EL BESO DEL TIEMPO, Novela

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I

EL ULTIMO VIGILANTE

  

         Desatadas a una todas las iras de los elemen­tos; res­quebra­ja­da la oscuridad de la noche por una tormenta que la reco­rría a destellos dando imprevistas zancadas de luz; po­seídos los truenos por una inten­sidad que rebasaba la capaci­dad de un oído tomado a traición; cegado por los re­lámpagos cualquier caminan­te que no hubi­ese hallado un cobijo seguro y a tiem­po: la cama ante Lena diríase que empezaba a bambo­learse al viento y que adquiría, con cada rayo y tras cada trueno, a cada soplo y ven­tisca, el osado carác­ter de una altí­sima construc­ción de paredes móviles y venta­nas con tímpa­nos; y diríase que ella, sin llorar, sollo­zaba y que en el silencio a­grietado de la habitación le fue al fin com­pren­sible que en aquel otro lado la lluvia era más que lluvia (her­mosa es el agua que baja can­tando, canta­ban a veces desde la aldea cerca­na), acertando a intuir la imposi­bili­dad de un vien­to que estuviera dotado del músculo de los hura­canes y que aullase, como lo hacía en el exterior, con el des­garro de una mana­da de lobos sin presa. De modo que se dejó acunar en el duer­mevela que encoge los ánimos y repliega los ojos, y si­tuada ya infe­liz­mente dónde quería va­gar, se en­redó en la pregunta de si todas las furias a la vez libera­das estarían gi­miendo por lo mismo que ella; y en ese lo mismo colocó el dolorido pai­saje de un viejo que entreabría los párpados y la mira­ba como queriendo,

         -Tente firme y aguanta, Aldara, mi abue­lo...,

         empa­parse de ella, de su ima­gen -joven y ter­sa- y de sus ojos tan vivos, antes de ren­dirse al largo combate que, sin armas ni ayes, durante noches y noches, lleva­ba li­brando contra ese fenómeno que llama­mos la muer­te...

         Estaba apresa­da la piel de aquel hombre en un labe­rinto de arrugas que sugería también un conjunto de redes de color amarillo y habían adquirido sus labios una progresiva dureza que Lena inter­pretó en su mo­mento como el más claro augu­rio del fin. De hecho, a aque­llas altu­ras, des­pués de tantas noches de merodeo final, nada indicaría que el cuerpo rugoso que des­cansaba sobre la cama mantenía un solo soplo de vida, si no fuera por la mira­da, de tan pode­roso y descon­certante bri­llo, de no ser por los ojos que se afer­raban a la otra mirada que había en la habitación,

         -Lena, Lena, mi nie­ta...,

         con la misma ansiedad con que extiende sus manos el ciego que avan­za por senda que desconoce.

         Al incli­nar­se sobre aquel rostro, Lena sentía un olor, casi un aroma, ácido y dulce; y le dio por pensar que acaso no fuera otra cosa que el propio perfume de la vida cuan­do va siendo des­menuzada en frag­men­tos del gro­sor o enti­dad de un suspiro:

        -¡Abuelo, abuelo, mi abuelo! ¡No te rindas, sigue mirándome y abandona el abismo! Aún no puedes morir; no puedes irte sin dejar tu equipa­je; no debes dejarme a solas en el cas­tillo aparente...

       Ni estas ni otras palabras quebraban la quietud de un anciano cuyos ojos habían tomado pose­sión permanente del rostro de la mujer que tan cerca le hablaba. Y como tenía aquel hombre la facultad de ver en un solo ros­tro una y mil ca­ras, mil caras en una, ocurría que en ese momento, con sus ojos ab­sortos en los ojos­ de Lena, contemplaba a la joven en aquel mismo ins­tan­te, pero también diez años antes, y quin­ce, y diecio­cho. Por el contrario, y esto era lo que le mantenía en suspenso, no la veía, por más que miraba, ni diez años después, ni quince, ni vein­te. Con la obsti­na­ción de quien no está acostumbrado a dejar un enigma sin resol­ver buscaba el anciano respuesta a esa ausencia de reflejo futuro en Lena Blendárame-Shaya, pues si en las perso­nas comunes no es la memoria más que un conjunto difu­so de imágenes sucedidas, en su mente adiestrada esa memoria acertaba a reconstruir el pasado de cualquier rostro que pudie­se ser con­tem­plado durante un cierto lapso de tiempo; y con parecida mecánica podía escru­tar su futuro, aunque a la inversa: el pasado deja huellas a partir de las cuales puede elaborarse una reconstrucción, mientras que la visión del futuro ha de extraerse a partir de una proyección de las huellas que dejará y que cada cual insinúa desde su nacimiento. Así había sucedido desde que accedió a la soberbia y así debe­ría estar sucediendo en aquel mismo instante, salvo que Lena y futuro fueran pala­bras o­pues­tas no des­tinadas a coin­ci­dir. Si bien era igual­mente lógi­co no des­cartar como causa de semejante vacío asimé­trico que su ex­trema debi­lidad hubiera hecho mella en los laberin­tos, de modo que no pudie­ra saber de Le­nas futu­ras aun­que aún tuvie­ra la energía pre­cisa para ver las Lenas pasa­das... La duda es un dardo em­ponzoñado de cuyo veneno no es fácil sanar salvo que acierte a clavarse en la diana de la certe­za... Ver hacia atrás y ver hacia ade­lan­te exi­gían el mismo po­der y la misma ener­gía, por no ser diferente el es­fuerzo, como no son diferen­tes, sino partes de un solo algo, los dis­tintos senti­dos de una persona. Un imper­ceptible temblor sacudió al anciano en el lecho y una lágrima se le deslizó de arruga en arruga hasta que la mano izquier­da de Lena borró el sen­dero brillante:

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