Esperamos a que todos en el salón de clases se hayan ido al fin. Sólo quedábamos nosotros dos y mis irresistibles ganas besarla sin nadie que nos interrumpa ni nos mirara.
Sus amigas miraban desde la ventana la escena pero no permitiría que nadie husmeara. Tomé la iniciativa saliendo primero al corto pasillo dónde nadie podría espiarnos y, antes de doblar la esquina y ver que realmente no estábamos solos, volteé a verla y me acerqué más a ella. Sus ojos seguían brillando como lo hacian cuando el sol iluminaba, por medio de un reflejo, sus ojos concentrados en lo que escribía. Tan linda se veía estudiando y no me cansaría nunca de mirarla así.
Inclinándome para por fin poder disfrutar del momento que con tanto rubor y euforia esperé, pasó. El mundo desapareció volviendo a mis labios la humedad, la calidez, el suave masaje de esos labios acariciando los míos. No había mejor sensación que la de no estar sólo, perdido, vacío. Con ella estaba bien, genial y entusiasmado por seguir solo un poco más junto a ella sin que nadie nos molestara.
