• LA ÚLTIMA CENA

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Rubén, Natalia y Edgar convivían en armonía como una familia a pesar del diminuto departamento donde vivían. Estando la cena casi por terminar, Rubén que volvía de su jornada laboral se le unió en ayudarlo.

-¿Qué tenemos para hoy? –preguntó Rubén.

-Para hoy tenemos una botella de vino tinto y una pasta a la boloñesa. ¿Te apetece?

Rubén le observó fríamente como si le disgustara la idea, su rostro de felicidad se esfumaba al instante; achicaba sus labios como el pico de un pájaro y fruncía el ceño haciéndole creer que le parecía una real mierda. Edgar en cambio era tan inocente para entenderlo que, en miles de ocasiones caía en su majestuosa actuación y ambos terminaban muertos de risa..., aunque no siempre. Era complicado descifrar a Rubén, así que cualquiera podía caer en su persuasiva trampa. Si en algo era bueno, ciertamente era en sembrar confusión al prójimo el muy hijo de puta.

-No lo sé... -respondió Rubén.

-Entonces me parece que comeré solo hoy –ambos estallaron a carcajadas.

-¿Te parece si esperamos a Natalia?

La conversación fue interrumpida por un sonido parecido al que emite un tambor. Ambos se quedaron en silencio mirándose mutuamente, pensando que seguramente sería el gato haciendo alguna de sus travesuras, pero un presentimiento extraño le decía a Edgar que no era su mascota. El sonido volvió a retumbar todas las paredes de su hogar reafirmando su corazonada, así que Rubén fue a echar un vistazo. Edgar en cambio, quería moverse pero había quedado paralizado; su cuerpo se heló y su corazón le traicionó. Se obligó a salir aunque se sintiera incapaz, aquel sonido realmente le había petrificado hasta el más diminuto cabello. Lo que de verdad le había asombrado en ése momento, era que gato siempre había estado en la cocina, muerto del hambre lamiendo su taza vacía.

-¿Rubén? ¿Está todo bien? –preguntó con un tono de inquietud.

No hubo respuesta alguna. Edgar permaneció inmóvil, sus nervios ciertamente le habían traicionado así que siguió revolviendo la pasta por simple instinto. El agua estaba hirviendo y los fideos estaban sobrepasados de cocción. Su mirada era distante hacia el vacío, aquella concentración que nublaba su horizonte y también sus sentidos. Una vez más, volvió a preguntar pero nuevamente no hubo respuesta alguna. Ahora, el corazón de Edgar latía tan fuerte que seguramente también se escucharía como un tambor por los pasillos de su hogar. Empezó a revolver con mayor rapidez; el vapor del agua transpiraba su mano y su nariz goteaba sudor.

-Me tienes que estar jodiendo –pensó. Si se trata de una broma será mejor que la termines ahora Rubén, sino...,

-¡VEN AHORA! –exclamó desde el pasillo.

Hogar, dulce hogarWhere stories live. Discover now