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Este es un océano. Un azul grisáceo que roza lo azul de miradas conmovidas. Alberga desde la dualidad de la existencia hasta la sencillez de una gota de sal. El nacimiento de la ola y la muerte en la orilla, lo efímero de su duración, la eternidad de la corriente. El mar, como el humano, es lo que quiera ser. Por la perspectiva en que se vea, tenemos la voluntad de ser la tormenta que extravíe navíos y condene marineros, la capacidad de contener pequeñas vidas dentro de nosotros y ser la más profunda existencia, el cielo movible que conecte manos a través de kilómetros de toques inasequibles, la decisión de ser infinitos al horizonte o ser mortales en la orilla.
Somos, como el océano, un punto de partida o la conclusión de una arribada. Como hojas que se transforman, el humano es devenir constante, la danza de un tiempo de polvo que enmudece ante la libertad del loco que vive sin reloj. La metamorfosis de las cuatro estaciones, somos un invierno en la boca, un otoño en el pecho, primaverales miradas y espíritu veraniego.
Somos el objeto extraviado, y la noción de olvido. La superficie sentimental que se convierte en abandono, la indiferencia del que arroja basura sin pensar en los animales que viven dentro (de nosotros); representamos la tortuga enferma de gasolina y el bote que arrasa encima con turistas.
Somos lo que queremos ser; lo consciente y la rabia acumulada del subconsciente. Y he por ello, que nunca hay finales concretos. La vida es un caleidoscopio que brinda diferentes colores y perspectivas. La existencia es una ventana...