Prólogo.

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Sus pies le dolían de tanto correr, sentía las lágrimas corriendo por su rostro y la fatiga en todo su cuerpo pero tenía que seguir, no podía rendirse cuando ya había logrado pasar aquel muro, ni cuando ya llevaba gran distancia de aquel lugar. El cielo pareciera que llorara con ella y la larga noche junto con las nubes la acompañaba. No sentía frío pero aquel torrencial pronto tomaría partido si no buscaba un refugio rápido.

Su ropa si pesaba por la humedad pero el suéter color rosado que le quedaba grande y los jeans anchos la protegía de estar al borde de la hipotermia, se hacían como una segunda piel pero cumplían la función de cubrirla. Definitivamente, si se reencontraba con Liza le agradecería por ser la única persona en el mundo que la cuido y se preocupó por ella. Inclusive, después de su desaparición la seguía cuidando con sus cosas.

Intentó tomar aire mientras se apoyaba en un tronco de árbol pero un ruido la alertó y busco en medio de la espesa oscuridad del bosque cualquier indicio de movimiento temiendo que alguien la hubiera seguido, decidió hacer silencio y rogaba que lo que fuese que hizo aquel ruido fuera un animal, una muerte de esa manera sería lo mejor que le pasara antes de volver a nuevamente al infierno.

– Por favor – Suplicó y miró aquella masa de nubes mientras el agua corría por su cara – Permíteme irme lejos de este lugar.

Todo siguió en silencio y eso le dio algo de fuerza para seguir caminando hacia el norte donde según los mapas de la pequeña biblioteca había una carretera tal vez alguien la ayudara acercándola a la ciudad.

Cada paso que daba era estar más cerca de la libertad pero también ponía en tela de juicio si lo que estaba haciendo la iba a beneficiar pero el solo recordar los golpes por no haber limpiado bien, los insultos por no aprender algo, y lo peor de todo, aquel tipo de la cicatriz de ojos grises, más fríos que hielo, que la miraban a ella junto con sus escasas compañeras de una manera lasciva y asquerosa, pero ojalá todo se hubiera quedado en una mirada porque cada vez era peor, hasta que la obligó a estar con él. Dolió muchísimo tanto que gritaba con sus fuerzas pero era ignorada, aunque era consciente que era escuchada, solo cuando llegaba a su cuarto en medio del trance era Liza quien la abrazaba y le cantaba una canción sobre la llegada del amor, ayudándole a calmarse hasta dejarla dormida, aquellos versos se volvieron su amuleto para que cada momento horrible se alejara de ella.

Nunca entendió el papel que figuraba ese hombre en aquel convento, o no hasta hace dos días que escuchó accidentalmente una conversación, llevándola a la decisión de irse de aquel lugar, fue mucho tiempo aguantando eso, un año. Ya no quería más, pudo rendirse en cualquier comento y dejar este plano material pero su instinto de supervivencia la llevaba a abrir los ojos cada día.

Un sonido de un carro andando a velocidad llamó su atención, estaba cerca de alguna carretera, y eso la animó más a acelerar el paso hasta que vio aquel camino de hormigón y lloró con mayor fuerza, sus piernas fallaron y quedó arrodillada en el piso, dando gracias por haberla encontrado.

Sintió como un carro pasaba pero no alzó su mirada no esperaba que parase, por ahora solo quería descansar un momento y después pediría un aventón pero el carro frenó y eso la puso alerta a la chica de largo cabello negro quien sintió unos pasos acercándose y vio un calzado masculino. Luego la lluvia había parado.
– ¿Estás bien, jovencita? – Dijo una voz gruesa pero se le escuchaba cansada y mayor.

Alzó la vista y sus ojos azules chocaron con unos ojos verdes cálidos que la miraban con un deje de preocupación y atención, lo cual calentó un tanto su corazón.

–Sólo estoy esperando.

El hombre la observó con interés pero no dijo nada y pasó los siguientes cinco minutos sosteniendo la sombrilla.

– ¿Quieres que te lleve a algún lado?

– A la ciudad.

– Vamos, te llevaré.

Ella se puso de pie y caminó junto al hombre que la guiaba hasta el auto costoso, pero por alguna razón no desconfió de él tal vez porque el hombre no mostraba esa hostilidad que sentía del género masculino. Sintió una tibieza en su espalda pues aquel hombre le había puesto su abrigo, tenía que poner más atención a todo porque no se percató de que estaba temblando.
Se subió en la parte trasera del carro junto con el hombre. Notó que había otra persona al volante, un hombre más joven.

– Sigamos, Fabiano.

El hombre solo asintió con la cabeza y cada tanto iba mirando en el espejo retrovisor observando a la adolescente quien simplemente miraba por la ventana. La detalló un poco más y notó dos lunares, uno más pequeño que el otro en su pómulo izquierdo. El hombre al lado de Mara le extendió la mano.

– Mucho gusto, Bruno.
– Mara.

Se estrecharon las manos y un calor extraño sintió la joven en su corazón al mirar de nuevo esos ojos verdes en aquel rostro maduro, algo que jamás había sentido y sintió el calor en sus mejilla así que se giró bruscamente hacia la ventana y cinco minutos después la pelinegra comenzó a cabecear ya que el cansancio la estaba alcanzando.
– Puedes dormir con tranquilidad – Dijo el hombre sin mirarla ya que estaba leyendo un libro – Te despertaré cuando lleguemos y me indiques donde te dejaré.
Asintió la cabeza y se durmió. Por fin podía descansar. 

Espero les guste la historia.

Nos leemos a la próxima.

Gracias.

Soloyo.

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