El alba encaró lo que hacía unos momentos era un escenario infernal. Las montañas que saludaban al sol estaban envueltas en denso y pesado humo, y se apreciaba con vergüenza la danza fúnebre de las cenizas en todo el lugar. Sólo podía oírse el susurro del viento, y nada más; no se escuchaban ni las aves, ni las bestias, ni los hombres. Las agraciadas montañas habían sido despojadas de todo rastro de vida, pues incluso los árboles habían sido consumidos por el desastre.
De entre la desolación y las cortinas de humo que se confundían con el pálido aspecto de las montañas surgió una figura colosal, caminando sin prisa alguna para alejarse de la escena. Su paso era firme pero cansado, y su mirada parecía buscar algo en el suelo; su espíritu estaba notoriamente aplastado. Con la piel enrojecida y el rostro confuso, la criatura logró llegar a la cima de una de las montañas y observar el lento ascenso del sol. No pasó mucho tiempo para que, luego de un profundo suspiro, el enorme ser siguiera su camino mientras el sol escalaba el paisaje. Aún desde lejos se podría haber notado el profundo agotamiento del gigante, quien luego de dar un par de pasos cada vez más lentos, cerró sus pequeños ojos y se desplomó por un acantilado hasta llegar a un llano limpio y suave.
El poderoso estruendo ahuyentó a los pocos seres que buscaban acercarse al humo para intentar averiguar lo que por esos lares ocurrió. Y aquel gigante ni por enterado se había dado de su incidente, porque había abandonado su conciencia para entregarse a un merecido descanso.
La piel dura y roja del gigante no consideró como gran desafío el ardor que provocó el sol de medio día, ni mucho menos el revolotear de los pequeños animales que entre dudas pudieron declarar haber visto un enorme muerto. Aún con toda molestia sobre su cuerpo, el gigante no se levantó en todo el día, pues su agotamiento le llegó a pesar más que el mismo sol.
Los vientos de la tarde y la noche no se hicieron esperar, pero esto no supuso la más mínima molestia para la piel dura y marrón del gigante; mucho menos le importaron las bestias que correteaban a su alrededor bajo el brillante manto de la noche. Aún con toda molestia sobre su cuerpo, el gigante no se levantó en toda la noche, pues su agotamiento le llegó a pesar más que las estrellas.
A la mañana siguiente, el gigante volvió en sí; y moviéndose tan sólo un poco, todas las bestias, grandes y pequeñas, se apartaron de su presencia. Con movimientos torpes y lentos, el gigante se puso de pie y dirigió sus ojos a las montañas, las cuales aún deshaciéndose del espantoso humo, se vieron vestidas de luto. El disgusto seguía presente en su alma, pero cuanto menos ya había podido reposar después del catastrófico suceso.
El gigante, sin hacer ningún sonido, dió la espalda a sus viejas amigas enlutadas y se puso en marcha hacia un nuevo lugar que incluso él desconocía, pero que se le hacía necesario encontrar para sanar la tristeza. En su camino, no se cruzó con criatura alguna porque todas huían de él. Y aunque dicha forma de actuar le era familiar, en esta ocasión le hacía sentir especialmente molesto.
Pasaron las horas y el gigante halló un enorme árbol en medio del valle; era tal su altura y el área de su sombra, que incluso él podría descansar ahí. Pero antes de acercarse notó una pequeña figura al lado del tronco. Era una mujer pequeña y delicada que usaba un vestido blanco e iba sin calzado. Aquella humana observó al gigante sin moverse de su sitio; aunque escuchó y sintió sus pasos, esto no la apartó ni un poco del árbol. Y por un breve y extraño periodo de tiempo, los dos seres se quedaron en silencio, mirándose el uno al otro.
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La sombra del gigante
FantasíaUna joven perdida se encuentra con un gigantesco ser de forma humana en su incierto trayecto. El objetivo de ambos es encontrar el hogar de la joven, pero algo más llega a surgir. - Portada realizada por Starpartybren24, editorial crisgrafic. NOTA:...
