Ese pitido... Ya lo había escuchado antes, era el pitido que acompañaba tras un disparo o un cañonazo, pero esta vez, no se desvanecía y se sentía cada vez más agudo. Fuera la que fuera la explosión que lo causó, asesinó mi capacidad de oír nada más que aquel agonizante Pitido.
Mi visión fue ingerida por la amplia imagen de un cielo naranja, manchado con nubes marrones deslizándose con el gentil viento. Estaba amaneciendo. Algo – probablemente la explosion – me había tirado de mi caballo, forzándome a mirar ese cielo que en mis ojos parecía difuminado, como pintado con acuarela, mientras reposaba sobre mi espalda. Sabia que mi espalda si no estaba destruida, estaba quemada hasta el hueso, mis pulmones tampoco estarían en buena forma ya que comencé a toser sangre, más no sentía dolor. Tal vez es lo que mencionó el Doctor Matsumoto, la adrenalina, haciendo los segundos más y más largos e impidiéndome sentir mi propio dolor... Lo único que sentía era un extraño calor que se extendía lentamente por mi espalda, junto a un charco de espeso liquido de color carmesí.
Pero no me arrepentía ¿Cuantos más soldados enemigos estaban en mi misma situación? Sosteniendo sus gargantas cortadas por mi espada, las estocadas que atravesaron costillas, pulmones y corazones sin discriminación... Di una buena batalla, la mejor de mi vida y no caigo solo, me acompaña todo el Shogunato que durante toda mi vida defendí.
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–¡Duele! ¡Duele! – me quejaba cada vez que Kiroku, mi segundo hermano mayor, palpaba una tela húmeda en mi herida con intención de limpiarla, mis ojos aún llorosos después del golpe que la provocó en primer lugar.
–Eres un llorón, Toshi – se burló soltando una gran carcajada mientras seguía tocando mi herida. –Aunque te la buscaste ¿Para qué siquiera robaste esa bolsa de papas? – me interrogó girando su mirada a la bolsa de tela llena de tubérculos, que fue la causante de mi golpe y de que él tuviera que pagársela al comerciante que me siguió hasta aquí por ella.
–¡No la robé! ¡Se les cayó y yo la recogí! – intenté defenderme a mí mismo, aunque era más que obvio que era un caso perdido.
–Y luego no la devolviste – a veces odiaba lo perspicaz que era para hallarme mintiendo, como si yo fuera un libro abierto y el pudiera leerme con excesiva facilidad.
–¡Pensé que a Tamejiro le gustaría comer algo más que arroz para variar! – me quejé, intentando defenderme a mí mismo una vez más.
–Que atento de tu parte – Rió de nuevo palpando la tela sobre mi moratón. –Pero se te olvidó que nuestro hermano mayor odia las papas – se rió a carcajadas, habiendo atrapado mi mentira. bajé la mirada avergonzado y mi nariz sonó cuando respiré profundo intentando despejarla de moco, y mis ojos empezaban a lagrimear, temiendo un castigo.
–Yo también estoy cansado de comer arroz, Toshi – siguió riendo, acariciando mi cabeza, despeinando mi cabello. –Ve a ayudar a mi mujer, necesitará ayuda con todas las que me hiciste comprar, Toshizō – fue lo ultimo que dijo, antes de darme la tela húmeda para que terminara de limpiarme yo solo.
–Pero la próxima, avísame y lo compraremos de forma correcta ¿Vale? – me dio esa sonrisa de oreja a oreja suya, antes de irse a su oficina.
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Recordar algo así en este momento... Que patético... y a la vez que gracioso.
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Delincuente, Vara de madera y Espada corta
Short StoryCañonazos, espadas chocando, disparos, muerte por donde se mire. Hijikata Toshizō sabe que no puede ganar esta batalla, más está decidido a morir junto con el shogunato que vivió protegiendo. Los infinitos segundos antes de su muerte, se consumen mi...
