Primera corta y única parte

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En una ciudad donde los días eran un oscuro atardecer en primacía, se dispara con más apuro un oscuro deseo entre un hombre y una mujer, cuyo lazo estaba prohibido. Era pues que Leonardo, de veintiocho años, y Luisa, su esposa de veintiocho también, se habían mudado a la ciudad de Viktoria.

Rejas y baldosas pálidas daban cierto espanto a la casa de la señora Nora. La señora Nora era una mujer de cuarenta y nueve años, marcada por el luto de la partida de sus hijos. Pero la señora Nora sentía una impresa excitación en su corazón al saber que su hija se hospedaría en su casa por un tiempo, aunque no contaba que se encontraría a un varón de ojos mieles y seductora sonrisa como yerno. Nora entendía que ese varón, sin saber que se llamaba Leonardo, llegaría a romper las ataduras de su compresión y razón. ¡Pero a Nora no parecía importarte! Existe, de hecho, una oscura paradoja que el mismo Leonardo fue formulado a cada caricia y beso hacia su suegra...

Luisa era una mujer muy ingenua que, con ferocidad, parecía empeñarse a juntar a su madre con su esposo. Luisa y sus cabellos rubios, heredados de su madre, proveían ternura inimaginable a quien viese su rostro, el problema: todos eran malos con ella, juzgándola por su ingenuidad, ¡todos eran crueles! "No", respondería ella con tristeza y desaliento. Leonardo, por su parte, portaba en cada suspiro un fuerte tono de rebeldía. Leonardo era un hombre lleno de experiencia y de entusiasmo frente a la vida. El diría que había encontrado el sentido de su vida en su esposa, y que lo inimaginable no era su tipo.

Una mañana golpeada por el sol, Luisa iría a un campamento con un vecino muchacho. Nora preparaba unas paletas cargadas de un delicioso sabor a fresas y Leonardo estaría en la sala leyendo. Los nudillos de Leonardo estaba rojos por su impaciencia, y las curvas de Nora lo estarían llamando.

−Nora... está bien si...

Nora cerró sus ojos y dejó que el hombre le abrazara y recostara su rostro en sus hombros. Nora sentía su corazón salirse y que su instinto ganaría la batalla. Él olía delicioso y tenía un perfume varonil que le consumía todos los sentidos, Nora sólo podía pensar, en aquel momento, en sexo.

"No puedes tocarme, no puedes tocarme", pensó ella, no obstante, no lo dijo, esto hacía que Leonardo tuviese más y más libertad.

−Mujer mía, ¿podría besarte? Tus labios me llaman y no puedo pensar en más que en mi vasto deseo por besarte.

−Ninguna palabra de esta pobre mujer podrá convencerte, no es justo... pero puedo decirte que tu deseo es fácilmente compatible con el mío... querido, si deseas besarse... sólo hazlo.

Y él la besó. 

Si deseas besarme... bésame, puedes hacerloStories to obsess over. Discover now