DULCE VENGANZA.

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Y todo ya estaba listo para la venganza tan deseada...

Se levantó de un sobresalto. La pobre Melissa había pasado una mala noche. Se dispuso a hacer lo de todos los días. Desayunó, se duchó, se vistió y fue a la universidad.

Melissa era lo que todo hombre deseaba, tez blanca, pelo castaño, que al reflejarse con el sol se volvía de este color. Ojos azules, tan profundos y bonitos como el mar. Un cuerpo de escándalo; curvas en las que te podías perder; caderas impresionantes. Era la mujer perfecta.

Una vez en clase, se dispuso a preparar la materia que le tocaba. Sintió un escalofrío de golpe y muchas miradas observándola. Miro hacia todas partes, pero no había nadie mirándola, pues todos estaban metidos en sus apuntes.

Nerviosa, fue al baño a despejarse un poco. A su lado, había una pequeña nota, que decía:

«A las seis, en la dirección acordada.»

No entendió nada, hasta que recibió un mensaje, que le dejo helada, pues la cita era en el cementerio.

Intentó borrar ese mensaje, no obstante, no pudo hacerlo. Volvió a la clase, más pálida de lo que su piel ya era. La profesora lo notó, y fue a hablar con ella. Tras unos minutos eternos consiguió calmarla y que volviese a la normalidad.

Al acabar las clases, puso su GPS, como siempre, para poder llegar más rápido a su casa. Lo que no sabía, es que le conducía directamente al cementerio, aunque ella pensase que iba a casa.

Se quedó extrañada al ver los antiguos barrios donde vivía, ya que no los pisaba desde que era muy niña. Sonrió al ver que la flor del cerezo seguía floreciendo como siempre.

Paró a comer en un restaurante, pues se había perdido (eso creía) y estaba muy hambrienta. Pidió algo sencillo y después siguió conduciendo.

Al llegar al destino, un impulso hizo que saliese del coche y se dirigiese a aquel tétrico y siniestro lugar.

A ella le pareció más oscuro de lo habitual, pero no se dejó influenciar por el miedo.

Esperó a que se hiciesen las seis. Pasaba ya media hora y estuvo a punto de irse, cuando escuchó el dulce llanto de un bebé. Se controló e intentó salir, empero no pudo, pues estaba enganchada al banco paralizada. El miedo le inundó. Vio una figura que no supo distinguir, pero su voz...

Aquella voz le resultaba familiar.

-Hola Melissa, ¿te acuerdas de mí? O debería llamarte Désirée...

En ese momento se quedó sin habla, pues apareció delante de ella quien fue su mejor amiga, junto a un bebé y dos niños.

Entonces, los reconoció, y una risa macabra, siniestra, psicópata, salió de ella.

Lo que nadie sabía de Melissa, no, Désirée, era que fue una asesina, pues mató a sangre fría a cuatro personas.

El primero, un bebe de once meses apenas. Fue muy sencillo, tan solo tenía seis años. Lo metió al horno, y, su madre preocupada, decidió llevársela lejos de su ciudad natal.

El segundo y la tercera fueron unos mellizos. Con ellos disfrutó más. Dedicó cada minuto de su vida a despedazarlos, a sacar uno a uno sus órganos, y utilizar sus cuerpos enteros como abono para aquel hermoso cerezo que florecía.

Y la cuarta, su mejor amiga, la más íntima que había tenido, Melissa. La conoció a los 15 años. Le contó su pasado y ella le aceptó. Se hicieron inseparables. Pero un día, Melissa se quedó a dormir y Désirée la mató, sin rastro alguno de emoción. La arrojó al río más cercano y la suplantó. Usó su nombre y todo lo que tenía que ver con ella.

Su risa se hizo más escandalosa. Lo recordaba todo. Aquellos niños los había matado ella y se sentía orgullosa. Pero, en un visto y no visto, la arrojaron a un ataúd, y Melissa, en su oído susurró:

-Ahí tienes el destino que te mereces, querida mejor amiga...

Y se despertó sobresaltada, solo había sido un mal sueño...

¿O no?

Luces apagadas, mente abierta.Stories to obsess over. Discover now