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Hace un mes desperté a las tres de la mañana, era inútil volver a dormir. Cogí textos de Schopenhauer, la voluntad de vivir, la voluntad de morir; el suicidio
significaba para él satisfacer deseos bajo el umbral cargado de la insolencia maldita del trauma de vivir. Conversaba con Nietzsche, repasaba el eterno retorno,
en mi mente golpeando: suicidio, eterno retorno. El menosprecio, la futilidad, el espesor del absurdo como atmósfera plana de la existencia. La existencia era plana,
un camino lineal insufrible hacia el final, la muerte, el único momento donde el círculo vuelve al principio. Jodido insomnio, me sobaba el rostro fatigado.
El eterno retorno, pensaba, todo volvería a vivirlo una y otra ves hasta el infinito. Ordenaba mis libros, encendía algo de música clásica. Bach y Beethoven, y
psicodeli. A Alicia le encantaba el psicodely inglés. Ella era inmune al eterno retorno, intentó suicidarse una vez y consumía psicotrópicos como sertralina, para vivir,
decía ella. Diego no era inmune. El vivía la muerte desde niño, robaba en los mercados, pulseaba a la gente mendigando, consumía caña barata, seguro vestido
con sus tipicos buzos de entrenamiento, y sus cuchillos en su cintura. Diego era como Gomez Muriel, un potencial chileno aguerrido. Diego no tenía un demonio
cantándole la Gaya Ciencia, él era su propio demonio. Yo era un débil. ¿No podía recordar las vidas pasadas? ¿Por qué? Ante la respuesta muda, quería un bullicio,
un ruido explosivo, morir tirando
bomba cara a cara al enemigo: la sociedad. Puta sociedad. Mi mente desvariaba, fabricaba el tabaco prensado con una rila. La ira se estremecía, mi corazón
se congelaba. Necesitaba calor y cogía poesía. Artaud, un relato de Kafka. ¿Qué significaba la muerte para ti, Kafka? Sentado en mi mesa, iluminado por mi lámpara,
mi perro dormía en mi cama. Quisiera dormir como tú, Severino. La luz amarilla me cubría mi cuerpo y la mesa del resto oscuro y desolado espacio. En la pared
que se apoyaba mi cama, la silueta del León blanco apenas se reconocía.
Lo unico que puedo hacer es escribir, le quitaba sus garrapatas, matando el tiempo. Miraba a mi perro tiernamente, mi tía lo recogió
al miserable que estaba a pocas casas de la nuestra husmeando la puerta de una perra lunada. Fumaba y expulsaba el humo, y de nuevo apareció Diego,
otra noche, como estas semanas; como entre mis sueños, como entre la realidad. Me estaba mirando, con sangre en su cuello, me acongojé. Le quería pedir
disculpas sin motivos en medio, <todos somos culpables, todos tenemos una carga inconmesurable de culpa>, sería ridículo. Diego
estaba en mi cabeza. Ya me volvía loco. "Putamadre, qué quieres, Diego, ya hice todo lo que hacías.", pensaba. Por qué de los muertos te aparecías en las vida,
o es una cualidad propia de mi. Pensaba cuando conversaba con mi abuela sobre la vida mientras Diego me miraba con pena. "La vida es una pelea, hijo".
La vida era para mi un campo de amapolas y de bosques imaginarios, cuidado por anónimos salvajes apuntando sus armas rudimentarias contra los
policías, esperando la muerte y con ella la victoria.
Veintitrés de marzo del del presente año, fecha que nuestra manada lobezna nunca olvidará, con odio, tristeza y demencia. Nuestros indómitos corazones apuñalados
como si nos habrían a matado a nosotros mismos. Su cuerpo acribillado tirado en la casa de cambio ubicada en Lince, cuadra quince, jiron Huancavelica, 1293;
lloramos al ver su cara mostrado en los noticieros, investigaron sus antecedentes, muchos años antes múltiples veces fue retenido en los calabozos por asirse
de gasolina y destruir las pistas en las manifestaciones, luchando puntualmente contra la policía bastarda y los ciudadanos pacifistas. Bastardo policía que
andaba de civil, código terna, abaleó a mi maestro, Diego Zavala, veintiseis años; en cada fuego y pistola veré tu rostro, hermano, aún no puedo creer que ya
no volveré a verte en los conciertos con tu banda, en las marchas, en los debates, fumando una rilita, contándome alguna historia que desprendía tu voz ténue.
Maldita sea, pensaba, como pasó, tenías dos hijos, no debías ser tú. Bastardo policía. Pensaba, bastarda policía, hijos de puta. Lloraba y sangraba de la rabia,
los periodistas mostraban su rostro como un trofeo, y el asqueroso terna orgulloso de haberlo asesinado. Tomé foto a su rostro del asesino. Nadie debe saber lo
que mis sentimientos conspiran. ¿Por qué no me avisó para ayudar? ¿Quienes más estaban contigo? Me acumulaba de preguntas, y pensaba: el tedio,
el insomnio, los cuchillos.
-¿En qué estabas metido, Diego? -le pregunté.
-Ya no llores, Daniel. -me contestó y desapareció.
Asesina al que asesina.
Me quedé inmóvil, pensando en Diego, en Alicia, en robar con los camaradas. Hacía falta tantas cosas.
Asesina al que asesina. Mis sueños se dispersaban en mi habitación. Dormía y no dormía. Mi madre decía que se debía a la ansiedad.
Tomé dos alprazolan y manzanilla.
Asesina al que asesina.
Tocaban fuerte mi puerta, llamando por mi nombre, aún el calor azotaba, me acerqué, observando desde un agujero, era él.
Abrí la puerta y me empujó: -Te voy a acuchillar. Me reí y caminábamos hacia la "Okupa". Sandro estaba con la ropa de ayer cuando lo vi caminando de la estación
del tren Villa el Salvador hacia la avenida Pachacutec. Le pedi que me acompañara para robar ropa, y quizá algún celular guardado en uno de los casilleros que
facilmente podíamos abrir con una llave especial. No quiso, mirando hacia todas direcciones evadiendo mis ojos, se despidió.
-¿Donde la hiciste anoche?
-En el río, amanecí ahí, no recuerdo donde dormí, perdí el celular otra ves.
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Insomnio
RandomLa muerte me persigue, no me abandona nunca, me abraza, me acompaña y la soledad es su compañera.
