Atemporal

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Londres, 1879.

—¡Chronofax!— gritó Sir Bruce Banner, afamado científico, pionero en la novedosa física de radiaciones y propagación, bien conocido por su voluble personalidad y fuerte carácter.

Pero tal alarido estaba muy alejado de alguno de sus arranques, no era evidencia de su humor, se trataba nada más y nada menos que de la nueva invención de Sir Anthony Stark; el Chronofax.

—Cartas a través del tiempo, contacto con los que ya se han ido, ¡correspondencia con uno mismo de infante!— Anthony arrojó hacia su cenit la manta amarillenta que sostenía con la diestra al mismo tiempo que gritaba lo último, podía sentir por su sangre correr la adrenalina y sobre su carne erizada el cambio de temperatura; estaba emocionado en un punto que recién conocía.

—Se ha superado, Stark. Sin duda alguna me ha superado a mí y a la ciencia de nuestro tiempo ¡Debemos preparar una conferencia con la comunidad! ¡El mundo debe saberlo! — el doctor Banner comenzaba a caminar emocionado por toda la habitación y, justo cuando comenzaba a marear a Stark, éste lo detuvo poniendo la mano sobre su hombro; lo miró conmovido y sonrió ampliamente

—Parece que ha olvidado el método científico, Banner. Lo invité porque es usted de mi plena confianza y deseo que esté presente para los primeros experimentos, necesito un testigo de que las cartas son genuinas y usted cuenta con la confianza de la comunidad—

—Me halaga, Stark. ¿Cómo ha redactado las invitaciones a la conversación entre épocas?

—He sido claro, seleccioné minuciosamente a los especialistas más sobresalientes de varias épocas, gente con la apertura mental suficiente para poder procesar correspondencia de esta naturaleza, tan solo falta que nuestros esfuerzos sean los suficientes y obtengamos al menos una carta de vuelta. Es importante que sepa que una vez enviada la carta la máquina estará sincronizada con el receptor, es decir que el tiempo que tardemos en enviar o recibir será el mismo para ambos; una hora, un día o semana, no será inmediato y debemos ser pacientes. — Stark tomó un pequeño bonche de papeles sin sobre, los pasó a su colega para que los revisara mientras él ajustaba las fechas a las que enviaría cada una. Banner fue breve al leer.

—¿No cree que sería más conveniente enviarlas individualmente? Yo no sé mucho sobre su ramo pero sería un poco menos confuso al recibir una respuesta.

—Tal vez tenga razón, Banner. Enviaremos una por el momento ¿Ha elegido a alguien?

—Mi opinión es muy personal, tengo especial interés en Ambroise Paré. La medicina parece deparar mucho para lo que hago.

—Todos los receptores me parecen ideales además es mejor si mi trabajo beneficia al suyo— Stark sonrió, buscó la carta para Ambroise Paré y la colocó en su sobre para depositarla en el Chronofax, cerró la pequeña compuerta del buzón en donde colocó la correspondencia y presionó un botón que hizo desaparecer el sobre con destino a un lugar donde seguramente ya había estado.

Francia, 1534

El célebre cirujano inglés de bata larga; Stephen Strange, trabajaba a contratiempo sobre un cadáver mientras un joven lo observaba y anotaba en un pequeño cuaderno a su lado. Strange abrió la caja torácica y extrajo el corazón colocándolo en una pequeña bandeja que su aprendiz ya tenía preparada.

El mozo era un francés de 24 años recién cumplidos, pero la edad no era un impedimento para el joven ni para su gran facilidad para las ciencias del cuerpo humano; era brillante, inteligente y de una memoria prodigiosa. Es por eso que el doctor inglés había decidido darle la oportunidad de trabajar a su lado como asistente y alumno.

Ambroise Paré colocó el miocardio sobre la mesa donde recargaba el cuaderno de apuntes, regresó su atención a la mesa en donde el cirujano examinaba minuciosamente los órganos circundantes al corazón.

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⏰ Last updated: Jun 30, 2020 ⏰

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