Capítulo 1

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—Muy buen trabajo, chicos —la voz del Jefe resonó en la sala con una seca aprobación.

Danya sonrió, experimentando un alivio físico al despojarse de la molesta peluca rubia que había sido su identidad durante una semana. Su cabello natural, negro azabache y pesado, cayó sobre sus hombros como una cortina de seda.

—Gracias, señor —respondieron sus compañeros al unísono.

—Estoy orgulloso de ustedes. Gracias a su impecable labor, hemos neutralizado a El Maleante —anunció el hombre. La palabra "neutralizado" quedó flotando en el aire con una finalidad absoluta. —Como recompensa, tienen el resto de la semana libre. Vayan con sus familias.

Mientras los demás recogían sus mochilas con entusiasmo, Danya permaneció inmóvil, esperando. El Jefe se acercó a ella, escudriñándola con una mirada penetrante.

—¿Estás bien, Danya?

—Sí, señor. Estoy perfectamente —respondió ella, ajustándose la mochila al hombro, la cual se sentía más pesada ahora que cargaba con el peso de los secretos del día.

—Excelente. Eres, sin duda, uno de mis mejores activos. Tu precisión es... inhumana —comentó él con un tono indescifrable.

Danya agradeció y comenzó a caminar hacia la puerta, pero una mano grande y firme se cerró sobre su muñeca. Los ojos del Jefe, tan azules como los de ella, se suavizaron con una mezcla de orgullo y una tristeza antigua.

—Estoy muy orgulloso de ti, hija. Sé que ella también lo habría estado —susurró él.

No fue necesario pronunciar el nombre. Su recuerdo era el motor y, a la vez, la cadena que los unía a ese mundo de sombras. Danya se acercó y le dio un pequeño beso en la mejilla.

—Gracias, papá. Creo que ellas también habrían estado muy orgullosas de ti. Te amo.

Al salir hacia el estacionamiento, Danya Davet Dorman dejó atrás a la operativa para convertirse en la ciudadana de 24 años que el mundo creía conocer. Hija del Director David Davet y agente de la ADIC (Agencia de Investigación Criminal), su vida era una construcción meticulosa. De estatura baja, piel blanca y ojos intensos, su apariencia era, en realidad, su herramienta de engaño más efectiva.

En Nueva York la esperaba su esposo, Clayton Dorman. Tras tres años de matrimonio, él seguía siendo su ancla, la razón por la que estaba dispuesta a mentir cada día.
Cuando el coche entró en el garaje de su casa, Danya dejó escapar un largo suspiro. Una semana de camuflaje la había agotado; una semana sin Clayton se había sentido como un siglo. Con movimientos mecánicos, se quitó la pistola y la placa, guardándolas en el compartimento secreto de su mochila táctica. La agente se quedó en el maletero; la esposa entró en la casa.

El silencio del hogar fue interrumpido por la visión de su esposo en la cocina, concentrado frente a la estufa. Danya se acercó con pasos felinos, fruto de su entrenamiento. Al rodearle la cintura con los brazos, notó cómo el cuerpo de Clayton se tensaba en un milisegundo —un reflejo de profesional— antes de relajarse al reconocer su tacto.

—Hola, mi amor —susurró ella.

—Hermosa, te extrañé. No te sentí llegar —respondió él con voz profunda, volteándose para sellar el reencuentro con un beso que sabía a hogar y a seguridad.

—¿Cómo te fue en el seminario de medicina legal? —preguntó Clayton poco después.

—Bien, amor. Muy agotador. —Mintió ella sin pestañear. Clayton la creía una analista forense, una fachada para protegerlo de los enemigos que su verdadero trabajo le había granjeado. Lo que ella no sospechaba era la profundidad de las ironías que se sentaban a su mesa.

—Tu padre llamó esta tarde —añadió él de forma casual—. Dijo que vendría a cenar. Al parecer, uno de los equipos de su agencia atrapó a "El Rey" hoy.

Danya tragó en seco. El Rey, el alias mediático del objetivo que ella misma había neutralizado horas antes.

Tras ocultar rápidamente su equipo en un doble fondo detrás de un cuadro en la recámara, Danya bajó al comedor. Su padre ya estaba allí. El abrazo que compartieron fue breve, cargado de una complicidad que Clayton no podía detectar.

—¿Cómo te fue en el seminario? —preguntó David con un destello burlón en los ojos.

—Bien. Fue un viaje largo —respondió ella, devolviéndole la jugada.

La conversación fluyó hasta que Clayton tocó un punto sensible:

—Oye, David, ¿por qué esa agente que atrapó al Rey no quiere que nadie sepa quién es? Es una heroína, ¿no?

Danya sintió que la comida se le atascaba en la garganta. Su padre, disfrutando del momento, la miró fijamente.

—Ella lo prefiere así. No le gusta el centro de atención. Además —añadió encogiéndose de hombros—, no se pierden de nada. La tipa no es muy agraciada, que digamos.

Danya lo fulminó con la mirada. Clayton soltó una carcajada.

—Es rara —concluyó su esposo.—Estábamos hablando del operativo de hoy, David. Esa agente de la que todos hablan en la central... la que lideró la captura de "El Rey". —Clayton se inclinó hacia adelante—. Dicen que es un fantasma. Nadie tiene fotos, nadie conoce su nombre real. Es... impresionante.
Danya sintió un escalofrío. La curiosidad de su esposo se sentía como una linterna apuntando directamente a su rostro.

—Es una mujer solitaria —intervino David, mirando a su hija con una malicia mal disimulada.—No tiene mucha vida social y, para ser honestos, su apariencia es tan común que pasaría desapercibida en cualquier fila del supermercado. Nada del otro mundo.

Danya apretó el cubierto con fuerza. Sabía que su padre la estaba provocando, pero era el comentario de Clayton el que más le dolió.

En esa mesa, la tensión era un comensal más. Dos agentes de alto nivel y una mentira compartida compartían el pan. Danya observó a Clayton y se preguntó si él también escondía un arma antes de besarla.

¿Quién de los dos era el mejor mentiroso? Y lo más inquietante: si ambos conocían la verdad, ¿por qué seguían aferrados a ese peligroso juego de sombras?

La jefaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora