Lente

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   El taconeo homogéneo de sus zapatos cesó al disponerse frente al gran instrumento. Ya no había vuelta atrás. Tenía que hacerlo. Había sido una noche llena de emociones y aún quedaba toda la madrugada. El reloj aún marcaba las 00:32 h; la hora perfecta para tocar un poco el piano antes de su juicio. Abrió con cuidado la pesada tapa de madera de caoba que protegía las brillantes teclas de marfil dispuestas a lo largo del teclado, pero no pudo evitar que un crujido resonase por todo el salón de aquella enorme mansión, debido a la antigüedad de aquel gran piano de cola. Se lo había regalado su abuelo, pocos años antes de fallecer, tras escuchar su primera audición en público tan solo a los cinco años. Acarició esos recuerdos como los más valiosos al tiempo en que se sentaba en aquella silla regulable tapizada con un terciopelo verde que se podía distinguir perfectamente en medio de aquella oscuridad y de aquel silencio imperturbable. "Tampoco era para tanto", se dijo. Aquella era una obra fácil, de elemental, pero por algún extraño motivo, había despertado en él una curiosidad inmensa y un cariño inigualable. Lo tenía todo: equilibrio, frustración, paz, alegría, enfado... Solo había que saber expresarlo.
   Se remangó los puños manchados de sangre, una sangre que contrastaba con el blanco impecable de su camisa preferida. Se tomó unos instantes antes de comenzar. Quiso recordar su primera clase de piano. "Tocar el piano es como fumar. Una vez que empiezas, es muy difícil dejarlo", le había dicho su profesora. ¡Y cuánta razón tenía! Él no era fumador, detestaba el olor a tabaco, y aún más aquel humo que no paraba de esparcirse por cada recoveco que encontraba a su paso; pero sus amigos sí: ricos empresarios que derrochaban el dinero en todo tipo de habanos y cigarrillos y organizaban banales partidas de cartas donde fumarlos. Y por lo que parecía, no estaban muy dispuestos a abandonar aquel tipo de vida.
   Tras apartar aquellos ya lejanos pensamientos para él, se dispuso a empezar. Colocó su pie sobre el pedal derecho, y tras alzar sus manos a cierta altura del teclado, las dejó caer con gran precisión, como un águila que atrapa a su presa realizando tan solo un intento.
   Comenzó los primeros compases manteniendo un sonido dulce, honesto, pero que poco a poco, por orden de un crescendo que añadía cada vez más tensión a aquella escala ascendente, se convirtió en una melodía fuerte, firme, la cual desapareció repentinamente dejando paso de nuevo a esa agradable armonía con la que consiguió terminar la primera frase. No quiso concentrarse más. Había tocado tantas veces aquella pieza, que sus dedos bailaban solos ya al ritmo de aquel tres por cuatro que definía ese vals tan romántico que le había cautivado desde el primer momento.
   Aquella primera parte le recordaba a su vida antes de aquella noche. Pianista profesional, se pasaba los días encerrado en aquella mansión, practicando las más hermosas piezas que podría uno escuchar, desde las agitadas sonatas de Beethoven, hasta los ingeniosos valses de Tchaikovsky. Pero su favorito, su favorito era Chopin. ¡Oh! Aquel compositor romántico siempre conseguía derretirle el corazón con cualquiera de sus obras. Era una sensación fantástica. Cuando escuchaba uno de aquellos trinos eternos o aquellos rubatos, sentía un cosquilleo en el estómago que siempre iba acompañado por una sensación de relajación inmensa, que volvía a sus músculos "de mantequilla", como él lo describía siempre. Y pensar que ya no podría disfrutar de aquella sensación durante mucho tiempo, quizá nunca más...
   Se dio cuenta de que estaba acabando ya la primera parte de aquella pieza. Estaba a punto de embarcarse en la más difícil, pero al mismo tiempo la más emocionante de todas. Cerró los ojos, al tiempo en que se sumergía en las profundidades de aquella melodía, y tomando aire comenzó a atacar las teclas primero despacio, lentamente, pero cada vez cogiendo más y más velocidad, más y más intensidad, hasta culminar en un acorde algo disonante que pareció agotar toda su energía y obligó al pianista a ejecutar el diminuendo que devolvía la tranquilidad a aquella solitaria estancia. Escuchar aquel fragmento siempre le transportaba al mismo lugar. Flotando plácidamente cerca de la orilla de una de sus playas favoritas, una gigantesca ola repentina lo arrollaba una y otra vez, una y otra vez, impidiéndole salir a la superficie. Él intentaba nadar; movía los pies, braceaba con todas sus fuerzas, pero una oscura sombra le impedía alcanzar esa vida que ya se le escapaba de su pecho, aumentando cada vez más su angustia. Y es esa frustración precisamente la que florecía dentro de aquel anciano cada vez que escuchaba aquella parte. Pero todo volvía a la calma tras lograr dar esa ansiada bocanada de aire. Todo volvía a la calma tras ese diminuendo.
   De pronto recordó lo que había hecho. Aún había muchas dudas dentro de él. ¿Podría soportar aquel recuerdo para siempre? ¿Podría vivir con ese remordimiento que ya comenzaba a carcomerle las entrañas? No podía venirse abajo ahora. Había sido su decisión. Es verdad que no quería, no quería hacerlo, pero el miedo le cegó, le cegó y no supo escoger el buen camino. Una oscura venda que se posa sobre tus ojos permitiéndote ver solamente lo más vil, percibir únicamente los más terribles sentimientos humanos, y guiarte hacia la más profunda desesperación. Una oscura venda que controla tu mente y te convence de destruir todo cuanto amas, sin importar las consecuencias; y cuando por fin eres libre de deshacer esa engorrosa lazada, ya es demasiado tarde, demasiado tarde. Al tiempo en que aquella cinta negra descubría unos ojos vacíos, grises, carentes de sentimiento alguno, el pianista pudo percibir una figura a los pies de aquel gran piano. No sabía si era hombre o mujer, pero de lo que estaba seguro era de que fuese quien fuese, no volvería a ver la luz tras recibir aquel brutal golpe en la cabeza.
   Sus pensamientos fueron interrumpidos por un fuerte golpeo en la puerta de entrada, una puerta ya entreabierta desde hacía unas horas que invitaba a todo aquel que la cruzaba a envolverse en las sombras de una nueva pesadilla.
   "Por fin", pensó el anciano, pero debía aguantar, tenía que acabar de tocar esa pieza fuese como fuese. Eso le daba libertad. Acabar las cosas le daba libertad.
     - ¡Deja ya de tocar, viejo loco! ¿No sabes qué hora es?- las protestas de los vecinos comenzaban ya a escucharse al otro lado de aquella puerta de madera. Sus dedos parecían oírlas, y a modo de burla, solo se limitaban a responder aumentando la intensidad de aquella tercera parte. Ya solo faltaba la coda. Un poco más y ya podría entregarse. Este fragmento era el que más le gustaba. Semejaba un recopilatorio de diferentes finales para el mismo vals. Y le encantaba engañar a la gente haciéndole creer que se acababa, que todo se acababa. Pero tantos finales para el mismo destino: el silencio.
   Primer final; los golpeos en la puerta de entrada se acrecentaban a la par que la melodía, aclamando la ilusoria calma.
     - Entremos de una vez- se oyó en el exterior. Varias pisadas comenzaron a sonar en el vestíbulo de aquella mansión.
   Un escalofrío recorrió la espalda del músico. Todo se repetía. Aquel golpeo infernal de los zapatos contra la madera, los susurros que ya atravesaban la cocina y el miedo en sus manos, cada vez más rígidas. Se acercaba el momento.
   Segundo final; una figura alargada se comenzaba a divisar a través del marco de la puerta del lúgubre salón. Las pisadas eran cada vez más fuertes. Ya quedaba poco, solo un poco más. Aquella pieza no parecía terminar nunca; sus pesadillas no parecían terminar nunca. Esta vez no se defendería. Permanecería pasivo a todo, a todos; no lo había pensado, pero nunca antes había tenido oportunidad de conocer a sus vecinos. Sería una excelente manera de presentarse.
   Último final; inspiró lentamente, preparándose para tocar los últimos acordes.
   Fa, si, re.
     - ¿Quién ha entrado en la casa?- preguntaba una mujer desde afuera.
     - Luis- le respondió una voz grave, profunda.
     - ¿Y le has dejado entrar?
   Si, re, fa.
   Bis repetita. Otras pisadas volvían a sonar, esta vez tomando la forma de grandes y apuradas zancadas que parecían querer perseguir a alguien, detener una locura.
   Re, fa, si.
   Una nariz aguileña asomó a través de la puerta del gran salón. Un hombre con semblante serio apareció con paso seguro. Solo faltaban tres acordes, solo tres acordes.
   Los ojos de aquel desconocido se desviaron de su trayectoria para mirar a los pies de aquel gran piano. Un cuerpo sin vida, rodeado por un extenso charco de sangre permanecía allí, inmóvil, mirando al infinito con unos ojos llenos de confusión preguntándose cómo podía haber perdido una batalla que estaba ganada. El rostro del hombre palideció, a la par que comprendía la gravedad de la situación: estaba ante un asesino.
   Último acorde. Se acabó.
   El pianista levantó las manos con elegancia, al tiempo en que su pie derecho dejó de presionar el pedal. Cuando la última nota consiguió desvanecerse en aquel ambiente de incertidumbre, se levantó lentamente, con gran dificultad, y una vez erguido comenzó a caminar con torpes pasos hacia su nuevo espectador.
   Mientras se acercaba poco a poco, el hombre, convertido ahora en una nueva víctima del mismo miedo que poco antes había conseguido imponerse sobre la mente del músico, solo acertó a agarrar el objeto más próximo a él, a la vez en que intentaba buscar una salida; pero su cuerpo no respondía, no respondía.
   El anciano llegó hasta él, situándose a tan solo una insignificante distancia, la suficiente como para poder percibir la respiración entrecortada de su vecino, cada vez más nervioso.
     - Acta est fabula- susurró el anciano, pero antes de que pudiese continuar, un grito horripilante resonó por detrás de todos ellos.
     - ¡No lo hagas!
   Pero era demasiado tarde, demasiado tarde. Sin tiempo a reaccionar, un golpe seco sacudió la cabeza del melómano, quien se desplomó en el acto al lado del otro cadáver. El rostro del hombre palideció aún más.
   De repente, una ráfaga de viento cruzó el salón, provocando que una de las hojas colocadas en el atril de aquel piano de cola cayese al suelo, planeando lentamente, de un lado a otro, con tranquilidad, hasta situarse justo al lado del cuerpo sin vida de su dueño. Desde allí, el desconocido solo pudo observar un papel en blanco, solamente escrito por dos palabras, un nombre: Oskar Merikanto. Se acercó para coger la hoja, pero en cuanto dio un par de pasos, pudo observar la cabeza de la primera víctima. Su cuerpo se quedó paralizado. Aquel rompecabezas comenzaba a desencajarse solo. Aquella persona llevaba puesto un pasamontañas.
   Se agachó lentamente para recoger del suelo aquel folio insignificante, pero en el mismo momento en que sus manos manchadas de sangre se posaron en él, pudo notar unas marcadas y ordenadas rugosidades en su superficie. Acercó el papel a sus ojos para poder examinarlo con más atención. Por fin lo comprendió todo.
   La última frase del pianista resonó dentro de su cabeza. Su respiración comenzó a acelerarse cada vez más, hasta que por fin las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, al principio de una en una, pero poco a poco, un torrente de culpa empezó a resbalar por sus mejillas enrojecidas. La mujer que se había quedado observando aquella horripilante escena desde la puerta de aquel salón maldito, se atrevió a adelantarse. Sabía que había sido un accidente. Se acercó lentamente al hombre, que se acababa de sentar en el suelo y se arrodilló para poderlo mirar a los ojos.
     - Luis...- Pero de repente, sus labios fueron acallados por otros labios, por un beso tierno que solo buscaba el consuelo de un amor desconocido hasta aquel momento.
   La joven permaneció inmóvil unos instantes, perpleja, pero terminó respondiendo a aquel beso con la misma dulzura con la que él se lo había dado.
   Mientras sus cuerpos se envolvían en un tempo frenado, tan solo marcado por un Valse Lente inmortal que aunque no se escuchaba, ya se había hecho prisionero de sus mentes, el muchacho apoyó el extraño objeto en el suelo de madera. Ya dos sangres se entremezclaban en una eterna carrera, corriendo a lo largo de la aguja de un metrónomo que solo podía marcar el compás de la muerte.

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⏰ Terakhir diperbarui: May 27, 2019 ⏰

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