I

681 23 6
                                        

No había sido su noche de suerte. No, teniendo en cuenta que un cliente del club en el que trabajaba había vomitado en sus zapatos, al intentar el mismo disculparse, no provocó más que la morena se sofocara ante el repelente aliento sobrecargado de alcohol.

Tuvo que reprimir las palabras que se formaron en su mente, nada amables por supuesto. Solo por la necesidad de mantener su empleo. Ganó un pase detrás de la barra, aunque sus zapatos se mantuvieron a salvo por ese lapso de tiempo, odió la situación. Tener que soportar al solitario cliente que se apostó en la barra, no solo para beber incansablemente, sino que también para relatar la historia de amor de su vida, la que concluyó con su esposa pidiéndole el divorcio por la resistencia del hombre a dejar el alcohol. Patético, pensó la joven de azul mirada mientras por enésima vez, cargaba el vaso de whisky de aquel hombre.

Suspiró con alivio al salir del club, aunque una ligera llovizna caía en la ciudad neoyorquina, al menos en Queens, por unos minutos pensó que no sería tan malo, al menos la campera de cuero evitaba que se mojara mientras transitaba en motocicleta las calles que la guiaban a casa.

Habían transcurrido al menos 35 minutos desde que salió del local, llevaba unos 15 de espera bajo la cortina de lluvia que también ganó intensidad.

Definitivamente no estaba de humor, el motor de la moto decidió fallar, no se encontraba cerca de casa, la grúa.. bueno, ya llevaba más de 15 minutos esperando y quien sabe cuanto más tardaría en llegar. Ni siquiera podía fumar un cigarro para calmar la ansiedad por llegar a casa, darse una ducha de agua caliente y meterse en la cama bajo el cobijo de las mantas. Sí, lo había intentado, pero el agua de lluvia no tardaba en empapar el cilindro cargado de nicotina. Luego de un pequeño berrinche que incluyó más de un improperio, la joven alemana se sentó en la acera, a un lado de la moto, la cual por fortuna no recibió una patada cargada de frustración.

Sentada, al filo del cordón de la acera, la azulina mirada de Julia comenzó a viajar por los alrededores mientras sus manos se colaban dentro de las mangas de la campera, intentando recuperar un poco de calor, aunque incluso a ella le parecía algo bastante tonto, considerando que se había sentado en la acera mojada. Fue en ese instante que su mirada se apartó de las calles, del escaso tráfico, de los conductores siempre indiferentes para observar el cielo, oscuro, amenazante con el resplandor emitido por los relámpagos que parecían anunciar una tormenta eléctrica. Un escalofrío recorrió el cuerpo de la alemana cuando un recuerdo invadió su mente. La noche que escapó del lugar al que nunca podría llamarle hogar era muy similar a la que estaba viviendo. Mientras se alejaba de aquel sitio, el cielo se cerraba para prontamente desatarse una tormenta.

Una burlona risa brotó de sus labios al recuperar el propio pensamiento ingenuo de años atrás «Lejos de aquí, estaré a salvo». Jamás podría decir que se arrepintió de escapar de aquel infierno, pero las calles no podrían ser nunca algo seguro para una adolescente. Tampoco lo eran para la joven de 19 años sentada en la acera, pero ciertamente, no había momento de su vida en que se hubiera sentido realmente segura, por el estilo de vida que llevaba probablemente nunca lo sintiera, y no por eso tenía actitudes paranoicas.

—Hey.

El sonido de una voz femenina provoca, la nube de sus pensamientos se esfume y su mirada busque a la dueña de aquella voz. Justo frente a ella, montada en un coche negro, ventanilla del acompañante baja. En el rostro, gesto de desconcertante preocupación para Julia.

—¿Necesitas ayuda? —cuestiona Elena, inclinando un poco más el cuerpo hacia el asiento del copiloto para observar de mejor forma a la chica sentada en el cordón de la acera, completamente empapada por la lluvia.

—No veo que te acompañe una grúa. —puntualiza la alemana, enarcando una ceja con burla. ¿Estaba en posición de burlarse de alguien? Realmente no le importaba—. ¡Oh! Espera, ¿eres mecánica? —indaga sin desprender la mirada del rostro de la chica de rojiza y rizada cabellera, ni abandonar su tono de voz, absolutamente burlón.

You and I.Where stories live. Discover now