La lluvia resbalaba por la tejas formando incontables surcos de agua. Era un día que palpitaba en lo más crudo de un invierno, que con braveza se incrementaba minuto a minuto.
La leña crepitaba en la hoguera. Los trozos de madera dejaban un olor a humo, que se mareaba con la mezcla de inciensos del medio oriente y de té de canela recién hecho. A rezongos inexplicables pateé accidentalmente un banquillo de pies. La mesilla donde se posaba una bandeja con un juego de té encima, lanzo sus quejidos ante tal golpetón.
El cutir de dos tazas vacías resonó en el silencio que perpetuaba así hace ya varias horas. De pronto en el cielo tormentoso, un rayo hizo vibrar todo objeto de cristalería en la casa. Rompiendo la poca paz que conservaba en aquel momento.
Reconozo, me encontraba sensible. En ese instante, cuando mi perfecta paz fue rota con tal barullo. Recordé el sonido del techo, cayéndose en brazas ardientes. Llevándose con sus cenizas las vidas de mi Mari y mi pequeño hijo Manuel.
Exploté en llanto, ya había pasado veinte años de tal angustia y aún el tema me quebraba. A veces, justo como ahora, era mi propia mente la que me jugaba en contra.
Un recuerdo de dolor y de sosiego hizo que mirara atrás en mi juventud de antaño. Suspiré profundamente, tratando de tranquilizar a mi viejo corazón. Me aproximé a sentarme en el sillón junto a la hoguera. Débilmente me recline en él. Cuando era joven, aprovechaba los días fríos para sentarme junto al fuego abrazador de mi chimenea. Probablemente a leer un libro de texto prohibido en aquellos tiempos que tanto aprecio.
Mari, mi difunta esposa, se sentaba a mis pies a tejer en un telar, parches de rosas rojas sin espinas saliendo de un libro de tapa azul. Esta figura bordada competía para ser el sello oficial de la unión de gremios universitarios que formaban parte de la resistencia contra el gobierno. Siempre estábamos en la mira de los agentes de la policía, pero eso no nos paraba. Eramos jóvenes, teníamos un poco más de veintialgo. Y de sobra teníamos la sangre demasiada temeraria.
Dos años después de que la dictadura había iniciado, comenzó mi campaña para formar parte de los gremios universitarios de 1972.
Mari estaba a los ocho meses de un embarazo múltiple, cuando en el mercado de doña julia en Morón, dijo en voz alta lo que la callaría para siempre.
Recuerdo con cariño lo valiente que ella era.
Unos cinco meses después. Unos milicos rodearon nuestra casa. Sabían que estábamos dentro. Mari y yo juntamos a los niños y los pusimos en el armario de escobas. Vimos que no hacían nada. Simplemente estaban ahí, parados. Cinco uniformados parados en la calle mirando nuestra casa. Hasta que uno que parecía llevar el mando dio la orden. Dos de ellos empezaron a sacra tanques de combustible y a echarlo en las paredes de la casa. Mientras el resto de ellos apuntaba con armas de fuego. Pasaron diez segundos, y comenzaron a disparar. Mari y yo nos apartamos de las ventanas. Y aunque estábamos aterrados, corrimos en silencio la sala cubriéndonos los oídos para llegar al armario dónde estaban los niños. Nos ocultamos junto a ellos, yo le sostenía la boca a los dos mellizos y Mari a Manuel nuestro hijo mayor. El tiroteo ceso de forma rápida pero aún así fueron los segundos más horribles de mi vida. La adrenalina de querer salir corriendo y a la vez; el arduo esfuerzo para no emitir ruido, me recorrían por las venas de forma inexplicable. Sentía como mi sudor resbalaba por mi frente. En ese momento mire a Mari. Pero ella no me correspondió. Estaba muy concentrada mirando por el pestillo. Una débil luz que penetraba por la puerta del armario me permitía ver su figura. Sus ojos grisáceos enmarcados por un flequillo gringo que no le daban respiro al exterior. Aquella mirada demostraban preocupación, pero a su vez, su rostro blanco salpicaba tranquilidad.
Escuchamos el ruido de la puerta quebrándose. Dos militares entraron a nuestra casa ahora convertida en hoyos. Inspeccionaron la cocina y la planta alta. Estuvieron al borde de encontrarnos. Con todo esto. Mari y yo olvidamos los tanques de combustible que habían vertido alrededor de la casa. Nos quedamos varios minutos en silencio hasta que escuchamos el auto negro de la muerte marcharse.
Les solté la boca a los mellizos que rompieron el silencio con llantos y chillidos. Recuerdo que cuando salimos del armario, Manuel dijo que se había hecho encima.
Salí a inspeccionar. Mari me dijo que llevaría a arriba a Manuel a cambiarse para después poder irnos al campo con mi mamá, yo solo le asentí con la cabeza.
Minutos después un olor a humo empezó a invadir la casa. Comencé a toser y rápidamente cogí a los mellizos y los lleve a afuera. Cruce la cerca y se los entregue a la vecina que contemplaba atónita el lugar por lo ocurrido. Salí corriendo hacia casa. Cuando entre, el fuego se había extendido con rapidez. Escuche los gritos de Mari y Manuel pidiendo por ayuda. Cuando los escuché, corrí hacia donde creí que salió la voz. El fuego no me permitía ver nada. Cundo alcance verlos, una biga se desprendió y cayó sobre ellos. El fuego los rodeó completamente. Era demasiado tarde. Apenas logre salir de la casa.
Ese momento en el que mi Manu y mi Amor fueron aplastados por una biga, aún permanece vivido en mi memoria.
Siempre opiné que en mí, recorren momentos eufóricos de luchas constantes por conservar mi integridad.
Aunque estaba viudo y con dos niños todavía lactantes, no me quede callado. Con lo que me habían hecho no me iban a callar ni aunque me quitaran la lengua.
Dejé a los mellis con mi madre en el campo, y me encamine por el rocoso camino hacia la libertad y la justicia.
Nunca pude hacer justicia por el incendio, ni por la muerte de mi esposa e hijo. Nunca ente al gremio, nunca me recomenzaron por los daños hechos, y aun así jamás me vengue con sangre.
Siempre busqué la forma pacífica de solucionar mis problemas, así como Mari lo habría hecho...
Volví de aquel aterrador recuerdo. Mi propio llanto se detuvo varios minutos después. Sostenía en mi mente aquellas aberraciones que habían trascurrido cuanto estaba en mis veintisiete años.
Tomé un sorbo del té de canela y seque mis lágrimas con un pañuelo que tenía guardado en el bolsillo. Levanté mi mirada hacia arriba y puse atención en un cuadro de sauces un poco quemado en las puntas. Acomodé mis espesos lentes y en forma de rezo, empecé a leer en voz alta el texto que este tenía escrito. "Democracia".
- ¿Un rio sin agua, es un rio, Doña julia? un jardín sin plantas ¿Es un jardín? Nuestro país tiene como gobierno a uno que pretende ser democrático y liberal. Pero que priva sin vergüenza de la libertad a sus ciudadanos; Los obliga a votar por sus partidos corruptos. Los amenaza. Viola a las mujeres, mata a niños inocentes. Nos deja con hambre y nos desaparece. Tenemos como gobierno a uno que promete y promete, pero que no cumple. ¿Cómo podemos llamar a esto un gobierno democrático justo? Yo, doña julia. ¡Pido democracia! ¡Pido justicia!¡Pido por un país con verdad!-. Esa era la frase que Mari gritó en el mercado de Morón. "Pido Democracia. Pido justicia. Pido un país con verdad".
Después del incendio volví a las ruinas y encontré el cuadro debajo de unos escombros, casi sin rupturas.
-Nunca olvidare por lo que luchabas -. Dije en vos alta tomando el cuadro polvoriento que reposaba en la pared.
-No recordaré con odio, nunca me voy a olvidar por lo que luchabas. Te juré que iba a perdonar, pero no voy a olvidar. Jamás lo voy a olvidar.
Siempre mantuve mi palabra. Nunca recordé con odio. Nunca le deseé el mal a esa gente. Siempre rezo por su perdón.
Es por Mari que siempre respondo cuando me preguntan por qué perdí todo lo que tenía. Por qué me tuvieron preso años. Siempre digo lo mismo que Mari, "Por sacarle las espinas a sus rosas. Por mi libertad, por nuestra libertad".
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Numen.
RandomNumen; (nombre masculino) "Inspiración que siente el artista y que estimula o favorece la creación o la composición de obras de arte; esta inspiración suele representarse personificada". Bien. Se supone que ahora hago una descripción del libro. Bue...
