Quiero que me des tu dulce vino
Tengo tanta sed
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El silencio reinaba en la casa de Leone Abbacchio. Sólo el sonido de un líquido cayendo lentamente en el interior de una copa llenaba el funerario ambiente del hogar. El ex-policía disfrutaba de una copa de uno de sus vinos refinados favoritos, sentado en su terracita con vistas al pueblo. Ya casi se haría de noche, y las luces de las calles y los comercios comenzaban a encenderse una por una. El frescor del ambiente acariciaba su rostro y el leve viento sacudía con suavidad su largo pelo claro que tanto cuidaba.
Meticulosamente para que su perfectamente aplicado labial morado no se arruinara, llevó la copa a sus labios, aquel zumo de los cielos llenando con sutileza el interior de su boca, abrazando sus papilas gustativas para luego descender por su garganta. Esa sensación enviaba alguna clase de información a su cerebro que hacía que se sentiera en paz. Una descarga eléctrica que lo hacía olvidarse de todo mal del pasado, del presente y del posible futuro.
Era cuando degustaba vino cuando el alma de Abbacchio entraba en un estado de paz.
Había sido un día relativamente tranquilo. Ninguna noticia de ninguno de sus enemigos, ningún ataque cercano... Narancia había sugerido que todos fuesen a pasar el día fuera, comiendo en restaurantes, viendo actuaciones callejeras, bañándose en alguna fuente, visitando las tiendas... Todos menos Abbacchio se apuntaron al plan. No odiaba a sus compañeros, simplemente prefería pasar el que posiblemente podría ser su último día de paz en su casa, bebiendo el mejor vino.
Sin darse cuenta ya había terminado su copa, pero cuando se disponía a rellenarla se dió cuenta de que... La botella estaba vacía. Leone chasqueó su lengua molesto y se levantó a buscar otra botella a su pequeño armario de vinos. Anda. Está vacío.
"¿¡Cómo?! ¿¡Ya me los he trincado todos?!"
Estaba entrando en una especie de ataque de pánico. Podría ir a comprar más, pero el vino de la tienda más cercana no le gustaba. De hecho, no le gustaba ninguno de los vinos locales. Todos los que tenía le llegaban de países extranjeros o los obtenía en algunos de sus viajes con los Passione.
En ese momento, escuchó a alguien tocar su puerta. Eran toques secos y rápidos pero suaves. De hecho si su casa no fuera tan silenciosa ni los habría escuchado.
El hombre se acercó a una pequeña ventana al lado de la puerta de su casa. Con cuidado se asomó por la fina cortina que cubría el cristal para ver quién quería verlo a éstas horas. Espera... ¿Bruno?
Algo dentro de él lo hizo girarse para mirarse en el pequeño espejo de su hall, arreglando algunos mechones despeinados por el viento y alisando su ropa con las manos. Bruno volvió a tocar la puerta, ésta vez más fuerte.
—¿Abbacchio?—
—¡Ya voy, ya voy!—
Con un sedoso giro, Leone abrió la puerta. Los ojos no se le podrían haber abierto más cuando vió al capo con una cesta de regalo llena de vinos.
—¿Se puede?—
—Sí, claro... Pasa.—
Bruno le dedicó una rápida sonrisa a su compañero, entrando en su vivienda y dirigiéndose a su cocina. No era la primera vez que estaba en casa de Abbacchio así que ya sabía dónde se encontraba cada habitación. Leone lo siguió.
