba fría y ausente. Tu postura no daba muestras de presencia y más bien era la escena digna de ponerse en todas las primeras planas.
Tu despertador sonó a las 7, te levantaste, y cuidadosamente te colocaste el conjunto que habías elegido para ponerte desde la noche anterior. Saliste bien desayunada de tu casa y corroboraste 3 veces que la cerradura estuviera bien sellada.
Dispuesta a cuidar el medio ambiente decidiste por vigésima ocasión no tomar el autobús, el metro o cualquier otro medio que siquiera generará un poco de smog. Por el contrario, y dado que tu horario era tan accesible, habías decidido caminar desde tu casa hasta la escuela todos los días.
Pasaste esa mañana por las afueras del metro tlatelolco, saludaste al señor de los jugos, compraste un licuado de avena y chocolate y no te olvidaste de dejar los 5 pesos de propina. No podías dejar de pensar en la discusión de anoche, ¿cómo era posible que en un hombre estudiado, de buena familia, y que a tus ojos parecía tan perfecto cupieran siquiera las ideas machistas?
Claro que no ibas a permitir que tocaran tu cuerpo, mucho menos sin tu consentimiento, pero sabías también que lo que más te dolía es que considerabas que tenías futuro con esta persona de tanta finura, y que sabías que todas estas ilusiones habían quedado con el golpe que te había propinado ayer en la cena.
Eso era lo que te dolía, y Mary, la que te identificaba como "sándwich de jamón, queso, aguacate y jitomate sin picante" se dió cuenta de ello.
Así avanzaste con las manos ocupadas, no se te hizo tarde, no te quedaste dormida y por este afán tuyo de tener todo tan controlado, pasaste exactamente a las 10 de la mañana por la plaza de las tres culturas.
Aquí cayeron tus contemporáneos, lo habías estudiado cientos de veces. Y yo te había estudiado a ti.
A las diez en punto pasaste dejando el olor tan característico de tu cuerpo. Con mi ramo de rosas esperaba que me perdonaras, pero decidiste ignorarme.
El olor fétido y la frialdad de tu cuerpo ya no reflejan lo que tanto me gustaba, lo siento, pero saliste de esa rutina tuya y ya no me parece exitante.
