Cap. 1 El destino de los inocentes

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Hacia mucho tiempo atrás, que los años se habían dejado de contar para la humanidad, "De todos modos no viviríamos tanto", era lo que los abuelos mencionaban, tampoco había días, el tiempo pasaba así, efímero y sin importancia, como uno de los múltiples fantasmas que se quedarían en los campos de batalla, doliente, herido y sin importancia.

Las guerras entre unos y otros habían acabado con cualquier orden o vestigio de paz que el mundo tuvo una vez, ya no había gobiernos ni países, solo supervivencia; para las personas que no participaban de la guerra solo había tres destinos posibles, sanabas a los heridos, cultivar vegetales para la existencia también era opción, o simplemente... Podías quedarte a ver la miseria y crueldad en la se hundía todo, ¿yo?. En mi caso era distinto, yo pertenecía a la minúscula parte de la población que creía que aun había una solución moral, una mas allá de las trincheras, lo aviones de guerra y las armas.

Había pasado tanto tiempo, tanto tiempo, que las generaciones jóvenes como yo, no teníamos idea del motivo de semejante desgracia, los ancianos tampoco la decían y los adultos lentamente la borraban de sus memorias, las nuevas generaciones nacerían, crecerían y morirían sin saber el motivo de tanta violencia, tanta desesperación y dolor no tenía un motivo de ser, no para los obreros en los campos, para las madres angustiadas, para los hijos ignorantes.

Pero dentro de todo el caos, la vida tenia que seguir, alguna vez yo quise entregar mis manos y servicio a la profesión mas noble y venerada en aquellos tiempos, las enfermeras, eran vistas como importantes elementos para el mundo, manos que no temían cubrirse de sangre para salvar vidas de los moribundos soldados caídos, manos amables que se extendían hasta los mas necesitados; sus familias eran altamente reconocidas y estaba demás decir que durante los ataques eran la prioridad a proteger, no había desventaja alguna cuando servías a los demás, ¿cierto?.

Mentira, total y cruel mentira cuando pensabas en la realidad del mundo donde vivías, desde el momento en que tu pisabas las escuelas para enfermeras te dejaban muy en claro que los recursos con los que contabas no eran suficientes y que si para mantener vivo a alguien debías gastar medicinas esa persona debía ser dada por muerta, las prioridades eran selectivas y tajantes, tal como las esperanzas de vida para cualquiera.

Como ángeles de la muerte, los médicos y enfermeras tenían el deber de recorrer los campos de batalla y las zonas atacadas entre cuerpos jadeantes y heridos que clamaban piedad mientras decidían quien podía vivir y quien no, los vestidos blancos y los peinados perfectos solo eran el único favor que otorgabas como vista a las personas que dejabas morir frente a ti, "Una linda vista es lo único que podrán llevarse", mi vida no seria dedicada a ser una parca, esa no era mi voluntad; aun así, asistía regularmente a la escuela con el impecable uniforme blanco y la cofia sobre mi cabeza, este era un día de esos.

- Lulu por por favor, apresura el paso

Mi amorosa madre, de grandes ojos y mirada enternecida, observaba con orgullo como mis pequeños pies corrían tras de ella entre la obscuridad de la madrugada, la vida comenzaba temprano para todos, obreros, soldados y estudiantes, quienes iniciábamos a paso presuroso un día mas en una vida incierta.

- te vez preciosa, que más daría yo por verte así todos los días

Trazó lentamente con la suave piel de sus manos el marco de mi rostro, estaba cansada, era muy temprano y asistía en contra de mi voluntad a la escuela de parcas, internamente pensé, " esto no puede empeorar ", pero está de más decir que es casi como una ley de vida, que pronunciar esa frase aunque fuere en tu mente, trae grandes consecuencias, pareciera que la vida se empeña arduamente en demostrar, que por su puesto, todo puede empeorar.

Con el ritmo constante al caminar, la cofia sobre mi cabeza aun bien colocada, llegaba al borde de la calle, justo a tiempo, el único trasporte que podía llevarme a donde iba se deslumbraba a lo lejos y como todos los días levanté mi cuerpo sobre la punta de mis pies para besar la mejilla de mi madre, ella sonrió agradecida mientras extendía el maletín en mi dirección, el cual tomé rápidamente notando que era momento para abordar; como era de esperarse el transporte esta repleto, entregue las dos monedas pequeñas al conductor para acomodarme en algún sitio, para mi mala suerte, la mayoría de mis compañeros de clase iban a bordo; negarme a una profesión tan  importante y noble me hacia una clase de desertor, por lo que constantemente era mirada con enojo y desprecio, pero para mi buena suerte, mis dos amigas también estaban ahí, presumían la misma coleta perfecta y la impecable cofia sobre sus cabezas, en silencio y tratando de no ser notada me coloque en los asientos detrás de ellas.

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