Y has leido mi mente escrita con letra ilegible. Y has recitado mis heridas, como si fuesen los mas bellos versos de Neruda y ahora estamos aquí.
Juntos, frente con fuerte pero sin hablarnos como si fuesemos dos extraños. La incierta noche se coló dentro de nuestra habitación y nos hizo presa del pánico de nuevo. Cómo aprendo de nuevo a respirar, a vivir sin ti si tus labios no rodean mi frágil y dolorido cuerpo. Que el alma ajada sólo puede recomponerse con el tejido de tus manos mágicas y nuestro proyecto de futuro arde en puras llamas sin poder hacer nada.
Ojalá me hubieses querido.
Ojalá no me hubieses herido porque ésta vez, no encuentro fórmula alguna para reanimarme. Porque me has matado con tu lengua afilada y no tengo idea alguna de volver a recuperar la compostura. No hay cura alguna para que yo pueda ser la misma de antes y mi único antídoto solo puedes ser tú.
Maggie lo repetía casi como un mantra, mientras Serg conducia sin quitar vista a la carretera. Sus manos ya no estaban entrelazadas como en viajes anteriores y aquello, era una señal inequivoca de que todo se había rendido al caos. No había acontecido nada entre ellos. No hubo nada que todo el amor saltase por los aires, pero esta vez, la calma dió paso a la trasformación de la materia. Y aquello que un día fue casi como un cuento de hadas pasó a ser una terrorífica locura.
Sin despegar las manos del volante, sin parpadear y a 569km de su destino, él se atrevió a pronunciar...
-Para, siempre he odiado que seas tan intensa. Un puñado de lágrimas negras inundaron el interior del coche de Serg. Desde ese preciso instante, Maggie comenzó a odiar los viajes en coche.
