Capítulo 1

29 1 0
                                        

El camino a casa se me está haciendo eterno, los adoquines juegan a esquivar mis tacones y las copas de más bailan en mi cabeza. El vestido negro que me compré para lucir esta noche está completamente destrozado, y por mucho que lucho para cubrir mis verguenzas, es muy probable que todo aquel que pasa por mi lado no tiene que dejar mucho a la imaginación.

Considero fuertemente que ahora mismo lo más viable es raparme antes que intentar desenrredarme o arreglarme el pelo.

Mareo.

Mi boca seca me hace pensar en que no recuerdo la última vez que tomé la sabia decisión de hidratarme y mi mente está tan entumecida que sólo tengo vagos recuerdos de ese forcejeo. Mi muñecas duelen y arden.

El camino es oscuro y estrecho, y las pocas personas que pasan por mi lado me miran extraño y con intriga, aunque nadie parece interesado en prestarme ayuda.

Empiezo a sentir frío y mi piel se eriza, me tambaleo levemente y me apoyo en la pared, es ahí cuando veo mi mano ensangrentada.

Mis ojos se abren a lo grande y mi mente empieza a correr ¿Qué pasó? Busco señales de heridas por mi cuerpo pero no hay nada alarmante.

Me quedo unos segundos tratanto de recordar algo más pero es en vano. Empiezo a buscar las llaves de mi apartamento en mi bolso. Busco y rebusco sin éxito. Me frustro.

¿Por qué tengo que llevar tantas cosas aquí dentro? Sólo fui a cenar. ¡A cenar! Cené con las chicas...

Mareo. Cierro los ojos y me llevo la mano a la frente.

Introduzco de nuevo la mano en el bolso y ahí están mis llaves. Llaves en mano, mano al pecho. Mis pies duelen por los putos tacones.

Me pongo en marcha de nuevo, esta vez apoyándome en la pared. ¿De dónde es esta sangre? Frunzo el ceño, levanto la vista y ahí está mi puerta, finalmente.

Soy consciente de que algo pasó, se que hubo un forcejeo. Un forcejeo...

Introduzco la llave en la cerradura y giro la llave. ¡Dios santo como me duele la muñeca!

Un gesto de dolor aparece como expresión primaria en mi rostro. Ojos apretados, nariz arrugada, y me muerdo el labio inferior para acallar el gemido que empezaba a nacer en mi garganta.

Empujo la pesada puerta de hierro dejando caer el peso de mi cuerpo sobre ella, la puerta se abre de par en par y entro a trompicones y tambaleándome sin haber podido sacar la llave aún. Enderezo mi cuerpo todo lo que mi estado me lo permite, me bajo el vestido estirando tela y miro fijamente las llaves que se balancean aún colgadas de la puerta, y me quedo allí parada por unos segundos ¿Estas son mis llaves? ¿Seguro?

El alcohol es realmente nocivo.

Coloco la mano en las llaves para cogerlas y e ahí la sangre en ellas. Sangre. Retiro las llaves y cierro la puerta tras de mi, empiezo a caminar aún mirándome las manos.

Sangre, que se dice pronto; y sangre que no es mía. No se si alegrarme o preocuparme más.

Me paro delante del ascensor y miro fíjamente el botón que lo llama, me tambaleo mientras intento acertarlo, hasta que lo consigo. Me enderezo y espero pacientemente. La idea de subir por las escaleras me hace reír sola.

Tengo tanta sed que tragar saliva es un lujo, igualmente lo intento.

Silencio.

Las puertas del ascensor se abren ante mi y le agradezco al que eligió este ascensor sin espejo, esa sorpresa me la guardo para casa.

Pulso el número tres y las puertas tardan un par de segundos en cerrar, o más.

El tiempo se para y lo veo. Justo en frente de mi se encuentra, a tan solo unos pasos a fuera del ascensor, un chico, un muchacho joven, moreno, peinado un poco despreocupado para mi gusto, totalmente afeitado, sin una sola imperfección en su rostro, y con un lunar en la mejilla derecha.

Lleva una camiseta azul oscura, pantalón negro y botas. Y me mira, me mira fijamente con unos ojos oscuros enmarcados por largas pestañas. Una enorme sonrisa de dientes imperfectos, sin dejar de ser bonitos, está pintada en su rostro.

Y yo en shock me pregunto por qué no se mueve en lo absoluto, por qué no parpadea, y también me pregunto por qué siento un miendo paralizante y punzante desde la punta de los dedos de mis pies, hasta la nuca, hasta el cerebro, hasta lo más profundo de mi ser.

Las puertas comienzan a cerrarse lentamente, y mientras su imagen se va desvaneciendo tras de esta, puedo escuchar perfectamente como empieza a reír a carcajadas.

Bellos de punta acompañados de un escalofrío recorriéndome el cuerpo.

Los tres pisos de altura en ascensor más largos de mi vida.

¿Sólo bebí alcohol o ingerí algo más sin saberlo?

Mi corazón latía rápido ante la idea de volver a verlo cuando las puertas se abrieran, pero no, allí no había nadie.

Me apresuré en abrir la puerta de mi apartamento; y debo de decir que ésta vez ni fallé al introducir la llave ni me importó mi muñeca cuando la giré dentro de la cerradura, ni sentía sed, ni frío, ni mareo; lo único que percibía era miedo.

Entré, encendí la luz y cerré tras de mi de un portazo, poniendo tanto el seguro como echando la cadena.

Suspiro.

Apoyo la frente en la puerta cerrando los ojos y me dejo caer lentamente en el suelo.

Ya estoy en casa.

Me quité los malditos tacones y levanté la vista.

El desconcierto se apoderó de mi, ¿Dónde estoy? O mejor dicho ¿Qué le pasó a mi casa?

Vidas paralelasStories to obsess over. Discover now