PERSONAJES: Alejandra, Mariano, Valentín, Adelaida (mamá de Alejandra), Berta (criada de Alejandra), Lisa (hermana de Adelaida), Gerardo (prometido de Lisa), Raúl (el abogado) Doncella (sirvienta de la casa).
ACTO PRIMEROUna alcoba matrimonial muy lujosa. En el primer término izquierda,una puerta que se supone de acceso a las demás habitaciones de lacasa. En el segundo término derecha, otra puerta, más pequeña, quesimula conducir al cuarto de baño. Al foro y un poco hacia laizquierda, balcón practicable con balaustrada corrida. En el primeroderecha, dos camas individuales, separadas por una mesita de noche,sobre la que hay una lámpara portátil y varios libros. Tocadorcoquetaen el segundo izquierda, y en la pared, a ambos lados deltocador, luces auxiliares con pantallitas. En el foro derecha, armario.A los pies de las camas, un amplio diván, sillones, butacas enanas,etc. En cualquier lado, una mesa enana, sobre la que hay un teléfono.Lámpara en el techo y otros auxiliares, distribuidos como mejorconvenga. Es de noche, a las tres de la madrugada, en el mes demayo.Al levantarse el telón, todas las lámparas están apagadas, menos elportátil de la mesita de noche, de suerte que la habitación se halla enuna suave penumbra. Las camas tienen los embozos abiertos yconservan huellas de haber sido ocupadas momentos antes. Enescena, Mariano y Alejandra. Alejandra es una muchacha de unosveinticinco años, linda y distinguida. Mariano, su marido, es unhombre próximo a los treinta y cinco. Alejandra, arrebujada en unsalto de cama, se halla retrepada, hecha un ovillo, en uno de losbutacones, y de vez en vez muerde de rabia un inocente pañuelo.Mariano, en pijama, y mal envuelto en un batín, está sentado en eldiván. Tiene los codos apoyados en las rodillas y el rostro entre lasmanos. Como se comprende, las actitudes de ambos son las de dospersonas que están viviendo un momento desagradable.EMPIEZA LA ACCIÓNMARIANO.—(Desabridamente.) Alejandra..., son las tres... (Mirando elreloj de pulsera.) ¿Sabes? ¡Las tres!ALEJANDRA.—Ya lo he oído.MARIANO.—Sabes perfectamente que yo tenía el propósito demadrugar.ALEJANDRA.—Muy bien. Acuéstate. Yo no te lo impido, Mariano.MARIANO.—¡Ah! ¿Tú no me lo impides? ¡Qué mujer! ¡Qué mujer! Demanera que tú no me lo impides... ¿Quién está llorando desde la una y media? ¿Quién está fabricando ataques de nervios desde la una?¿Quién está gritando desde las doce menos cuarto? ¿Quién estámascando pañuelos desde las once y diez?ALEJANDRA.—(Con una mirada de desprecio.) ¡Mascando pañuelos!¡Vaya una manera de expresarse!MARIANO.—¡Mascando pañuelos! Pues ¿cómo voy a decirlo?ALEJANDRA.—(Ocultando el rostro entre las manos.) ¡Soy muydesgraciada!MARIANO.—¡Hum! ¡En fin, ya estoy harto! ¿Lo sabes? ¡Harto! Me voy aacostar. Pero vas a prometerme que me dejarás dormir.ALEJANDRA.—No piensas más que en dormir. Tienes los mismos idealesque las focas.MARIANO.—¡Bueno! Hasta mañana. (Como quien toma una decisiónsúbita y definitiva, se quita el batín y las chinelas y se acuesta en ellecho de la izquierda.) Que descanses... (Alejandra no contesta.) Hedicho que descanses, Alejandra.ALEJANDRA.—Ya me he enterado.MARIANO.—¿Y no tienes nada que contestar?ALEJANDRA.—Nada. Tú dices: "Que descanses", y a mí me parece bien.No tengo nada que contestar.MARIANO.—¡Oh! ¡Es para volverse loco! (Se revuelve en la cama ygruñe algo que no se entiende. Una pausa. Alejandra se levanta y vahacia el lecho que ocupa Mariano, a cuyo lado permanece un rato enpie.)ALEJANDRA.—Escucha, Mariano... Yo te aborrezco.MARIANO.—Bueno.ALEJANDRA.—Te aborrezco con verdadero aborrecimiento. ¡Te odio!MARIANO.—Está bien. (Se vuelve del otro lado.)ALEJANDRA.—Pero te odio de corazón, ¿sabes? ¡De corazón! (Marianoda una vuelta en la cama.) Vivir contigo es para mí un tormentoirresistible.MARIANO.—¿Quieres dejarme dormir?ALEJANDRA.—¡Ah! ¿Soy yo quien no te deja dormir?MARIANO.—¡Esto es demasiado! ¡Es demasiado! (Se baja del lecho,vuelve a ponerse el batín y las chinelas y da unos pasos nerviosos porla habitación.) ¡Es demasiado!ALEJANDRA.—(Suspirando.) ¡Ay! (Se sienta en el butacón de antes, conel gesto de una persona que se siente incomprendida.)MARIANO.—¡Toda una noche, Señor! ¡Toda una noche de reprochesvariados, de llantos torrenciales y de ataques neuroepilépticos!...¡Toda una noche de alternar las sales inglesas con el éter, y el étercon el vinagre, y el vinagre con el agua de azahar, y el agua deazahar con la tila, y la tila con el bromuro, y el bromuro con las salesinglesas, y las sales inglesas con el éter, y así, sucesivamente, paraacabar diciendo que no es ella la que tiene la culpa de que yo nopueda dormir!... ¿Por qué fui tan estúpido? ¿Por qué el día de la bodano me escapé de la iglesia y subí a un taxi y me marché a Irún en el expreso?ALEJANDRA.—Olvidas que el expreso de Irún sale a las nueve de lanoche, y nosotros nos casamos por la mañana.MARIANO.—¡Fui un idiota! ¡Fui un idiota!ALEJANDRA.—Y desde entonces no has cambiado lo más mínimo,Mariano.MARIANO.—Me parece, Alejandra, que, al tratarme, te olvidas de que teeducaste en el Sagrado Corazón.ALEJANDRA.—Y tú, por tu parte, también te olvidas de que te educastecon los Padres Escolapios.MARIANO.—Yo tengo más motivos para empezar a olvidarme de eso,porque salí del colegio diez años antes que tú.ALEJANDRA.—Sí; fue un error. Hubieras necesitado diez años más.MARIANO.—Bueno, Alejandra; espero que no me obligarás a resucitarrecuerdos infantiles a las tres y cuarto de la madrugada.ALEJANDRA.—Tú fuiste el que empezó, hablando de mi colegio.MARIANO.—¡Ea! Tendré que irme a la calle... Es inaudito lo que mesucede. No poder dormir... No poder hacer una cosa que está alalcance del hombre más humilde, del más pobre, del másdesdichado... No poder hacer una cosa que no se le prohíbe ni alcriminal más repugnante...ALEJANDRA.—Tengo entendido que a los criminales no los deja dormirsu conciencia. Y yo soy tu conciencia, Mariano.MARIANO.—¡Dios mío! ¿Quién iba a decirme que mí conciencia iba allevar abrigo de pieles?ALEJANDRA.—En fin, acuéstate; voy a leer. (Coge un librito de lamesita.) Mañana hablaremos de algo muy trascendental.MARIANO. —¿Mañana? Perfectamente. Gracias, Alejandra. (Se quita elbatín y las chinelas y vuelve a acostarse. Da un suspiro desatisfacción.) ¡Aaaah!ALEJANDRA.—(Después de una pausa, aparte.) Y se dormirá... Serácapaz de dormirse... (Alto. Encendiendo todas las luces.) Un segundo,Mariano, antes que te duermas.MARIANO.—Di.ALEJANDRA.—¿Qué pensarías tú de mí si, habiéndome dicho que meaborrecías, que me odiabas, me durmiese tranquilamente?MARIANO.—Pensaría que tenías sueño, Alejandra.ALEJANDRA.—¿Eso pensarías?MARIANO.—Sí.ALEJANDRA.—¿Nada más que eso?MARIANO.—Nada más.ALEJANDRA.—(Con un gesto de asco.) ¡Es natural! (Pausa.)MARIANO.—(Sentándose en la cama. Intrigadísimo.) Oye: ¿por quédices que es natural?ALEJANDRA.—Por nada; acuéstate.MARIANO.—No, no... Necesito saber por qué encuentras natural que yopensase eso... ALEJANDRA.—Acuéstate, Mariano. Tenías propósito de madrugar. Ahorano te quejarás de que sea yo quien no te deja dormir.MARIANO.—Pero ¿por qué encuentras natural que yo pensase eso?ALEJANDRA.—Porque tienes un espíritu grosero. ¿Estás conforme?MARIANO.—(Lentamente.) Que tengo un espíritu grosero... ¡Bueno! (Sepone rápidamente el batín y las chinelas y se acerca a Alejandra.)Explícate... Te oigo.ALEJANDRA.—Perdona... Ahora no. Voy a acostarme. (Se levanta y vahacia su lecho.)MARIANO.—¿Que vas a acostarte?ALEJANDRA.—¿No es lógico? Son las tres y media de la madrugada.MARIANO.—Te suplico que esperes un momento.ALEJANDRA.—(Con cara de mártir.) ¿Me prohíbes que duerma?MARIANO.—Sólo un instante.ALEJANDRA.—¿Y tiene derecho un marido a prohibir que duerma sumujer? ¿Quieres matarme de sueño, como mataron a Luis Diecisietede Francia?MARIANO.—Pero si no se trata más que de cinco minutos, lossuficientes para que expliques por qué tengo yo un espíritu grosero.ALEJANDRA.—La explicación sería demasiado larga. Si te parece,mañana, ¿eh? Mañana, después de almorzar, te explicaré...MARIANO.—(Después de una pausa, durante la cual no sabe si asesinara Alejandra o tirarse por el balcón.) ¡Está bien! Mañana. (Se va a sulecho y se quita el batín. Entonces se le acerca Alejandra.)ALEJANDRA.—Oye, Mariano: ¿es posible que no tengas curiosidad desaber por qué te odio?MARIANO.—(Desesperado.) Pero bueno, ¿tú qué te propones,Alejandra? ¿Qué te propones? ¿Que yo enloquezca?ALEJANDRA.—Nadie enloquece ya.MARIANO.—¡Ah! ¿No?ALEJANDRA.—Eso sólo ocurría en el siglo diecinueve. Ponte la bata yescúchame.MARIANO.—¿Y no decías tú hace un instante que mañana hablaríamos?ALEJANDRA.—¿Yo? ¡Lo has dicho tú!MARIANO.—(Rabiando y tirándose de los pelos.) ¡Qué mujer! Pero ¡quémujer! En fin, Alejandra: por última vez, ¿me oyes? Por última vez teobedezco. Pero si, en lugar de hablar razonadamente, me dices unaincongruencia, te juro que me marcho a dormir a casa de mi tíaCharito. (Se pone el batín y se sienta en el diván.)ALEJANDRA.—Hablemos, Mariano. En primer lugar, ¿crees que fui almatrimonio enamorada?MARIANO.—¿Al matrimonio conmigo?ALEJANDRA.—¿Con quién había de ser? No me he casado más quecontigo.MARIANO.—¿Eh? Es verdad...ALEJANDRA.—Di. ¿Crees que fui al matrimonio enamorada?MARIANO.—Me consta. Tuviste excelentes partidos. Cuando yo te conocí había tres aspirantes a tu corazón, y a los tres los protegía tumadre. Sólo frente a mí se opuso, y, al darme cuenta de que meaborrecía tu madre, comprendí que era fatal que me casase contigo.ALEJANDRA.—De manera que te consta que yo iba a la iglesiaenamorada de ti...MARIANO.—Supuse que a la iglesia irías enamorada de tu traje denovia; pero tengo la evidencia de que al matrimonio ibas enamoradade mí.ALEJANDRA.—Pues oye, Mariano: yo no me casé enamorada.MARIANO.—Ya comprendo. El amor vino después, y...ALEJANDRA.—Mariano, eres tonto.MARIANO.—¿Eh?ALEJANDRA.—Eres el hombre más tonto que conduce Citroën. Ni antesni después de nuestra boda he estado enamorada de ti.MARIANO.—¡Qué graciosa!ALEJANDRA.—¿Es que no me crees?MARIANO.—Sé que hablas así porque estás bajo el peso de variosdisgustos... De los disgustos que yo te he dado con mis ligerezas.ALEJANDRA.—¡Qué equivocación! Tus ligerezas, como tú dices, metienen sin cuidado.MARIANO.—Y los dieciséis ataques de nervios que te han dado estanoche, ¿qué son?ALEJANDRA.—Rabia.MARIANO.—¿Hidrofobia ?ALEJANDRA.—Rabia. Rabia de no poder divorciarme de ti, pero de unmodo total y absoluto.MARIANO.—Pero divorciarte, ¿por qué?ALEJANDRA.—Lo he dicho bien claro. Porque te odio. Porque no tequiero. Ni te quise, ni he conseguido quererte en seis años dematrimonio. Por eso, tus extravíos estúpidos, fuera del hogar, no sólono me entristecen, sino que me llenan de esperanza. (Mariano abrelos ojos con asombro.) Porque cuando me entero de que me engañascon otra mujer, pienso con alegría: "Si se fuera para siempre..." Yentonces es tu arrepentimiento lo que me hace más daño, porque medigo: "No se va; tampoco ahora se va; tendré que seguirsoportándole..."MARIANO.—¡Qué confesión más agradable!ALEJANDRA.—Y te aseguro que lo que esta noche me ha alterado losnervios no ha sido el saber que me engañabas con la vecina delprincipal, sino la certidumbre de que no te irías con ella para siempre.Por mi parte, sería tan dichosa diciéndole: "Señora, ahí tiene usted ami marido; se lo regalo; lléveselo, y muchas gracias."MARIANO.—Esa señora es casada, y no puede recibir regalos de esaclase.ALEJANDRA.—No sería la primera que los recibiese.MARIANO.—En fin de cuentas: lo que importa es lo nuestro. Si no mequerías, ¿por qué te casaste conmigo? ALEJANDRA.—Me casé a los diecisiete años. Eso lo justifica todo. Mecasé porque una tarde te oí decir que no te afeitarías el bigote hastaque te casaras. Y como yo tenía muchas ganas de ver qué tal estabassin bigote...MARIANO.—¡Pero es monstruoso!ALEJANDRA.—Algo peor: es estúpido. Desgraciadamente, no v¡ laestupidez de aquello hasta después de casada. Si yo hubiera sidopobre, me habría casado contigo por asegurarme el porvenir; casitodas las muchachas pobres se casan por eso. Pero no era pobre, yme casé por un capricho. Nadie me dio unos azotes a tiempo. ¡Oh! Sia todas las mujeres les dieran unos azotes a tiempo...MARIANO.—¿Y después de la boda?ALEJANDRA.—Empecé a sufrir y a observar, y me he imaginado que elamor debe de ser algo muy grande, muy grande, centro y eje de todala vida.MARIANO.—Luego, ¿no lo has conocido?ALEJANDRA.—No. Tenías que habérmelo presentado tú, y tú eres unhombre a quien le molesta hacer presentaciones.MARIANO.—No te he presentado el amor porque soy un espíritugrosero, ¿verdad?ALEJANDRA.—Sin duda. Tus palabras son las palabras que pronunciatodo el mundo. Si una comedia o un libro te gusta, sueles decir: "Estábien traído." Si oyes una copla flamenca, te emocionas, y cuando tecuentan algo ingenioso, exclamas: "¡Qué gansada!" Adoras las fraseshechas, y para cualquier cosa que ocurra tienes un refrán apropiado.Cuando abres la boca, sé siempre lo que vas a decir. Te gusta discutirde política y dar grandes noticias. Te aburren las películas cómicas, yte divierten los "cabarets". Vas a la ópera por ponerte el "smoking", ycuando coges un periódico, finges leer la Bolsa, cuando, en realidad,estás leyendo el programa de la radio. Si piensas ir al teatro, meobligas a comer temprano. Las mujeres sólo son honorables, en tuopinión, cuando están casadas. Y si alguna te mira, porque le haextrañado el color de tu corbata, piensas que está enamorada de ti.Amas el baile, y de las revistas ilustradas no miras más que lasfotografías. Te gustan el fútbol, y los toros, y...MARIANO.—¿Y por todo eso soy un espíritu grosero? ¿Y por todo eso nohe sabido hacer que me quieras?ALEJANDRA.—¡Naturalmente! ¿Puede una mujer, una verdadera mujer,llegar a sentir amor por un hombre que, al volver del teatro, se sientaen su cama para explicar cómo son los toros berrendos en negro, opara decir que se llama mogones a los toros que tienen los cuernosmuy largos?MARIANO.—No, mujer. Mogones son los toros que no tienen cuernos. Ylos cuernos largos se llaman...ALEJANDRA.—(Levantándose.) ¡Ay Dios mío! ¡Ay, que ya empieza aexplicarlo! ¡Ay, que me lo va a explicar! ¡Esto no lo tolero! (Oprime eltimbre.)MARIANO.—¿Qué vas a hacer?ALEJANDRA.—Mandar que despierten al chófer y que prepare el cochegrande. Voy a dar un paseo por el campo. Me estallan los nervios.(Vuelve a llamar.)MARIANO.—¡Tú no vas a ningún sitio a estas horas! ¿Me entiendes?Una cosa es que estés diciendo estupideces desde que terminamos decomer, y otra, muy distinta, que me pongas en ridículo delante de loscriados. ¡De noche, sales conmigo o no sales! Te lo prohíbo enabsoluto. Soy tu marido.ALEJANDRA.—(Glacial.) Hace tiempo que no te considero como mimarido más que cuando me prohíbes algo. (Por la puerta del primertérmino izquierda entra Berta. Esta Berta es una mujer de unoscuarenta años. Debió de ser guapa. Aún podría demostrarlo si se lopropusiera; pero no se lo propone. Tiene un rostro severo, casi rígido.Mariano no la quiere bien; si pudiera, la echaría de la casa; peroseguramente le tiene miedo, y no se decide a echarla. Berta viste denegro. Hay algo majestuoso en ella, a pesar de su oficio.)BERTA.—(A Alejandra.) ¿Llamaba la señora?MARIANO.—No.BERTA.—(A la misma.) ¿No llamaba la señora?MARIANO.—He dicho que no.BERTA.—(A la misma.) ¿Y por qué llamaba la señora?MARIANO.—(Excitado.) ¡Váyase usted! La señora no la necesita. (Unapausa. Berta sigue, en pie, en la puerta.) ¿Qué espera usted?BERTA.—Espero órdenes.ALEJANDRA.—No hay ninguna orden, Berta. Pensaba salir a dar unpaseo en "auto"; pero... (Pausa.)BERTA.—La señora no ha acabado lo que iba a decir.ALEJANDRA.—Iba a decir que he cambiado de opinión. (Mariano sepasea nervioso, casi frenético.)BERTA.—(Mirando fríamente a Mariano.) ¡Ah!ALEJANDRA.—¿Le obligué a vestirse?BERTA.—Estaba vestida.MARIANO.—(Parándose frente a Berta.) ¿Y qué hacía usted vestida aestas horas?BERTA.—Esperaba que los señores acabasen de discutir.MARIANO.—A usted debe tenerla sin cuidado que nosotros discutamoso no.BERTA.—Así debe ser; pero mi obligación es no acostarme hasta quese haya dormido la señora.MARIANO.—Mi ayuda de cámara no se preocupa de si yo duermo oestoy despierto.BERTA.—Es verdad. En el lugar del señor, yo ya le habría despedido.MARIANO.—¿Ha oído usted lo que decíamos?BERTA.—Lo que decía la señora, no. Habla muy bajo.MARIANO.—¿Y lo que decía yo?BERTA.—El señor ha hecho lo posible porque se oyera en toda la casa. MARIANO.—Bueno. Retírese usted. (Una pausa. Mariano enciende uncigarro.) ¿Qué espera usted para retirarse?BERTA.—Espero órdenes. (Se vuelve hacia Alejandra, interrogante.)ALEJANDRA.—Retírese, Berta.BERTA.—Buenas noches. (Saluda inclinando la cabeza, y se va,cerrando la puerta. Un silencio.)MARIANO.—(Serio.) Es decir, que me odias...ALEJANDRA.—Sí.MARIANO.—Y me odias porque me encuentras grosero y vulgar.ALEJANDRA.—Eso es.MARIANO.—Y porque la ley te obliga a vivir siempre conmigo.ALEJANDRA.—La ley y la moral; sí.MARIANO.—¿Y me habrías amado si yo fuese un hombre que dijese atodas horas frases felices?ALEJANDRA.—A todas horas, sería irresistible. De cuando en cuando, ybasta.MARIANO.—Pero ¿entonces me habrías amado?ALEJANDRA.—Seguramente.MARIANO.—¿Y no te importa que te engañe?ALEJANDRA.—No. Porque no te quiero.MARIANO.—Todo eso, ¿lo has leído en alguna novela?ALEJANDRA.—No seas lamentable. Todo eso lo he pensado yo. Yopienso algunas veces. Te he dicho que somos diferentes.MARIANO.—No me negarás que esa frase la has oído en una comedia.ALEJANDRA.—Esa frase, quizá. Es la más estúpida de todas las que hepronunciado.MARIANO.—Veo claro, Alejandra. Tampoco eres tú la mujer que a míme conviene. Necesitaría una más tonta. Separémonos.Divorciémonos.ALEJANDRA.—Muy bien.MARIANO.—Pero antes contéstame. Ya notarás que me pongo a tonocontigo. Contéstame con sinceridad. ¿Me has engañado alguna vez enestos seis años? (Una pausa. Alejandra parece reflexionar. Marianodeshace el cigarro entre los dedos.)ALEJANDRA.—No.MARIANO.—Lo has pensado mucho.ALEJANDRA.—Si hubiera tenido algún amante, no habría necesitadopensarlo. Repasaba en mi memoria por si existía el apellido dealguien con quien alguna vez te hubiese engañado con elpensamiento.MARIANO.—¿No hay ningún apellido?ALEJANDRA.—Ninguno. Todos los hombres que he tratado eran de tualtura.MARIANO.—Menos mal... Tú has tenido mala suerte, y yo, buenasuerte. ¡Menos mal! (Bruscamente decidido.) Me voy. (Entra en elcuarto de baño, para salir en seguida con un abrigo puesto.)ALEJANDRA.—(Le contempla un instante en silencio. De pronto va hacia él, deslumbrada por una sospecha.) Mariano..., me pareces otro...Has cambiado de improviso...MARIANO.—Puede...ALEJANDRA.—(Con ansia.) ¿Qué piensas de mí?MARIANO.—Que lees demasiadas novelas.ALEJANDRA.—(Desilusionada otra vez.) ¿Eso?MARIANO.—Sí.ALEJANDRA.—Entonces, vete. Había visto mal.MARIANO.—¡Adiós! (Inicia el mutis.)ALEJANDRA.—Te asoma el pantalón del pijama por debajo del abrigo.MARIANO.—No importa. Cogeré un "taxi". Voy a casa de tía Charito.Mañana le diré a tu madre lo que hemos decidido y visitaré a unabogado.ALEJANDRA.—Me parece muy bien.MARIANO.—(Desde la puerta.) ¡Adiós!ALEJANDRA.—¡Adiós, Mariano! (Mariano se va por la primera izquierda.Larga pausa. Luego, unos golpecitos en la puerta. Alejandra selevanta perezosamente.) Adelante. (Entra Berta.)BERTA.—¿Necesita algo la señora?ALEJANDRA.—Sí: tranquilidad.BERTA.—El señor acaba de irse. Antes de concluir de bajar la escalera,perdió una zapatilla, y dijo una palabra fea.ALEJANDRA.—(Hablando consigo misma.) ¡Pobrecillo! (Alto.) Es ustedimplacable, Berta.BERTA.—¿El señor se va para siempre?ALEJANDRA.—Eso dice.BERTA.—Los hombres nunca se van para siempre, señora. Es una grandesgracia que tenemos las mujeres. (Una pausa.) ¿La señora meadmite un consejo?ALEJANDRA.—Sí.BERTA.—Si la señora se queda sola y rica, no se enamore la señorapor segunda vez.ALEJANDRA.—Aún no me he enamorado la primera vez, Berta.BERTA.—Entonces, sería estúpido seguir el consejo.ALEJANDRA.—Berta... ¿por qué habla así? Ninguna doncella del mundohabla como usted. ¿Qué secreto hay en usted? ¿Qué ha sido antes deesto?BERTA.—La señora se va a acostar, ¿verdad? Es ya muy tarde. Conpermiso de la señora... Buenas noches... (Se va por donde vino,después de inclinar la cabeza.)ALEJANDRA.—(Con la vista y el pensamiento puestos por donde hadesaparecido Berta.) También decía de ella Mariano que había leídodemasiadas novelas. Mariano decía eso de todo el que tenía mástalento que él... ¡Cualquiera pensaría que en las novelas se aprendealgo! Sin embargo, a veces son interesantes. (Coge el libro de antesy va hacia el lecho de la derecha. Un reloj da las cuatro rápidamente.Se abre el balcón del foro izquierda y entra Valentín. Viste traje de calle, abrigo de verano, al brazo, y trae el sombrero en la mano.¿Cuántos años tiene Valentín? Cuarenta y cinco, cincuenta. No se ríenunca, pero sonríe casi siempre. Sería imposible convencerle de quelas pastillas Valda quitan la tos. Tiene talento, verdadero talento eingenio, verdadero ingenio. Se mueve con graciosa soltura. Atrae.Valentín entra tranquilo, ve a Alejandra y la saluda con afectación. Senota que no pretende producir efecto.)VALENTÍN.—Buenas noches.ALEJANDRA.—(Estremeciéndose y volviéndose hacia Valentín.) ¿Eh?VALENTÍN.—Decía que buenas noches. No me conteste si no quiere.Desmáyese. Es lo más corriente y lo más cómodo.ALEJANDRA.—Caballero, yo no me desmayo. Soy una mujer de mitiempo.VALENTÍN.—Magnífico. Eso es más cómodo todavía. Pregúnteme,entonces, quién soy y por dónde he entrado.ALEJANDRA.—¿Quién es usted? ¿Por dónde ha entrado?VALENTÍN.—He entrado por el balcón. Soy Valentín.ALEJANDRA.—Valentín..., ¿qué más?VALENTÍN.—Valentín... sin más. Los grandes hombres no tienenapellido. Ejemplos: Vercingétorix, Adán, Lucifer, "Charlot" y unservidor de usted.ALEJANDRA.—Le concedo medio minuto para que me diga por qué entraa las cuatro de la madrugada en la alcoba de una mujer casada.Pasado el medio minuto llamaré para que le echen.VALENTÍN.—Soy un ladrón, señora; un vulgar ladrón. Acababa decogerle la cartera a un transeúnte trasnochador, y ya escapaba conella, cuando, al volver una esquina, tropecé con un policía tantrasnochador como el transeúnte. El policía se lanzó sobre mí,luchamos, conseguí zafarme de él y enfilé esta calle a carrera abierta.Vi luz en este piso y, como se trataba de un bajo, gateé por labalaustrada para huir del policía, empujé las vidrieras y entré. Y aquíestoy.ALEJANDRA.—Todo eso es mentira.VALENTÍN.—Sí, señora.ALEJANDRA.—¿Y por qué ha mentido?VALENTÍN.—Usted no me ha concedido más que medio minuto. Enmedio minuto, nadie tiene tiempo de decir la verdad.ALEJANDRA.—Perfectamente. (Va hacia el timbre.)VALENTÍN.—¿Va usted a llamar a su marido?ALEJANDRA.—Mi marido no está acostumbrado a que nadie le déórdenes por medio de un timbre.VALENTÍN.—Sin embargo, apuesto cualquier cosa a que, cuando oye eltimbre de un tranvía, se apresura a cruzar los rieles.ALEJANDRA.—Con su permiso llamaré a mi doncella. (Llama.)VALENTÍN.—¿Ha llamado usted?ALEJANDRA.—Sí, porque...VALENTÍN.—¡Silencio! ¡Silencio, por Dios! (Escucha junto al balcón.) ¿No oye usted? ¡Es la Policía que se acerca! ¡Sálveme! ¡Apague la luz!ALEJANDRA.—¿Eh?VALENTÍN.—(Con angustiosa voz.) ¡Apague la luz! (Alejandra apaga laluz. La escena queda a oscuras. Por el balcón, abierto, entra unaráfaga de luna, que besa el lecho. Una pausa. Valentín habladulcemente en las tinieblas.) Le he suplicado que apagase la luz paraque contemplase usted lo hermosa que es una habitación cuando estáiluminada por la luna. (Pausa.) ¿Me oye usted bien? ¿Verdad quetengo una voz muy bonita? Sólo a oscuras suena en toda su pureza lavoz humana. ¿Quiere usted hablar un poquito?ALEJANDRA.—(Hablando sin propósito de hablar.) No, señor. Esperoque venga mi doncella; pero no hablaré.VALENTÍN.—¡Cuánta ingenuidad en una mujer casada! Tiene usted unavoz lindísima. Fíjese bien que no he dicho cristalina. Soy un hombrede buen gusto literario. En cambio, usted es desgraciada en sumatrimonio... (Una pausa.) ¿Verdad?ALEJANDRA.—No.VALENTÍN.—¿Y por qué?ALEJANDRA.—Le he dicho a usted que no soy desgraciada.VALENTÍN.—Y yo pregunto que por qué. ¿Por qué no es desgraciada?Todo el mundo es desgraciado en su matrimonio.ALEJANDRA.—¿Lo sabe usted por experiencia?VALENTÍN.—Por experiencia ajena. Sé que todo el mundo esdesgraciado en su matrimonio, porque yo no me he casado. Si yofuera casado, creería que el único matrimonio desgraciado era el mío.(En la puerta de la izquierda suenan unos golpecitos.)ALEJANDRA.—(Sentada en el lecho de la izquierda.) Adelante. (Laescena sigue a oscuras.)BERTA.—(Entrando.) ¿La señora había llamado?ALEJANDRA.—Sí. Quería decirle que puede usted acostarse. Yo ya lo hehecho.BERTA.—Muy bien, señora. (Pausa.) ¿La señora no ha oído un ruido?ALEJANDRA.—¿Dónde, Berta?BERTA.—En esta habitación.ALEJANDRA.—Es que se me acaba de caer al suelo la novela que estabaleyendo. Acuéstese, Berta.BERTA.—Buenas noches, señora. (Una pausa. Alejandra vuelve aencender la luz. Al hacerse la luz, puede verse que Valentín no estáya en escena. En cambio, Berta sigue allí, junto a la puerta de laizquierda.)ALEJANDRA.—(Mirando, asombrada, a su alrededor; al ver a Berta,vuelve a asombrarse.) Pero ¿no se había ido usted?BERTA.—Como la señora encendió la luz, pensé que quería algo.ALEJANDRA.—(Irritada.) ¡No quiero nada!BERTA.—Buenas noches. (Se va por la izquierda. Alejandra se levanta,se cerciora de que Berta no escucha detrás de la puerta, y luegobusca a Valentín en el balcón.)ALEJANDRA.—¿Dónde se habrá metido este hombre?VALENTÍN.—(Entrando por la puertecita del cuarto de baño de laprimera derecha.) Estaba aquí, señora. Me había escondido.ALEJANDRA.—Ha tenido usted una feliz idea.VALENTÍN.—Es mi costumbre.ALEJANDRA.—Como habrá usted visto, he ocultado su presencia...VALENTÍN.—Lo cual no ha debido serle muy difícil, puesto que ustedmisma ignoraba dónde estaba yo.ALEJANDRA.—Pero ahora tiene usted que irse.VALENTÍN.—¿Porque me cree un ladrón?ALEJANDRA.—Por todo lo contrario.VALENTÍN.—Muy bien. Me iré. También su marido se ha marchado decasa después de una discusión larguísima.ALEJANDRA.—¿Quién se lo ha dicho?VALENTÍN.—Lo he deducido. La Policía me ha enseñado a deducir. Sumarido ha discutido largo rato con usted; vea el cenicero, lleno depuntas de cigarrillos.ALEJANDRA.—¿Y por qué sabe usted que no está en casa?VALENTÍN.—A las cuatro y media de la madrugada, todos los maridosestán en la alcoba conyugal. Si no, es que se han ido de casa y sehallan en otra alcoba.ALEJANDRA.—(Ofendida.) ¿Qué quiere usted decir? ¡Mi marido estáahora en casa de su tía Charito! Hoy duerme allí.VALENTÍN.—Sólo he dicho que estaría en otra alcoba. ¿O es que su tíaCharito le obliga a dormir sobre la mesa de billar?ALEJANDRA.—¡Váyase usted! ¡Esto es demasiado! A fuerza de hablarme he distraído.VALENTÍN.—Celebro que mi conversación la distraiga.ALEJANDRA.—¡No quería decir eso!... En fin... ¡Váyase! ¡Váyase! Nuncame ha ocurrido nada semejante... ¡Váyase!VALENTÍN.—Le juro que no puedo.ALEJANDRA.—¿Quién se lo impide?VALENTÍN.—El amanecer, que comienza. Mire usted. (Dirigiéndose albalcón.) Me verían salir... Ahora amanece muy temprano. (Por elbalcón entran las primeras claridades del alba.) Pronto, la calle estarállena de traperos. ¡Qué vulgaridad! ¿No es cierto? La vida se encargade ensuciar las cosas que más idealizan los poetas, y el amanecer loensucian los traperos. (Pausa.) ¿Qué ha dicho?ALEJANDRA.—No he dicho nada. ¡No he dicho nada!...¡ Váyase! (Seecha en un sillón, y oculta la cara entre las manos.)VALENTÍN.—(En pie, a su lado.) No soy un ladrón. Su perspicacia loadivinó antes. Pero si yo le dijera la verdad de por qué he entradoaquí, usted no me creería. La verdad es siempre absurda. Me aburríaesta noche en casa, señora. Vivo solo. Miento; vivo con un perro"setter". No tenía sueño, no podía dormir. El veronal me desvela... Yme lancé a la calle. Vi una luz en esta habitación, y me dije: "¿Sisubiera a ver quién hay ahí?" Una flexión de miembros, y me hallé en el balcón. Miré por las vidrieras; usted estaba hablando con sudoncella. Entonces, un caballero, cubierto con un abrigo, por debajodel cual asomaba el pantalón de un pijama, abrió el portal y salió a lacalle. Le vi desde el balcón. Iba muy excitado, y hablaba solo. Alpasar junto a la balaustrada, pronunció entre dientes tres palabras,por las que comprendí que era su marido y que había regañado conusted.ALEJANDRA.—Pues ¿qué dijo?VALENTÍN.—Dijo: "¡Es una imbécil!" (Pausa larga.)ALEJANDRA.—¿Es cierto eso?VALENTÍN.—Es cierto.ALEJANDRA.—Júrelo usted.VALENTÍN.—Lo juro sobre las cenizas de esos cigarrillos.ALEJANDRA.—(Sonriente.) Tiene usted gracia.VALENTÍN.—Gracias.ALEJANDRA.—Y talento.VALENTÍN.—¿Se me nota?ALEJANDRA.—Demasiado. Debe usted marcharse en seguida.VALENTÍN.—No insista en eso. Me verían salir, y su reputación sufriríamucho con ello.ALEJANDRA.—¿Entonces?VALENTÍN.—Saldré a las diez de la mañana, o a las once, y por lapuerta principal. A nadie le extrañará mi presencia entonces. Y ustedpuede decir que soy un representante de la casa Ford, que ha venidoa proponerle la compra de un coche.ALEJANDRA.—¿Y por qué ha de ser precisamente la casa Ford?VALENTÍN.—Porque sus representantes son los únicos que madrugan yhacen sus visitas por la mañana.ALEJANDRA.—Pero hasta las diez o las once, ¿qué haremos?VALENTÍN.—Podemos hablar, podemos dormir...ALEJANDRA.—¡Soy una mujer decente!VALENTÍN.—Pero también las mujeres decentes duermen, señora.Usted se acuesta, y yo me siento en un sillón..., y, luego, los rayosdel sol nos despiertan, como en esas novelas bobas que leen algunasseñoritas.ALEJANDRA.—¿Y qué habremos conseguido con todo eso?VALENTÍN.—Usted habrá conseguido conocerme. Yo habré conseguidodormir. Le aseguro que es horrible tener insomnios... ¡Horrible!ALEJANDRA.—Usted quiere dormir y no tiene sueño. Mi marido teníasueño y no dormía. Mi doncella no duerme, porque yo no tengosueño. Y yo, como no tengo sueño, no puedo dormir...VALENTÍN.—Sí. Y gracias a esas cuatro circunstancias nos hallamosusted y yo en tan agradable situación. ¿Sabe cómo podríamos titularesta aventura?ALEJANDRA.—¿Cómo?VALENTÍN.—"Una noche de primavera sin sueño".ALEJANDRA.—Huele a Shakespeare... VALENTÍN.—Podemos desinfectarla y quitar el olor.ALEJANDRA.—En confianza., señor... señor, ¿cómo?VALENTÍN.—Valentín.ALEJANDRA. — En confianza, Valentín... Voy a divorciarme.VALENTÍN.—Es usted una mujer que sigue la moda.ALEJANDRA.—Mi marido no me hace feliz.VALENTÍN.—Lo sé. Tiene un gran defecto.ALEJANDRA.—¿Cuál?VALENTÍN.—Ser su marido. Es un defecto que yo no tendré jamás.ALEJANDRA.—Sí, Valentín. Voy a divorciarme. Voy a estar pronto en unestado...VALENTÍN.—Magnífico. ¡Y necesitará un consejero!ALEJANDRA.—Acaso... Usted me parece un hombre excepcional. Y yo...¿qué le parezco?VALENTÍN.—¿La verdad? ¿La verdad?ALEJANDRA.—La verdad.VALENTÍN.—Me parece usted una mujer sin importancia.ALEJANDRA.—Pero eso... es una insolencia...VALENTÍN.—No lo creo.ALEJANDRA.—¡Una insolencia! (Alejandra se separa de Valentín. Estánerviosa, excitada.) ¡Una insolencia! (Pausa. Con tranquilidad,dominándose.) Antes ha dicho usted bien. Saliendo a estas horas decasa, mi reputación se mancharía. Pero hay otro procedimiento paraque no pasemos lo que resta de noche en la misma habitación.(Cuando se dirige a la puerta de la izquierda, se abre ésta y apareceBerta.)BERTA.—¡Ah! ¿Llamaba la señora?ALEJANDRA.—No la he llamado a usted; pero la necesito.BERTA.—Suponiendo que la señora iba a necesitarme, es por lo que heentrado sin permiso.ALEJANDRA.—Fíjese bien. Ese caballero (Señalando despectivamente aValentín.) va a pasar la noche aquí, en un sillón. Mañana, a las once,procurara usted que salga de la casa sin que le vean los otroscriados.BERTA.—Sí, señora.ALEJANDRA.—Además, debe usted llevar mis ropas a la alcoba derespeto, Berta. Voy a dormir allí. ¿Me entiende?BERTA.—Es fácil.ALEJANDRA.—(A Valentín.) Que usted descanse.VALENTÍN.—Le deseo lo mismo, señora. (Valentín se inclina anteAlejandra. Alejandra se va por la izquierda. Valentín se sienta en unsillón. Berta queda, en pie, junto a la puerta. Larga pausa. Ambos semiran fijamente.) ¿Qué haces en esta casa?BERTA.—Soy la doncella de la señora. ¿Y tú? ¿Qué haces tú aquí,Valentín?VALENTÍN.—(Cogiendo un cigarro de la mesita.) Ya lo ves. Por ahora,me fumo los cigarros del señor. TELÓNACTO SEGUNDOLa misma decoración del acto primero. Mucha luz. Entra el sol por elbalcón del foro, que está abierto de par en par. Deben de ser las oncede la mañana. Al levantarse el telón, todo se halla en la disposiciónen que se hallaba al acabar el acto primero; pero las luces estánapagadas.En escena, Valentín, que está sentado en un sillón y, apoyado en lamesita enana, escribe con un lápiz algo que debe obligarle a pensarmucho, porque de cuando en cuando se lleva el lápiz a la frente o lochupa, en actitudes meditativas. Una pausa. Entra Alejandra, vestidacon traje de mañana, se dirige rectamente hacia Valentín, indignaday rabiosa.EMPIEZA LA ACCIÓNALEJANDRA.—Vengo a decirle a usted, por última vez, que se marchede esta casa. Su conducta sería estúpida, si no fuese inaudita. ¡Creoque ya está bien, señor mío! Mi doncella se confiesa incapaz deexpulsar a usted, y ha renunciado a ello; pero yo no renuncio,¿comprende usted? ¡No renuncio! Y, si es necesario, apelaré a laautoridad; porque con tal de verle a usted fuera de aquí, nada meimporta dar un escándalo. Piénselo usted y vea si le gusta más irsesolo o acompañado de un policía.VALENTÍN.—¿Tiene usted la bondad de decirme una palabra de ocholetras que signifique libertad?ALEJANDRA. — (Fulminándole con una mirada.) ¡Márchese!VALENTÍN.—(Contando las letras con los dedos.) Márchese... ¡Ocholetras, efectivamente! Pero "márchese" no significa libertad.ALEJANDRA.—Para mí, en estos momentos, le aseguro que sí.VALENTÍN.—(Enseñando a Alejandra una revista ilustrada sobre la queestaba escribiendo.) Vea, amiga mía. Es un jeroglífico de palabrascruzadas muy interesante. Ya no me falta más que esa palabra deocho letras que significa libertad. He consumido toda la noche enresolverlo.ALEJANDRA.—Luego ¿no ha podido dormir?VALENTÍN.—Usted tampoco, ¿verdad?ALEJANDRA.—Extrañé la cama. ¿Usted la habrá echado de menos?VALENTÍN.—No. Porque he perdido la costumbre de dormir en cama.Hace tres años que duermo en un diván. ALEJANDRA.—¿En un diván?VALENTÍN.—Sí. Es una historia muy sentimental, señora. Creo que ledije anoche que yo vivo con un perro...ALEJANDRA.—Sí. Un perro "setter".VALENTÍN.—En realidad, no es "setter"; pero yo se lo he hecho creerpara que viva más orgulloso de sí mismo. Pues bien: mi perro sellama "Kant", en memoria del filósofo de Koenigsberg. Pero cuandoyo le grito: "¡ven aquí, Kant!", nadie piensa que ese nombre esglorioso. Una vez salí yo de viaje (adoro los viajes y me encantaestropearme el estómago en las fondas); cuando regresé, "Kant" sehabía acostumbrado a dormir en mi cama. Me pareció demasiadocruel privarle de aquel derecho adquirido, y le cedí definitivamente ellecho; él me lo ha agradecido mucho, y, además, lo aprovecha mejorque yo, porque no padece de insomnios. (Suena el timbre delteléfono, que está al lado de Valentín, en la mesita enana. Valentíncoge maquinalmente el aparato.) ¡Al aparato!... ¡Diga! (Durante unosmomentos, Valentín escucha. Tapando la bocina con la mano ydirigiéndose a Alejandra.) Es su marido, señora.ALEJANDRA.—(Asustada.) ¡Mi marido!VALENTÍN.—Su marido, que está muy extrañado de oír una voz dehombre en la propia alcoba de ustedes, y que pide explicaciones delfenómeno...ALEJANDRA.—Traiga...VALENTÍN.—No; deje... (Hablando por teléfono.) No, señor... Soy elfontanero. (Gesto de asombro de Alejandra. Dirigiéndose a ella.) Sumarido tiene voz de barítono. (Por el teléfono.) Estoy arreglando lacañería del cuarto de baño, caballero; he oído el timbre del teléfono,y como nadie de la casa acudía al aparato, me he tomado la libertadde ponerme yo. De nada, muchas gracias. Mis precios no tienencompetencia, y soy la primera figura en el gremio de fontanerosmadrileños. También pongo cristales. ¿Cómo? ¡Ah! Muy bien. Voy aavisarla. (Tapando la bocina, a Alejandra.) Su marido pregunta por suesposa. ¿Es usted la esposa de su marido?ALEJANDRA.—Todavía, sí.VALENTÍN.—Entonces póngase al aparato. (Alejandra va a coger elteléfono, pero Valentín no se lo da.) Espere un poco. Hay que figurarque yo he ido a avisar a usted. Soy el fontanero, señora... ¿Le parecea usted que, mientras aguardamos, le cuente un cuento?ALEJANDRA.—No tengo los nervios preparados para eso.VALENTÍN.—¡Qué tiempos los de ahora! Hace falta tener los nerviospreparados hasta para oír un cuento... En fin, creo que ya puedeusted conferenciar con su esposo. (Le da el teléfono a Alejandra.)ALEJANDRA.—(Al aparato.) ¿Qué ocurre? Soy yo, Alejandra. (Pausaconveniente.) No. Sí. No.VALENTÍN.—Contestación capicúa.ALEJANDRA.—Cuando tú quieras. No saldré en toda la mañana. Hastaahora no ha venido nadie. Sí. Estoy decidida. Bueno, ¡adiós! (Cuelga el teléfono.) Mi marido me anuncia su visita.VALENTÍN.—La buena educación se advierte hasta en los pequeñosdetalles.ALEJANDRA.—Desgraciadamente, no la demuestra más que en lospequeños detalles. Por ejemplo: él, que solía mostrarse grosero conmucha frecuencia, siempre acudía al recibimiento cuando yo volvía dela calle.VALENTÍN.—Lo mismo hacía "Kant".ALEJANDRA.—¿El filósofo?VALENTÍN.—El perro.ALEJANDRA.—Y, sin embargo, no tenía inconveniente en tomar élmismo la cuenta a la cocinera.VALENTÍN.—Igual hacía Kant.ALEJANDRA.—¿El perro?VALENTÍN.—El filósofo.ALEJANDRA.—Un perro que usurpa una cama a su dueño podía tambiénhaberle usurpado el puesto al ama de llaves...VALENTÍN.—Tal vez. Y, además, no llevaría las llaves colgando, quesiempre es una ventaja. ¿Su marido viene solo?ALEJANDRA.—Con un abogado. Parece que el abogado, mi marido y yovamos a tener una entrevista.VALENTÍN.—¡Malo!... Acabarán ustedes firmando una hipoteca.ALEJANDRA.—No; se trata de mi divorcio.VALENTÍN.—El divorcio español es una hipoteca también; una hipotecapor la que se pagan intereses muy altos y que no logra uno cancelardel todo casi nunca. ¡Pobre de usted! Le harán firmar tantos papeles,que se le cansará la mano, y cuando acabe de firmar el último, sufamilia le habrá convencido ya de que debe romperlos todos. (Unapausa.) En fin... Creo que ha llegado el momento de marcharmedefinitivamente.ALEJANDRA.—Hace mucho rato que ha llegado ese momento.VALENTÍN.—(Se echa al brazo el abrigo y coge un sombrero.) ¡Adiós,señora!... (Sacando del bolsillo unos guantes de piel.) Pero antesmire qué espléndidos guantes de automovilista me compré el lunes.(Alejandra le mira sin saber qué contestarle: en su mirada hayadmiración en la manera de ser de Valentín.) No, no tengo automóvil,¿sabe usted? Pero he comprado los guantes para ponérmelos cuandotomo un taxi.ALEJANDRA.—Entonces, ¿va a tomar un taxi ahora?VALENTÍN.—Sí; quiero estar en pocos minutos muy lejos de aquí.¡Adiós, señora! (Inicia el mutis.)ALEJANDRA.—¡Adiós!... (Llamándole súbitamente.) ¡Un momento!VALENTÍN.—Dígame...ALEJANDRA.—¿Cómo se le ocurrió a usted decirle a mi marido que erausted el fontanero?VALENTÍN.—Porque sabía que estaban arreglándoles a ustedes lascañerías del cuarto de baño. Cuando anoche, al entrar la doncella, me escondí en él, vi la cañería a medio arreglar, varias herramientas, unachaqueta y una boina que se ha dejado allí el fontanero.ALEJANDRA.—¡Ah!VALENTÍN.—¿No tiene nada más que decirme?ALEJANDRA.—Nada más.VALENTÍN.—(Levantándose.) Le deseo un divorcio feliz.ALEJANDRA.—(Escuchando un rumor que debe de venir de la parte deafuera.) ¡Chis!... ¡Chis!... ¡Calle! (Se acerca a la puerta de laizquierda y escucha. Una pausa.) ¡Mi madre!VALENTÍN.—¿Es exclamación, o es su madre, en efecto?ALEJANDRA.—¡Es mi madre! ¡Mi madre, que viene! ¡Dios mío!¡Escóndase usted! ¡Métase debajo de una cama! ¡Escóndase en elarmario!... ¡Tírese por el balcón! ¡ Haga usted algo, por Dios!...VALENTÍN.—¿Y qué podría yo hacer?... ¡Ah, sí! Inspeccionaré la cañeríadel cuarto de baño... (Se va por la derecha, llevándose el abrigo y elsombrero. Se abre bruscamente la puerta de la izquierda y entraBerta.)BERTA.—(Dirigiéndose a alguien que la sigue.) Aquí está la señora...(Entran Adelaida, Lisa y Gerardo, Adelaida es una dama elegantísima,de unos cuarenta y tres años. Viendo señoras tan maravillosamenteconservadas como Adelaida, se comprende el gran negocio que esponer un instituto de belleza en el centro de Madrid. La madre deAlejandra parece tan joven, que casi llega a envejecer a su hija. Lisaes la hija menor; hermana, por tanto, de Alejandra: dieciséis años,hambrientos de enterarse de todo. Y, encima de ellos, un conato detraje que deja ver casi todo también. Gerardo tiene veinticuatro años;es novio de Lisa. Su personalidad oscila entre el galán decinematógrafo y el canguro de Australia.)ADELAIDA.—¡Alejandra! (Deteniéndose delante de ella con expresióntrágica.) Pero ¡Alejandra!...ALEJANDRA.—No te esperaba, mamá... (La besa. Besa a Lisa.) ¡Hola,monina! (Lisa y Gerardo miran con asombro y curiosidad aAlejandra.)ADELAIDA.—(Dejándose caer en el diván, en una postura depesadumbre muy bien estudiada.) ¡Qué campanada! ¡Dios mío, quecampanada! Esta mañana ha estado Mariano en casa a explicarmeque habéis decidido divorciaros. Pensé que me daba algo en lacabeza. Afortunadamente no hice más que pensarlo, y no me dionada. Tu padre se puso tan desesperado, que mandó al criado que letrajese dos frascos de magnesia bisurada. ¡Este disgusto nos mataráa todos! Y luego... ¡qué ejemplo para tu hermana soltera! (Señalandoa Lisa.) ¡Qué ejemplo para esta inocente! ¿No has pensado que si tuhermana ve que tú, estando casada, te divorcias, ella va a perder elinterés por casarse?... ¡Oh!... ¡Estás loca, Alejandra! ¡Estás loca!ALEJANDRA.—Te aseguro, mamá, que cuando hemos decidido...ADELAIDA.—¡Calla, calla!... ¡Divorciarse! ¡Divorciarse! Divorciarse a losseis años de matrimonio, cuando ni siquiera has tenido tiempo de enterarte de si tu marido ronca al dormir... Veintisiete años llevamoscasados tu padre y yo, y no nos hemos divorciado ni una sola vez... Yno pienses que entonces no se estilaba divorciarse. Entonces la gentese divorciaba igual que ahora. Y Napoleón se había divorciado ya deJosefina... Hasta Gerardo ha tenido frases para condenar vuestralocura... ¿Verdad, Gerardo?GERARDO.—(Que no brilla por la feliz expresión de sus ideas.) Sí.Realmente... ¿Eh? Realmente... El divorcio... El divorcio... Realmente,nada menos que el divorcio...ADELAIDA.—Ya le oyes hablar. ¡Y no olvides que Gerardo tiene lacarrera de abogado!LISA.—(A Alejandra.) ¿Es que no eres dichosa? ¿Por qué no eresdichosa?ADELAIDA.—¡Calla, pequeña! Te he dicho varias veces que no debeshacer preguntas a las personas de la familia. (A Alejandra.)Veamos... ¿Qué ha pasado aquí anoche? (En el cuarto de baño seoyen unos martillazos gigantescos.) ¿Qué es eso? ¿Quién anda ahí?ALEJANDRA.—No es nada. Es... el fontanero, que arregla las cañerías.ADELAIDA.—¿En domingo?ALEJANDRA.—¡Ah! ¿Hoy...? ¿Hoy es domingo?ADELAIDA.—¡Naturalmente! Todo el día.ALEJANDRA.—Pues... parece que el gremio de fontaneros ha resueltotrabajar los domingos y descansar el resto de la semana.ADELAIDA.—Me alegro. A ver si eso resuelve el conflicto social. En fin,Berta...BERTA.—¿Señora?ADELAIDA.—Usted que es una mujer que sabe juzgar fríamente... ¿Quéocurrió anoche entre los señoritos?BERTA.—Discutieron; el señor gritó, fumó diecisiete cigarrillos encuatro horas y media, y... (La voz de Berta se pierde entre losformidables martillazos que vuelven a sonar en el cuarto de baño.)ADELAIDA.—Berta, diga usted a ese hombre que envuelva el martillo enun pañuelo. Es imposible entenderse... ¡Qué barbaridad! Y no hayduda de que los tiempos cambian, porque cuando yo era joven losfontaneros no metían tanto ruido... (Berta se asoma al cuarto debaño y finge hablar con Valentín. Vuelve.)BERTA.—Dice que no tiene pañuelo para envolver el martillo.ADELAIDA.—¡Válgame Dios!GERARDO.—Realmente... Si no tiene pañuelo... ¿Eh? Realmente... (Porla puerta del cuarto de baño entra Valentín. Se ha puesto la chaquetaazul que se dejó el fontanero y una boina mugrienta. Trae un martilloen la mano. Entra silbando una canción, distraídamente, y sinsaludar. Recorre, golpeando con el martillo, el zócalo de madera de lapared del foro. Todos le contemplan en silencio, pero absortos.)ADELAIDA.—Oiga, buen hombre... ¿Por qué ese empeño en darmartillazos en todas partes?VALENTÍN.—Cumplo con mi deber, señora. Ahora estoy buscando el sitio por donde va la cañería.ADELAIDA.—Pero ¿las cañerías van por aquí?VALENTÍN.—Las cañerías van por todas partes. No hay quien les pongafreno.ALEJANDRA.—(Dándole pie a Valentín para que se vaya.) Déjelo usted,fontanero... Váyase... Los domingos son días que deben dedicarse ala familia.VALENTÍN.—Yo a la familia no le dedico más que mis retratos.ALEJANDRA.—(Aparte.) ¡No se va!...ADELAIDA.—En fin, Berta, explique lo que ocurrió anoche.BERTA.—Los señoritos regañaron.ADELAIDA.—Pero ¿por qué?BERTA.—La señora tiene más talento que el señor, y la felicidad en sumatrimonio es imposible.ADELAIDA.—¡Vaya una razón! Todas las mujeres casadas tenemos mástalento que el marido.VALENTÍN.—(Acercándose al grupo con el martillo en la mano.) Eso esverdad. No hay más que fijarse en que las mujeres casadas no suelentrabajar. Si los hombres tuvieran más talento que las mujeres,conseguirían que las mujeres trabajasen para ellos, y ellos no haríanmás que pintarse las uñas.ADELAIDA.—Pero ¿usted quién es para opinar?VALENTÍN.—Soy el fontanero. (Vuelve a su trabajo de revisar elzócalo.)ADELAIDA.—¡Qué cinismo!GERARDO.—Sí. Realmente... Es demasiado cinismo...BERTA.—¿Desea la señora más noticias de lo que ocurrió anoche?ADELAIDA.—Sí, sí.BERTA.—A las tres y media de la mañana el señorito se fue, y dijo quese iba para siempre.ADELAIDA.—¿Y a usted no le parece un disparate este divorcio, Berta?VALENTÍN.—El divorcio es siempre disparatado. (Yendo hacia el grupo.)Pero es el único sistema de atenuar el matrimonio.ADELAIDA.—(Digna.) Fontanero, le prohíbo que se mezcle en nuestraconversación. (Valentín se encoge de hombros. Entonces le abordaLisa.)LISA.—Diga usted... ¿Por qué el matrimonio necesita ser atenuado?ADELAIDA.—¡Lisa! Te he prohibido en otra ocasión que hagas preguntasa las personas que no sean de la familia. Regáñela usted, Gerardo; essu prometida.GERARDO.—(Encarándose con Lisa.) ¡Lisa! Hablar con esas personasno está bien, realmente... ¿Sabes? ¿Comprendes? Realmente, noestá bien. (Por la izquierda entra una Doncella jovencita.)DONCELLA.—Señora... El señor acaba de llegar con otro señor. Pidepermiso a la señora para...ALEJANDRA.—Hazle pasar al despacho.MARIANO.—(Entrando.) Alejandra... Vengo con mi abogado. Pase usted, Raúl... (La Doncella cede paso a Raúl y se va. Raúl Aribáu esun hombre que seguramente no ha saltado aún los treinta y dosaños. Lleva debajo del brazo una gran cartera negra. Se trata de unindividuo avispado, que no conoce el valor de la palabra "obstáculo''.Entra en escena como en terreno conquistado.)RAÚL.—Buenos días a todos. Muy buenos días...MARIANO.—(Presentando.) Mi esposa... La madre de mi esposa... Lahermana menor de mi esposa... El señor Raúl Aribáu, abogado...(Saludos de cabeza. Gerardo se señala a sí mismo para que Marianole presente.) ¡Ah! Se me olvidaba... Gerardo Martínez, prometido dela hermana de mi esposa.GERARDO.—(Dándole la mano a Raúl.) Se le olvidaba... Realmente, sele olvidaba...RAÚL.—(Señalando a Berta y a Valentín.) ¿También son de la casa?ALEJANDRA.—(Presentando a Berta.) Mi doncella. Si yo no tuvieramadre, ella haría sus veces.RAÚL.—¡Ah!VALENTÍN.—(Avanzando hasta Raúl.) Y yo soy el fontanero. Me dedicoa arreglar las cañerías del cuarto de baño, y estoy en esta habitaciónporque tengo que buscar por dónde va la cañería. Es lo esencial...RAÚL.—¡Ah! ¿Es usted el fontanero? (Frotándose las manos.)¡Magnífico! Entonces, no falta nadie... (Todos se miran con asombro.)¿Usted es pariente de algún miembro de la familia?VALENTÍN.—No, señor, claro.RAÚL.—¡Espléndido! No es pariente de ninguno de la familia...ADELAIDA.—(A Raúl, ofendida.) ¡Caballero! ¡En nuestra familia no hahabido ni un solo fontanero! Y en cuanto a éste, va a estar entrenosotros muy poquito tiempo...RAÚL.—Perdone, señora. Pero a este fontanero le necesito yo. Comonecesito también a aquella doncella. (Por Berta.) Vengo a hacer lasprimeras diligencias que han de conducir al divorcio, y me sonimprescindibles dos testigos que no sean miembros de la familia delos litigantes.ADELAIDA.—¿Y quiénes son los litigantes?RAÚL.—Los que litigan.ADELAIDA.—¡Eso ya lo sabemos! Pregunto qué personas son.RAÚL.—Su hija y el esposo de su hija.ADELAIDA.—Pero...ALEJANDRA.—(Interrumpiendo.) Hazme el favor de no insistir, mamá.Estoy absolutamente decidida a divorciarme.BERTA.—Y a mí me parece muy bien.VALENTÍN.—Y a mí.ADELAIDA.—(Volviéndose a Berta y a Valentín.) Pero ¡ustedes no sonnadie en esta casa!VALENTÍN.—¿Cómo que no? Somos los testigos de las primerasdiligencias. El abogado, señor Aribáu, acaba de decirlo.ADELAIDA.—¡Es inaudito! GERARDO.—Sí, es inaudito. Realmente..., es inaudito.VALENTÍN.—Y en el extremo de que se me haya preguntado de si soypariente de usted, señora, creo que no hay razones para ofenderse.ADELAIDA.—¿Eh?VALENTÍN.—Ser pariente de un fontanero no puede deshonrar. Todoslos humanos, señora, desde el portero de mi casa hasta el presidentede los Estados Unidos, descendemos de picapedreros.ADELAIDA.—¿De picapedreros?MARIANO.—¿De picapedreros?RAÚL.—(Interesado.) A ver, a ver, a ver... ¿Quiere explicar esa teoría?VALENTÍN.—Descendemos de picapedreros, porque descendemos dehombres que vivieron en la Edad de Piedra, y en la Edad de Piedratodo el mundo era picapedrero.RAÚL.—(Maravillado.) ¡Palabra de honor! Es el fontanero con mástalento que he visto...VALENTÍN.—Muchas gracias, señor. También pongo cristales.RAÚL.—Lo tendré en cuenta. Bueno... ¡Muy bien! Pues ahora, señores,podemos comenzar las diligencias.ALEJANDRA.—Pasemos al despacho y...RAÚL.—No. No. Aquí mismo. Se trata de un matrimonio desgraciado. Yprecisamente nos hallamos en la alcoba conyugal, que es lo quepodríamos llamar el "lugar del suceso".ADELAIDA.—Caballero... Permitirá usted que aleje a mi hija menor... Essoltera.RAÚL.—Si es soltera, resultaría prematuro que conociera cómo seplantea un divorcio.VALENTÍN.—Si ustedes quieren, yo puedo ilustrarla en cómo se planteauna boda.ADELAIDA.—¡Usted lo que va a hacer es callarse!RAÚL.—Usted tiene que limitarse a servir de testigo.ADELAIDA.—Lisa...LISA.—¡Mamá!ADELAIDA.—Vete al salón, con Gerardo, y ejecuta en el piano laromanza "Venecia, dulce ciudad de ensueño".LISA.—Está bien, mamá. (Lisa y Gerardo se van por la izquierda.)RAÚL.—¡Cómo! ¿Los deja usted solos a esos muchachos?... ¿Siendonovios?ADELAIDA.—Conozco mis deberes de madre, caballero. Habrá ustedobservado que exijo que toquen al piano una romanza.RAÚL.—Sí.ADELAIDA.—Pues bien: esa romanza tiene que tocarse a cuatromanos... No hay peligro. (Dentro suena la voz apagada de un piano.)¿Ve? Ya tocan juntos. ¡La vida moderna nos ha enseñado tanto a lasmadres! (La música sigue tocando muy piano, para que no tape eldiálogo.)RAÚL.—Su idea es maravillosa, señora. Pero comencemos lasdiligencias. VALENTÍN.—¡Sí, sí, comencemos!ADELAIDA.—(A Raúl.) Señor Grau...RAÚL.—Aribáu, señora.ADELAIDA.—Señor Aribáu, le suplico que evite este divorcio.RAÚL.—No me es posible, se lo aseguro. Precisamente la especialidadde m¡ carrera son los divorcios. Su hija es mayor de edad, y si ellaquiere divorciarse...VALENTÍN.—¡Naturalmente! Si ella quiere divorciarse...ADELAIDA.—Pero ¿qué dirán nuestras amistades? ¡Con lo mal quehabla la gente!VALENTÍN.—(Interviniendo nuevamente.) La gente habla mal, enefecto; pero piense usted, señora, en que si todo el mundo hablarabien, los buenos oradores no tendrían público.RAÚL.—(Cada vez más maravillado.) ¡Qué talento! el de estefontanero!VALENTÍN.—(Modestamente.)¡Bah! Todo se reduce a que he tenidomuy buenas fuentes... de conocimiento. (El piano deja de tocar, yAdelaida da un respingo, alarmada.)ADELAIDA.—¡El piano ha dejado de sonar! Ahora vuelvo. (Vaserápidamente por la izquierda.)RAÚL.—(Viéndola irse.) ¡Pobre y santa madre! (Transición.) Conpermiso de ustedes... (A Berta y Valentín.) Haré unas preguntasprevias... (Forma un grupo con Berta y Valentín. Alejandra y Marianose hallan al otro lado de la escena, sentados en sendos sillones, y deespaldas uno a otro.) Veamos... ¿Cómo se llama usted, fontanero?VALENTÍN.—Valentín... Valentín Lozano.RAÚL.—¿Edad? ¿Estado?VALENTÍN.—Cuarenta y cinco años. Casado; con diez hijos varones.RAÚL.—¿Diez hijos?VALENTÍN.—Sí, señor. En el barrio me llaman el "Proveedor delEjército".RAÚL.—(Dándole la mano.) ¡Diez hijos! Mi enhorabuena en nombre delos primeros pobladores de España. (A Berta.) ¿Y usted? ¿El nombrede usted?BERTA.—Berta, Berta... Lozano.RAÚL.—¿Como el fontanero?BERTA.—Sí. Es un apellido corriente. Cuarenta años. Soltera.RAÚL.—Soltera, sin hijos...BERTA.—Sin hijos, para compensar los diez de este señor. (PorValentín.)ADELAIDA.—(Entrando por la izquierda.) ¡Pobrecitos!... Se entreteníanviendo un álbum de retratos. Ahora he ordenado a la doncella que leshaga compañía.RAÚL.—Perfectamente. Entonces podemos comenzar las diligencias.Siéntense ustedes. (Todos se sientan.)ADELAIDA.—Un instante, señor Aribáu. Ruego a usted que ordene alfontanero que deje el martillo. Acostumbra accionar con él, y temo una desgracia. (Valentín se echa el martillo al hombro.)RAÚL.—(En tono doctoral.) Señores... He sido llamado para tramitarun divorcio.VALENTÍN.—Lo sabíamos.ADELAIDA.—Fontanero, no interrumpa.RAÚL.—La necesidad de este divorcio es urgente. Doña AlejandraRomay y don Mariano Balfur no se entienden porque no se aman.BERTA.—Se aborrecen.VALENTÍN.—Sí; ¡se aborrecen!ADELAIDA.—(Encarándose de nuevo con Valentín.) Pero ¿usted quésabe?RAÚL.—Por ello he dicho que el divorcio es urgente. Pero legalmente,señores, el divorcio, en este caso, es imposible.MARIANO Y ALEJANDRA. — (Al mismo tiempo.) ¿Qué?...ADELAIDA.—¡Dios mío! (Con alegría.)VALENTÍN.—Como testigo que soy, pido que el abogado explique suspalabras.RAÚL.—Más claro: no existe causa de divorcio...ALEJANDRA.—(Indignada.) ¿No habrá venido usted para decir eso?RAÚL.—Un poco de calma. Un poco de calma... (Interrogando aAlejandra.) Su marido, señora, ¿ha introducido alguna amante en eldomicilio conyugal?ALEJANDRA.—No.RAÚL.—Primera causa de divorcio que no existe. ¿Usted misma hatenido amantes?ADELAIDA.—(Saltando.) ¡Caballero! ¡Mi hija es una persona decente!ALEJANDRA.—¡Calla, mamá! (A Raúl.) No, señor. No he tenido amantes.RAÚL.—Segunda causa de divorcio que no existe. (A Alejandra y aMariano.) A usted, señora, o a usted, señor, ¿les huele el aliento?ADELAIDA.—¡Qué porquería! (Todos protestan con el gesto.)VALENTÍN.—Usan perborato. Lo he visto en el cuarto de baño.ALEJANDRA.—No nos huele.RAÚL.—Tercera causa que no existe. Su marido, señora, ¿le ha pegadoalguna vez, causándole lesiones?ALEJANDRA.—No.RAÚL.—Cuarta causa negativa. ¿Le ha aconsejado a usted su maridoque usted amase a otro hombre?ALEJANDRA.—No. Y puede que tampoco le hubiese hecho caso.RAÚL.—Quinta causa de divorcio que no existe. Otra pregunta... deíndole delicada. ¿Su marido sufre alguna enfermedad?MARIANO.—No sufro ninguna enfermedad. Puede usted registrarme.ALEJANDRA.—El año pasado tuvo la gripe.RAÚL.—No nos sirve.VALENTÍN.—Ni a él tampoco.RAÚL.—(A Alejandra.) Y, por último, señora, ni usted ni su maridopadecen de enajenación mental...ALEJANDRA.—¡Ah! Pero ¿la locura es causa de divorcio? VALENTÍN.—Todo lo contrario: la locura es causa de matrimonio...ADELAIDA.—¡Fontanero!RAÚL.—(A Alejandra.) ¿Se convence usted, señora, de que no existecausa de divorcio? Existe voluntad; pero causa, no. Claro que yo soyun gran abogado, y existiendo voluntad, lograré el divorcio. ¡Lavoluntad es la palanca mágica que mueve el mundo!VALENTÍN.—¡Bravo!ADELAIDA.—(Dignísima.) ¡Fontanero!VALENTÍN.—¡Bravo! ¡La palanca y el martillo son los grandes orgullosde la mecánica! Dejad que un pobre obrero aplauda tan hermosafrase... ¡Bravo!RAÚL.—Gracias, muchas gracias... (Raúl le tiende la mano, y Valentínle da el martillo; luego, rectifica, y ambos se estrechan las manos.)ALEJANDRA.—¿Y cómo piensa usted lograr nuestro divorcio? ¿Porincompatibilidad de caracteres?RAÚL.—No podría. Los juristas, en lugar de resolver divorcios porincompatibilidad de caracteres, aconsejan a los cónyuges unos mesesde campo.MARIANO.—¿Entonces...?RAÚL.—Mi procedimiento es más sencillo y más seguro. A usted,señora (A Alejandra), su marido no le ha pegado nunca. Pues bien:yo he pensado que le pegue a usted hoy, delante de testigos, y asíexistirá la causa de divorcio denominada "malos tratos".VALENTÍN.—¡Genial!RAÚL.—(Pavoneándose.) ¿Eh?VALENTÍN.—¡Portentoso! ¡Genial! (Le abraza.) ¡Extraordinario !ADELAIDA.—¿Que ese hombre pegue a mi hija?MARIANO.—Que pegue yo a mi mujer, ¿verdad? (Hace flexiones debrazos, muy contento.)RAÚL.—Sí, sí; que le pegue.VALENTÍN.—Que le pegue y la insulte. Así serán malos tratos depalabra y obra.RAÚL.—¡Eso es! Muy bien.MARIANO.—¿Qué dices tú a eso, Alejandra?ALEJANDRA.—Espero con impaciencia tus insultos y tus golpes.MARIANO.—¡Magnífico! ¿Le pego también a la doncella? (Lanza sobreBerta miradas de odio.)RAÚL.—Vamos... Comencemos. Usted y usted (A Berta y a Valentín.),a mi lado. Abran bien los ojos. Son los testigos. Usted (A Mariano.)insulte a su esposa.MARIANO.—¿Qué le digo? ¿Qué le digo?VALENTÍN.—Llámela antipática.RAÚL.—¡Eso es poco! Llámela "hembra sin pudor".ADELAIDA.—(Indignada.) ¡Delante de mí no insulta a mi hija!RAÚL.—Señora, no interrumpa, que estamos en una diligencia.ADELAIDA.—Aunque estuviéramos en un expreso, caballero. Es mi hija.ALEJANDRA—Mamá, te ruego que te calles. Si no puedes callarte, vete. MARIANO.—Yo soy el marido, y me veo forzado a pegarle. Ya ve usted,mamá Adelaida, a lo que puede conducirnos la civilización.RAÚL.—¡Vamos! Tengo prisa... (A Mariano.) Insúltela como hemosconvenido, y hágala objeto de malos tratos.MARIANO.—Debo decirle hembra sin pudor, ¿no?RAÚL.—Sí.MARIANO.—¡Hembra sin pudor! ¡Hembra sin pudor! ¡Hembra sin pudor!(De carrerilla.)RAÚL.—(Con gesto de hastío despreciativo.) ¡No, hombre! Basta conuna vez. Pero ¡bien dicho!MARIANO. —(Insultante, a Alejandra.) ¡Hembra sin pudor!RAÚL.—Eso es. ¡Así! ¡Péguele ahora! (Mariano va a pegar a Alejandra;pero su mano queda en el aire, sin acabar de caer.)MARIANO.—No puedo... Les aseguro a ustedes que no puedo.VALENTÍN.—Un pequeño esfuerzo...RAÚL.—¡Vamos! ¡Péguele! ¡No podemos aguardar toda la mañana!MARIANO.—En fin. (Cerrando los ojos, le da a Alejandra, un cachete enel hombro.) ¡Toma!RAÚL.—¡Más fuerte! Diga usted: "¡Toma hembra sin pudor!" (Haceademán de dar un puñetazo espantoso.) ¡Y zúmbela así!ADELAIDA.—¡Qué barbaridad! ¡La va a deshacer!MARIANO.—(Dando a Alejandra un cachete más fuerte en el brazo.)¡Toma, hembra sin pudor!RAÚL.—¡Basta! ¡Basta! (Raúl se reviste de dignidad y, echando lumbrepor los ojos, se vuelve hacia Berta y Valentín.) Ustedes han sidotestigos... Ustedes lo han visto. Delante de todos nosotros, estehombre (Señalando a Mariano.) ha cometido la asquerosa villanía depegar a su esposa. (Apocalíptico.) ¡Qué espectáculo tan repugnante!Las personas honradas estallamos de indignación en estos casos.¡¡Parece mentira que semejante cosa pueda ocurrir en pleno sigloveinte!!MARIANO.—(Apabullado.) Pero, oiga usted, Raúl: yo...RAÚL.—(Furioso. A Mariano.) ¡Calle! ¡Calle! No añada el cinismo a lavileza... ¡Canalla! ¿Cómo ha podido usted levantar su mano sobreesta angelical criatura? ¡Todos hemos visto que la ha golpeado usted,y no contento con eso, monstruo de cobardía, la ha insultado!... ¡Quéasco! ¡Insultar a tu pura y digna esposa con la peor palabra quepuede salir de labios de un hombre!MARIANO.—(Hecho un lío; intentando justificarse.) Pero, ¡caramba!,yo...RAÚL.—(Con voz de trueno.) ¡Silencio! (Todos están asombrados.)ADELAIDA.—Pero, señor Aribáu...ALEJANDRA.—Él me pegó porque usted dijo que...RAÚL.—¡A callar! ¿Van a defenderle? ¡Ah! ¡La familia!... La familiatiene la culpa de que muchos hombres mueran en el patíbulo... Unhombre roba, y la familia, sólo porque es su hermano, o su hijo, o susobrino, ya encuentra disculpable el robo... VALENTÍN.—Eso es verdad. Y hay padres que, después de haber sidoasesinados por su hijo, todavía le defienden.RAÚL.—Pero por eso yo he reunido testigos que no son de la familia.(A Berta.) ¿Usted vio cómo pegaba e insultaba a su esposa?BERTA.—Lo vi.RAÚL.—(A Valentín.) ¿Y usted lo vio?VALENTÍN.—Lo vi, rechinando los dientes de rabia.RAÚL.—Y entonces... ¿Puede negarse el delito? ¡Hay testigos de estainfamia! ¡Pero no quedará sin castigo! ¡La Inquisición concluyó conFernando Sexto!...VALENTÍN.—(En voz baja.) Con Fernando Séptimo.RAÚL.—¡Digo, con Fernando Séptimo! (Aparte.) Gracias. (Alto.) Y hoyla palabra libertad es algo más que una palabra; ¡es el símbolo y elblasón de una época!VALENTÍN.—Muy bien.RAÚL.—Llegado a este doloroso extremo un matrimonio, la vidaconyugal se hace imposible, y las almas sólo pueden hallar unlenitivo, un bálsamo y una válvula en la separación, en el divorcio.VALENTÍN.—¡Eso es!ADELAIDA.—¡Dios mío, a ello hemos ido a parar!... (Se deja caer en unsillón.)RAÚL.—Porque divorcio significa libertad. (Al oír esto, Valentín dejaescapar un silbido de satisfacción y escribe algo rápidamente en larevista que está sobre la mesita. Raúl sigue su alegato. A Alejandra.)Usted, señora, quede tranquila. Su marido no estará a su lado. A lamanzana podrida se la separa de las demás.VALENTÍN.—Eso es cierto. Y yo lo sé decir en verso: "Si te dan unacesta de manzanas, separa las podridas de las sanas."RAÚL.—El divorcio se resolverá con todas las ventajas para usted,señora, y su indigno esposo tendrá que pasarle una fuerte rentamensual. Mi enhorabuena por este excelente resultado. (A Mariano.)Y usted, váyase de esta casa. ¡No tiene derecho a habitar un hogarhonrado! (Inclinándose ante los demás.) Señores, buenos días. (ABerta.) Acompáñeme hasta la puerta, testigo... (Saluda muy fino y seva por la izquierda. Mariano, queriendo explicarle algo, le sigue.Detrás de ellos va Berta. Una pausa. Alejandra queda con la vista enel suelo, y al fin, alza el rostro.)ALEJANDRA.—Voy a decir adiós a Mariano, por última vez. No quieroque piense que estoy triste. (Se va por la izquierda.)ADELAIDA.—(Levantándose furiosa y encarándose con Valentín.)Bueno. ¡Usted tiene la culpa de todo!VALENTÍN.—¿Yo?ADELAIDA.—¡Usted, sí, que en su imbecilidad ha sido capaz de hacer detestigo! ¡Es usted un mal hombre!VALENTÍN.—Soy fontanero.ADELAIDA.—¡Y esa hija, esa hija, que está loca! ¡Divorciarse!Divorciarse en el mes de mayo, cuando se echa encima el veraneo... ¡Dios mío! ¡Dios mío! (Inicia el mutis por la izquierda.)VALENTÍN.—(Lentamente y adoptando un aire distraído, como sihablase solo.)El crepúsculo es siempre igual...El sol se esconde en el fanalde unas nubes incandescentes...El crepúsculo es siempre igual...Pero ¡los hay muy diferentes!(Adelaida, que había llegado a la puerta, se detiene al oír el primerverso, y se vuelve a escuchar los que siguen. Al acabar Valentín,avanza hacia él, estupefacta.)ADELAIDA.—¿Qué significa? (Con el temor de equivocarse.) ¿Es ustedValentín?VALENTÍN.—"El crepúsculo es siempre igual... Pero ¡los hay tandiferentes!"ADELAIDA.—(Con certidumbre.) ¡Valentín!VALENTÍN.—(Inclinándose ceremoniosamente.) Valentín.ADELAIDA.—Pero... ¡de fontanero!VALENTÍN.—¿De fontanero?... (Alargando el pie.) ¿Son de fontaneroestos zapatos?ADELAIDA.—¿De qué son?VALENTÍN.—De charol.ADELAIDA.—(Con alegría.) ¡Usted es Valentín! Tal respuesta sólo puedeser de Valentín.VALENTÍN.—A Valentín no le queda ya más que eso... Eso y aquellosversos que no conoce nadie más que usted: "El crepúsculo essiempre igual..." Ha envejecido mucho Valentín; ha envejecido tanto,que ya se detiene a ver pasar las muchachas de trece años.ADELAIDA.—¡Bah! Pero el espíritu lo conserva usted.VALENTÍN.—En alcohol.ADELAIDA.—Y conserva usted la figura...VALENTÍN.—En corsé faja.ADELAIDA.—Y, por lo visto, su vida sigue siendo una novela deaventuras.VALENTÍN.—Encuadernada en rústica. Además, se le ha estropeadomucho la portada.ADELAIDA.—(Sentándose y con expresión curiosa.) Y a mí, ¿meencuentra usted bien aún?VALENTÍN.—La encuentro mejor que antes. Ahora ya ha aprendido apintarse.ADELAIDA.—¿Me pintaba mal antes?VALENTÍN.—Se pintaba usted de un modo cubista.ADELAIDA.—Tenía muy poca experiencia.VALENTÍN.—Y, además, me dijo usted entonces que también tenía pocaluz en el tocador...ADELAIDA.—Valentín... Pero ¿cómo está usted en esta casa?VALENTÍN.—Divinamente. Me divierto desde hace nueve horas. He entrado por el balcón y saldré por la puerta: un itinerario agradable.Por cierto que sus hijas son muy lindas...ADELAIDA.—Gracias, Valentín.VALENTÍN.—Y las dos tienen que advertir que son hijas suyas para queuno crea que son más jóvenes que usted.ADELAIDA.—Muchas gracias, Valentín.VALENTÍN.—No me dé usted las gracias. Si estuviese hablando conellas, diría todo lo contrario.ADELAIDA.—¿Eh? (Por la izquierda entra Alejandra.)ALEJANDRA.—Ya se ha ido. (Valentín desaparece por la segundaderecha aprovechando la entrada de Alejandra.)ADELAIDA.—(Levantándose y abrazando a Alejandra.) Hija, tearrepentirás de esto... Te arrepentirás.ALEJANDRA.—Creo que no, mamá; no quiero a Mariano.ADELAIDA.—Nunca se sabe si se quiere o no a un hombre. Tearrepentirás... (Con una transición.) Arréglate. Vente a casa yalmuerza hoy con nosotros.ALEJANDRA.—Bueno... Eso, sí.ADELAIDA.—Voy a buscar a tu hermana. La he dejado sola demasiadotiempo. ¡Lo que te vas a arrepentir! (Se va por la izquierda. Unapausa. Alejandra queda pensativa junto a la mesa enana. Por laderecha entra Valentín. Se ha quitado la chaqueta azul y se ha puestosu ropa; trae al brazo el abrigo, y en la mano el sombrero.)VALENTÍN.—Ya he acabado de arreglar la cañería. Adiósdefinitivamente, señora.ALEJANDRA.—Adiós.VALENTÍN.—Me voy muy contento. He resuelto del todo el jeroglífico depalabras cruzadas. Ya sé cuál es la palabra de ocho letras quesignifica "libertad". Es la palabra "divorcio". Divorcio. Ocho letras...(Se inclina e inicia el mutis. En este momento entra Mariano por lapuerta de la izquierda, a cuerpo, pero con el sombrero puesto. Entrarápidamente, como si viniera a hacer alguna advertencia aAlejandra.)MARIANO.—Venía a decirte, Alejandra, que... (Ve a Valentín y sedetiene, estupefacto. Alejandra se pone en pie, adivinando lo que vaa pensar Mariano. Una pausa. Súbitamente furioso. Quitándose elsombrero y tirándolo de un revés.) ¿Qué es esto? ¿Quién es esehombre?ALEJANDRA.—(Angustiada.) Es..., es el fontanero, Mariano.VALENTÍN.—Sí, señor; el fontanero.MARIANO.—(Contemplando el estupendo abrigo de Valentín, susombrero elegante y su traje impecable.) El fontanero, ¿eh? ¡Estábien, Alejandra!ALEJANDRA.—No es el fontanero, Mariano. Pero, por Dios, no piensesnada malo...VALENTÍN.—No piense usted nada malo, caballero.ALEJANDRA.—(A Mariano.) Yo te explicaré, ¿sabes? (Señalando a Valentín.) Entró anoche por el balcón y...MARIANO.—(Cortándola.) ¡Calla! ¡No me des detalles! Séperfectamente que en estos casos se suele entrar por el balcón.ALEJANDRA.—¡Mariano, que yo te aseguro que...!MARIANO.—¡Te he dicho que calles! Piensa que podría matarte a titambién.VALENTÍN.—(A Alejandra.) Eso es, piense que la puede matar a ustedtambién...MARIANO.—Pero no lo haré. Soy un hombre civilizado. Me limitaré amatar a este señor. (Por Valentín.)VALENTÍN.—Le agradezco a usted de veras esa distinción tan civilizada;pero si no quiere molestarse...MARIANO.—Matarle a usted es cosa decidida.ALEJANDRA.—¡Pero, Mariano...!VALENTÍN.—(Imponiéndola silencio con un gesto.) ¡Chis! Nadapodemos hacer, señora. Lo tiene decidido...MARIANO.—Vamos a mi despacho. Esto no debe trascender. Además,usted (A Valentín.) tiene que firmar una carta al juez para que laPolicía no me moleste cuando le haya matado. Y tú (A Alejandra.), ¡niuna palabra! Si hablas o gritas, seguirás la suerte de este señor.¡Vamos! (Les indica la puerta de la izquierda.)ALEJANDRA.—(Suspirando, aterrada.) ¡Dios mío! (Hace mutis.)VALENTÍN.—(Cediendo el paso a Mariano.) Usted primero, caballero. Nopuedo consentir...MARIANO.—Pase usted. (Secamente.) Vamos... Hágame el favor depasar. (Aún dudan unos momentos mutuamente, y, por fin, sedeciden a un tiempo y hacen mutis, dándose un empujóninvoluntario.)TELÓN ACTO TERCEROUn despacho lujoso. En el foro, una puerta de corredera con forillo depasillo. Apliques, lámpara en el techo y sobre la mesa. Teléfonoportátil. Diván y dos butacones en el primer término.Al levantarse el telón, la escena sola. Hay una pausa larga. Al final deella, la puerta del foro, que estaba cerrada, se abre, y en el forilloaparecen Alejandra, Valentín y Mariano. Los tres se hallan en idénticasituación en que los dejamos al final del acto segundo. Es decir, queen el entreacto nuestros amigos no han hecho más que recorrer elpasillo de la casa y trasladarse de la alcoba a ese despacho en quelos presentamos. Naturalmente, Alejandra viste el mismo traje;Valentín trae el sombrero en la mano y el abrigo al brazo, y Marianoel sombrero; en una palabra, de un acto a otro, nada ha cambiado enellos, ni siquiera el gesto o la actitud.EMPIEZA LA ACCIÓNMARIANO.—(Desde el forillo, a Alejandra, secamente.) Pasa. (AValentín.) Pase usted. (Valentín y Alejandra entran en escena.)VALENTÍN.—(Aparte a Alejandra, y rápidamente.) Señora, no proteste;cállese; y dígale a todo que sí. Conozco estos caracteres fríos ycalcinadores, y no conviene excitarle... (Mariano va lentamente haciala mesa de despacho, y Valentín y Alejandra, cada uno a un lado dela escena, esperan los acontecimientos: ella, angustiadísima; él,dominándose, como de costumbre. Por fin, Mariano parece decidirse.Saca una pistola del cajón y la examina en silencio durante unossegundos. Alejandra mira a su marido con los ojos muy abiertos porla ansiedad. Valentín se acerca a Mariano. Con curiosidad.) ¿Calibreseis treinta y cinco.MARIANO.—Sí, señor. Calibre seis treinta y cinco.VALENTÍN.—¿De cuántos tiros?MARIANO.—De seis.VALENTÍN.—Pues si usted me apunta bien, van a sobrar cinco.MARIANO.—Sobrarán.VALENTÍN.—¡Ah! (Pausa.) Es muy bonita, ¿eh?MARIANO.—No es fea.VALENTÍN.—¿La compró, o se la regalaron?MARIANO.—(Mirándole fijamente.) Creo que no es éste el instante de satisfacer su curiosidad.VALENTÍN.—Es una curiosidad póstuma. Y estoy en mi derecho al pedirinformes de la pistola. Nunca me perdonaría el morir por culpa de unarma de procedencia criminal.MARIANO.—Siéntese ahí y escriba lo que voy a dictarle.VALENTÍN.—¿Dónde me siento?MARIANO.—Ahí. (Le señala el sillón de la mesa.)VALENTÍN.—Un momento... Me parece indispensable advertirle que yono tengo costumbre de escribir al dictado.MARIANO.—No importa. Siéntese y escriba.VALENTÍN.—(Sentándose ante la mesa de despacho.) ¿Quiere usteddejarme su estilográfica? Si no es con estilográfica, no puedoescribir... Ayer me compré una, y se me perdió. Bueno... La verdades que no recuerdo bien si se me perdió o es que no llegué acomprarla.MARIANO.—(Dándole la estilográfica.) Tome. Y escriba. (Se pone apasear de largo a largo de la habitación, con las manos en la espalda.Sigue teniendo la pistola en la derecha.)VALENTÍN.—¿Papel?MARIANO.—Hay ahí. (Señalando la mesa.)VALENTÍN.—Pero este papel está timbrado con su nombre, y me parecemal escribirle al juez en un papel ajeno.MARIANO.—No importa. Será señal de que usted ha muerto en estacasa voluntariamente. (Impaciente.) ¡Escriba! (Paseándose ydictando.) "Señor juez de guardia. Mi distinguido amigo."VALENTÍN.—¿Amigo ?MARIANO.—¡Amigo! Escriba usted. (Dictando.) "Harto de mi vida sinideales... (Valentín hace un gesto de disgusto, como si protestara deque él tiene ideales; pero se resigna y escribe.), he decidido morir.Lamento molestarle en el cumplimiento de su deber; pero no puedohacer más que lamentarlo."VALENTÍN.—(Escribiendo.) "...lamentarlo." (A Mariano.) ¿Le parece austed que pongamos un párrafo hablando de lo duro que es siempreel cumplimiento del deber?MARIANO.—No. Escriba. (Dictando.) "Pido perdón a usted, así como ami querido amigo don Mariano Balfur, en cuya casa me suicido. Yadvierto, naturalmente, que nadie más que yo es responsable de mimuerte."VALENTÍN.—Ahora se dice "tránsito".MARIANO.—Ponga usted "muerte", para que nadie tenga ninguna duda.VALENTÍN.—Pondré "muerte". Y si alguien duda, bastará que vean micadáver para comprender que he fallecido. (Escribe.)MARIANO.—Exacto. (Dictando.) "Queda de usted afectísimo..." Firmecon dos apellidos y rubrique.VALENTÍN.—Ya está.MARIANO.—Traiga. (Coge el papel y lo lee mentalmente.) Está bien.Guárdeselo en un bolsillo. (Se lo da.) El juez debe encontrarlo en su bolsillo.VALENTÍN.—¿En qué bolsillo me lo guardo?MARIANO.—Es igual. Basta con que sea en uno. ¿Tiene usted algunadisposición que hacer?VALENTÍN.—No se me ocurre nada. Pero si usted me dejara unos añospara pensarlo...MARIANO.—Lo siento; no es posible. Y ahora, Alejandra (Volviéndosehacia ella), supongo que habrás cambiado de opinión respecto a mí.Me dijiste anoche que yo era un hombre vulgar. Lo que estoyhaciendo no es propio de un hombre vulgar.ALEJANDRA.—No lo es. Pero óyeme, Mariano: sufres un error. Yo quieroexplicarte...MARIANO.—(Tajante.) ¡De eso, ni una palabra! ¡Ni una palabra, operderé la serenidad! (Coge la pistola con la izquierda y tira delcerrojo con la mano derecha, pero el cerrojo no cede. Durante unosmomentos, Mariano, con gesto contrariado, forcejea en la pistola.Valentín y Alejandra le contemplan con enorme interés.)VALENTÍN.—(Después de una pausa en la que Mariano hurga en la"browning".) ¿Qué pasa?MARIANO.—No sé... Parece que se ha atrancado... (Sigue forcejeando.)VALENTÍN.—(Después de otra pausa.) ¿No puede? A lo mejor es queestá en el seguro.MARIANO.—(Con esa rabia reconcentrada que siente todo hombre alluchar contra un mecanismo rebelde.) No... Si el seguro lo he quitadoantes...VALENTÍN.—Saque usted el cargador, a ver... (Los tres forman ungrupo lleno de curiosidad y de ansia de triunfo. Mariano saca elcargador del arma y vuelve a forcejear.)MARIANO.—Tampoco...VALENTÍN.—Meta otra vez el cargador de un golpe, y tire del cerrojobruscamente. (Mariano obedece.)MARIANO.—No hay manera.VALENTÍN.—Déjeme usted a mí... (Le pide la pistola con un gesto.)MARIANO.—(Dándole la pistola.) Cuidado, no se dispare y se hierausted.VALENTÍN.—(Forcejeando a su vez.) Bueno, es una lata... Ahora, nipara atrás ni para adelante.MARIANO.—¿No se le habrá dado la vuelta al cañón? Traiga, a ver si...(Le coge la pistola a Valentín y vuelve a bregar con ella.)VALENTÍN.—¡Para que luego hablen de las armas modernas!... Siviviésemos en el siglo trece, usted me habría dado un hachazo, y yahabríamos acabado de una vez.MARIANO.—¡No hay forma; está visto!VALENTÍN.—¿Por qué no probamos a engrasarla? (A Alejandra.)¿Quiere usted llamar a una doncella, señora, para que traiga un pocode aceite?MARIANO.—No. Que no llame a nadie. Acaso este incidente sea providencial... ¡Sí! ¡Es providencial! (Deja la pistola en la mesa.)ALEJANDRA .—¿Eh?MARIANO.—Creo en la Providencia, y he pensado no matarle a usted.(A Valentín.)VALENTÍN.—Entonces, yo también creo en la Providencia.MARIANO.—(Sentándose.) Muchas veces he pensado en lo que yo haríasi me hallase en un caso como éste, y siempre llegué alconvencimiento de que mataría al seductor.VALENTÍN.—Pero tenga usted en cuenta que nunca pensó en que se leiba a estropear la pistola.MARIANO.—Por eso creo que es providencial la avería. ¡Porque podréno haberle matado a usted; pero no dejaré de aborrecerla a ellajamás! (Se levanta.)ALEJANDRA.—¡Mariano!MARIANO.—¡Jamás! (Va hacia la puerta.)ALEJANDRA.—No. Eso no... (Le obliga a volver sobre sus pasos.) Tienesque oírme. Tú no puedes creer lo que crees y juzgarme como unamala mujer.MARIANO.—(Cruzándose de brazos.) Habla. Te oigo.VALENTÍN.—(Aparte.) Hermosa actitud.ALEJANDRA.—Yo no conozco a ese señor. (Por Valentín.) Anoche, al ratode irte tú, entró por el balcón de la alcoba. Me dijo que era un ladrón;luego lo negó, me hizo apagar la luz...MARIANO.—(Levantando los brazos al cielo.) ¡Apagar la luz! ¡Y loconfiesa! ¡Es el colmo! (Se pasea como una fiera en la jaula,diciendo: "¡Es el colmo! ¡Es el colmo!" Alejandra, desesperada, lesigue en sus evoluciones.)ALEJANDRA.—¡Pero escúchame! ¡Escúchame, por Dios!VALENTÍN.—Caballero, escúchela, que los ataques de nervios de lamujer son mortíferos para la salud del marido.MARIANO.—Ni yo soy su marido, ni ella es mi mujer. (Deteniéndose. AAlejandra.) En fin, habla. A ver qué mentiras se te ocurren.ALEJANDRA.—No miento. Digo la verdad. Me hizo apagar la luz parasalvarse de un policía; pero luego resultó que lo que quería era verqué tal estaba la habitación a la luz de la luna.MARIANO.—¿Y eso dices que es una verdad? ¿Me quieres hacer creerque eso puede ocurrir? ¡Se necesita ser idiota como un mosquito!ALEJANDRA.—¡Que es cierto, Mariano!VALENTÍN.—Es cierto, caballero.MARIANO.—(Gruñendo.) Bueno. Sigue. A ver hasta dónde llega laimaginación de una infiel...ALEJANDRA.—Te pido de rodillas que me creas. Yo le dije: "Váyaseusted...; soy una mujer honrada", y él me contestó que por esomismo no podía irse, porque le verían salir y juzgarían mal de mipersona y de mi conducta. Entonces decidió pasar aquí la noche...MARIANO.—¿Y eso no podía hacer que te juzgasen mal? ¡Qué idiotez!¡Qué idiotez! ALEJANDRA.—(Llorosa.) ¡Pero, Mariano, si pasó la noche en un sillón!¡Si yo he dormido en la alcoba de respeto! Puedes preguntárselo aBerta...MARIANO.—Yo no acudo a las doncellas más que para mandarles queme preparen el baño.VALENTÍN.—Eso está bien.MARIANO.—(A Valentín.) Ni busco tampoco su opinión.VALENTÍN.—Eso está mal.ALEJANDRA.—Esta mañana, cuando ya se iba, llegaron mamá, Lisa yGerardo, y para que no creyesen lo que no era, este señor se vistióde fontanero. Luego, llegaste tú..., y eso es todo. (Llorosa.) ¡Y pensarque yo...!MARIANO.—¡Mentira sobre mentira!... ¡Un tejido de embustes! ¡Bah! Sial menos tus mentiras te diesen interés...ALEJANDRA.—¡Ay, que dice que no tengo interés!...MARIANO.—¡Adiós, Alejandra! ¡Lo mejor es el desprecio! Mi desprecioserá el mayor castigo para ti... Ahí te quedas con ese... fontanero. Siaún me quieres, también él resultará castigado, porque le arañarás alver que por él me pierdes a mí... ¡Adiós para siempre! (Hace un gestodigno y se va. Alejandra se queda mirando a la puerta, como siestuviese soñando. Hay una pausa larga, al cabo de la cual ellareacciona angustiada.)ALEJANDRA.—¡Se ha ido! ¡Se ha ido!...VALENTÍN.—Sí, verdaderamente se ha ido.ALEJANDRA.—¡Y se ha ido por usted!VALENTÍN.—Crea usted, señora, que si en lugar de ser yo hubiera sidootro, él se habría marchado igual.ALEJANDRA.—(Furiosa.) ¡Se habría marchado igual! ¿Y usted no ve quele pierdo por su culpa?VALENTÍN.—Puede ser. Pero no me arañe usted, que se le va a saltar elesmalte de las uñas.ALEJANDRA.—(Desesperada.) ¡Dios mío! ¡Un hombre como él! ¡Unhombre que me llevaba al teatro todos los domingos! ¡Un hombreque sabía lucir tan bien el "smoking"! ¡Un hombre que le interesaba auna hasta leyendo el programa de la "radio"! ¡Un hombre que estabasiempre en todo, que si teníamos entradas para el teatro o para el"cine", venía temprano a comer! ¡Un hombre que entendía tanto defútbol y de toros!... ¡ Un hombre de tanto espíritu!VALENTÍN.—Pero...ALEJANDRA.—¡Y delicadísimo! ¡Y complaciente! ¡Perder a ese hombre!(Llorosa.) ¡Perder a ese hombre por un fontanero!VALENTÍN.—Señora, que yo no soy fontanero...ALEJANDRA.—Pero merecía usted serlo. ¡Dios mío! (Se deja caer,gimoteando, en un sillón.)VALENTÍN.—Usted se olvida, señora, de que cuando yo aparecí anoche,usted ya había determinado divorciarse...ALEJANDRA.—¡Vaya una cosa! Ya se sabe que se determina el divorcio... ¿Y qué? Luego le llama a una el juez y le hace a una variasreflexiones con voz dulce: "Señora, mire usted bien el paso que va adar... Señora, que su marido la quiere mucho..." Y una se emocionaun poquito y deja que salga una lágrima. Y entra el marido y dice:"Tú has llorado, amor mío..." Y una niega. Y él insiste. Y habla eljuez. Y habla el marido, y todos ruegan y suplican. Y entonces, unahace un gesto de sacrificio, y dice: "En fin..., lo hago por los hijos." Ysi no se tienen hijos, se añade: "Lo hago por los hijos.., que puedanvenir de ahora en adelante."VALENTÍN.—¡Qué bonito cuadro! Pero si los hijos han de venir de ahoraen adelante", con tal de no reunirse otra vez, no hay necesidad desacrificarse por los hijos...ALEJANDRA.—(Mirándole despreciativamente.) ¡Uf! ¡Qué vulgaridad!¡Qué reflexiones de fontanero!VALENTÍN.—Bueno, ya no hay quien me quite ese oficio de encima. ¡Silo sé, me finjo aviador, que es más elevado. (Queda en la derecha.Por el foro entra Adelaida, muy extrañada y confusa, y se dirige aAlejandra.)ADELAIDA.—Pero ¿qué es esto? Mariano ha vuelto; se ha ido otra vez,echando chispas; se ha negado a explicarme detalles, y dice queahora más que nunca es necesario el divorcio. Explícate, Alejandra...ALEJANDRA.—Yo no explico nada; no tengo ganas de explicar nada.¡Que te lo explique el fontanero! ¡Dios mío, qué desgracia tan grande!(Se va por la izquierda a punto de llorar, desesperada.)ADELAIDA.—(Moviendo la cabeza en señal de reproche.) ¡Pero,Valentín!, ¿cómo se las arregla usted para estar siempre metido enalgún lío?VALENTÍN.—No lo sé... La verdad es que no lo sé. ¿Usted cree, señora,que el Destino puede influir en la vida de un hombre?ADELAIDA.—¿Qué clase de destino?VALENTÍN.—No. El Destino en general; la suerte, lo que "está escrito".ADELAIDA.—¡Ah! Creí que se refería usted a alguna plaza en Hacienda.(Transición.) Pues..., la verdad, no sé... No tengo opinión formadasobre eso...VALENTÍN.—Pues si el Destino influye en mi vida, mi destino es andarsiempre mezclado en un lío u otro. Entro en ellos sin saber cómo;salgo sin saber por dónde. Pero me paso la vida entrando y saliendoen cien jaleos diversos. Incendios, divorcios, secuestros,hundimientos, descarrilamientos, herencias embrolladas, bodas,robos, detenciones de estafadores...; en todas estas cosas, y enmuchas más, me he visto siempre metido sin comerlo ni beberlo. Heestado mezclado hasta en un rapto. (Sonriendo con intención.) En unrapto...ADELAIDA.—(Después de una pausa y de mirarle fijamente.) ¡Ah! ¿Nolo ha olvidado usted?VALENTÍN.—¿Cómo voy a olvidarlo? Si fue una de mis aventuras másencantadoras. Además, los dos éramos jóvenes entonces... ADELAIDA.—¿Los dos? ¡Los tres!VALENTÍN.—¡Es verdad! Los tres... Pero ¡qué distraído soy! (Con súbitoy amable interés.) ¿Y él? ¿Y Lorenzo?ADELAIDA.—Quedó en casa. Tiene ahora cincuenta y cuatro años, y leencanta ir a los teatros de variedades y tomar magnesia bisurada.VALENTÍN.—¿Recuerda usted? Fue hace ya treinta años. Era el día diezde abril...ADELAIDA.—El día nueve. Lunes.VALENTÍN.—¡Es verdad! El día nueve. Lunes. Yo viajaba en el correo deBarcelona. Era de noche, una noche de primavera, por cierto... Ibaleyendo un libro; pero acababa de dejarlo, y recostaba mi cabeza enel marco de la ventanilla...ADELAIDA.—Prefería usted ver la luna a leer...VALENTÍN.—No. Había dejado de leer, porque la luz del vagón erainfame.ADELAIDA.—Hoy pasa lo mismo que entonces...VALENTÍN.—Sí. Pero ahora, cuando me sucede, en lugar de contemplarla luna, empiezo a decir pestes de la R. E. N. F. E.ADELAIDA.—Los años...VALENTÍN.—(Alarmado.) ¿Eh?ADELAIDA.—¡Los años que hace!VALENTÍN.—¡Ah, sí! (Transición.) Llegaba el tren a la estación de Meco,y de pronto, ¡zas!, dos novios fugados que suben al vagón,escondiéndose. Él tenía veinticuatro años, y ella, dieciséis. Ella erausted; él era Lorenzo, su marido, el padre de Alejandra y de Lisa...ADELAIDA.—(Suspirando.) ¡Ay!VALENTÍN.—Me explicaron. Lorenzo la acababa de raptar. El padre deusted venía siguiéndolos.ADELAIDA.—¡Pobre papá!VALENTÍN.—¿Murió?ADELAIDA.—De los disgustos. Yo era la mayor de mis hermanas; atodas nos raptaron los que luego fueron nuestros maridos. Cuandoraptaron a la más pequeña el pobre papá murió agotado.VALENTÍN.—En un rapto de desesperación, claro. Era muy simpático.Era simpatiquísimo. Y, luego, ¡tan amable! Recuerdo cuando entró enel vagón, hecho una furia y pegándoles puntapiés a las maletas...ADELAIDA.—Sí. Pero tuvo que volver a marcharse...VALENTÍN.—Porque usted estaba agazapada en el estribo, por la partede fuera, oculta...ADELAIDA.—¡Y con un miedo a que el tren entrase en un túnel!VALENTÍN.—Luego... acabamos el viaje en Zaragoza...ADELAIDA.—Nos casamos en el Pilar...VALENTÍN.—Y al separarnos, nos prometimos amistad eterna...ADELAIDA.—Y nos repetimos, de despedida, unos versos de usted...VALENTÍN.—(Recitando.)El crepúsculo es siempre igual.El sol se esconde en el fanal de unas nubes incandescentes...ADELAIDA.—(Terminando.)El crepúsculo es siempre igual...¡Pero los hay muy diferentes!Y he aquí que una nueva aventura, en la que usted aparece metido,vuelve a unirnos..., ya un poco viejos...VALENTÍN.—(Sonriendo.) ¡Pchs!... El crepúsculo es siempre igual.ADELAIDA.—(Mirándole de alto abajo.) ¡Pero los hay muy diferentes...!(Transición.) Berta me ha explicado... ¿Cómo se le ocurrió entraranoche por el balcón?BERTA.—(Entrando por la izquierda.) Señora... La señorita está en sualcoba llora que te llora... ¿Qué será que donde entra éste se acaba lapaz? (Por Valentín.)VALENTÍN.—Estás equivocada, Berta. Donde entro yo entra la paz. Porlo visto te has olvidado de que, cuando yo entré aquella noche,Alejandra y su marido se habían separado ya. (Adelaida mira aambos con sorpresa de ver que se tutean. Por la izquierda entra laDoncella jovencita.)DONCELLA.—Señora, vengo a decir a la señora que en la puerta de laescalera está toda la mañana un perro, que no hace más que arañarla madera, y no se va aunque le demos escobazos.VALENTÍN.—(Vivamente.) ¡"Kant"! ¡Ese es "Kant"!ADELAIDA.—¿Quién?VALENTÍN.—"Kant", mi perro. (A la Doncella.) Éntrele usted en seguida.(Se va la Doncella.) ¡Pobre "Kant"! Es un "setter" que vive conmigo.Anoche, cuando entré por el balcón, venía con él; el pobrecito sequedó en la calle y, como olía mi rastro, no ha querido separarse dela puerta. Es un perro extraordinario.BERTA.—Pero su amo es más extraordinario todavía. ¿Ve la señora eljaleo que ha organizado en la casa? (A Adelaida, refiriéndose aValentín.) Pues siempre ha hecho lo mismo. Por eso yo, aun siendosu hermana, no he querido vivir nunca con él, y, en mi deseo de serindependiente, prefiero la tranquilidad de servir a la zozobra de queme sirvan otros viviendo con Valentín.VALENTÍN.—Calumnias. Yo no soy quien arma jaleos. Es que meencuentro metido en ellos sin saber por qué. (En la izquierda suenanlas voces de dos personas que discuten airadamente.)ADELAIDA.—¿Qué es eso?VALENTÍN.—Otro conflicto... Seguro.ADELAIDA.—¿Qué ocurre? (Por el foro entran Lisa y Gerardo.Especialmente él, está que echa chispas. Los sigue la Doncella.)GERARDO.—¡Pues no! ¿Sabes? ¡Pues no! Es demasiado, ¿eh? Esdemasiado, realmente.LISA.—Si es demasiado, lo dices. Y con tarifar, en paz. Yo tarifo.Tarifamos, ¡eso es!ADELAIDA.—Pero ¿qué pasa?GERARDO.—Que estoy negro. ¡Hala! ¡Negro! Realmente negro... Que si yo lo hubiera visto antes... ¡Realmente!ADELAIDA.—Pero ¿qué es?LISA.—Que éste (Por Gerardo.) está en un plan imposible.GERARDO.—Yo, ¿eh? ¡Ella! ¡Ella, que no hay quien la aguante! Esinaguantable. Realmente inaguantable. Creo que a mí... ¡Nones!Porque si ella cree que yo... ¡Ca! Desde que ha visto que su hermanase va a divorciar, se encoge de hombros a todo. Y yo no quiero unamujer que se encoja.ADELAIDA.—Me lo temía. Empieza a perder el interés por casarse.LISA.—No, mamá. Es que... (Habla aparte con Adelaida y Berta.)GERARDO.—(En otro aparte con Valentín.) Yo no sé quién es usted.Realmente, no le conozco. Pero ¿usted qué opina de esto? ¿Usted quéme aconseja? Realmente, ¿eh? Realmente...VALENTÍN.—Pero realmente, ¿a usted qué le ocurre?GERARDO.—Pues eso. Que no me hace caso; que se ha enfriadoconmigo desde que sabe que su hermana se divorcia.VALENTÍN.—¿Y usted quiere evitar ese enfriamiento?GERARDO.—¡Claro!VALENTÍN.—Pues no tiene más que un camino: asustarla. Hacerle creerque usted se va, o que la deja, o que va a tomar una decisión grave.GERARDO.—¡Eso es! ¡Sí, señor! Es verdad. Realmente, es verdad.¡Asustarla! ¡Claro! Hay que pensar algo para asustarla... (Por laizquierda entra Alejandra. Tiene una expresión rabiosa en elsemblante. Se acerca a Valentín.)ALEJANDRA.—Necesito hablar con usted muy seriamente de mi divorcio.¿Lo oye usted? ¡De mi divorcio!VALENTÍN.—Muy bien.ADELAIDA.—Espera un momento, hija mía. (Llamando a la Doncellajovencita.) ¡Leonarda!DONCELLA.—¿Señora?ADELAIDA.—Haz compañía a los señoritos... (A Gerardo.) Gerardo...,¿quiere usted pasar un momento al saloncito con Lisa? (A Lisa.) Lisa,ve con Gerardo.LISA.—Voy, mamá.GERARDO.—(Aparte, en el mutis.) ¡Menudo susto se me estáocurriendo!... (Lisa y Gerardo se van, seguidos de la Doncella.)ADELAIDA.—(A Alejandra.) No hables nunca de tu divorcio delante deLisa, Alejandra.VALENTÍN.—Creo que su precaución de hacerlos acompañar por ladoncella es inútil. Gerardo y Lisa están "de monos". Realmente, "demonos"...ADELAIDA.—Lo he hecho por eso precisamente. Cuando unos noviosestán regañados es cuando se hallan en mejores condiciones parareconciliarse.VALENTÍN.—Acertadísimo. Es verdad...ALEJANDRA.—(A Valentín, muy nerviosa.) He meditado mucho sobretodo lo ocurrido. Usted tiene la culpa de que Mariano se haya ido como se ha ido. Y exijo que usted deshaga este error, que me va acostar la felicidad. ¡Lo exijo!BERTA.—Eso está muy bien. El que arme líos, que los deshaga...ADELAIDA.—Está usted en la obligación de devolver la felicidad aAlejandra y a todos, amigo mío.ALEJANDRA.—(Acosándole.) Pero inmediatamente.BERTA.—Sin perder tiempo.ADELAIDA.—Y así cumplirá usted con su deber.VALENTÍN.—Perdonen ustedes un momento, señoras; pero es la una ycuarto de la tarde...ALEJANDRA.—¿Y qué?VALENTÍN.—Que precisamente a esta hora quedé con mi sastre en quele telefonearía... Con permiso, ¿eh? (Coge el teléfono y marca unnúmero, ante el asombro de ellas.) (Al teléfono.) ¿Es Menéndez? ¡Ah!Muy bien. Quería decirle que, por fin, necesito el "smoking" paramañana. Bueno, bueno. Adiós, Menéndez. (Cuelga el aparato.)Alejandra, discúlpeme... Decía usted, querida amiga, que este errorle va a costar la felicidad...ALEJANDRA.—¡Naturalmente! Conozco a Mariano. Se ha ido creyendoque usted me había seducido, y no volverá.ADELAIDA.—(Hecha un lío.) ¿Que se ha ido creyendo eso? Pero ¿cómoes posible?BERTA.—(A Adelaida.) La señorita me lo ha contado entre lágrimas.Este ganso (Por Valentín.) se las ha arreglado de manera para figurarcomo un seductor.VALENTÍN.—Berta, prescinde por un momento de decir tonterías. (Sesienta en un sillón y enciende un cigarrillo.)BERTA.—Yo no digo tonterías, y tú eres un lioso, Valentín.ALEJANDRA.—¡Perder a Mariano por culpa de un fontanero!VALENTÍN.—¡Y dale con lo de fontanero!ADELAIDA.—(A Valentín.) Sinceramente: es imperdonable indisponer aun matrimonio.ALEJANDRA.—¿Y hay derecho, después de haber cometido unamonstruosidad semejante, a tumbarse en un sillón y a prender fuegoa un cigarro?VALENTÍN.—Considere usted que sería mucho más monstruoso que metumbase en el cigarrillo y le prendiese fuego al sillón...ALEJANDRA.—(Retorciéndose los dedos, desesperada.) ¡Ay, qué hombretan antipático!ADELAIDA.—Pero, Valentín...BERTA.—(A Valentín.) ¿No te da pena ver la desesperación de esaniña?VALENTÍN.—Me da pena; pero es que, francamente, no comprendo loque se quiere de mí.ALEJANDRA.—¿Y qué voy a querer? Que Mariano vuelva...BERTA.—¡Pobrecita! Y pensar que cuando el señorito se marchó ibadiciendo por el pasillo: "Yo no piso esta casa ni con chanclos..." ADELAIDA.—¿Decía eso? ¡Válgame Dios!ALEJANDRA.—¡Que vuelva Mariano! ¡Eso es lo que quiero!BERTA.—(A Valentín.) Y te lo dice a ti, porque tu obligación es hacerlevolver...VALENTÍN.—Sin embargo, eras tú la que opinabas que debíandivorciarse.BERTA.—Pero aquello era una nube de verano, y esto es un pedrisco.VALENTÍN.—En fin, si no se trata más que de que vuelva Mariano...(Mirando el reloj.) Faltan tres minutos para que vuelva...ALEJANDRA.—(Volviéndose rápidamente.) ¿Qué?VALENTÍN.—Eso. Que faltan tres minutos. (Alejandra y Berta seacercan, curiosas, a Valentín.)ALEJANDRA.—¿Habla usted en serio?VALENTÍN.—Tan en serio como cuando me examinaba de Anatomíapatológica.ADELAIDA.—(Acercándose a Valentín también.) ¿Hablaba en serioantes?VALENTÍN.—Sí.ALEJANDRA.—¿Es verdad que faltan tres minutos para que vengaMariano?VALENTÍN.—Dos minutos nada más. Ya ha pasado uno.ALEJANDRA.—Pero ¿en qué se funda para suponer eso?VALENTÍN.—En que los hombres volvemos siempre. Ya ve usted el casode Cristóbal Colón... Se fue a las Indias, y, al marcharse, armó unjaleo nacional. "Que se ahoga..." "Que se cae en el vacío y semata..." "Que no encuentra tierras..." "Que se muere de hambre..."Pues nada: a los pocos meses volvía. ¿Por qué? Porque era hombre, ylos hombres volvemos siempre.ALEJANDRA.—Pero Mariano se ha ido desesperado...VALENTÍN.—No importa. Dentro de un minuto estará aquí.ALEJANDRA.—¿De un minuto?VALENTÍN.—De cincuenta segundos.ALEJANDRA.—Pero... (Por la izquierda entra la Doncella jovencita, muycontenta.)DONCELLA.—¡Señorita! ¡El señor!ALEJANDRA.—¿Qué?DONCELLA.—¡Acaba de bajarse de un "taxi"!... (Vase por el foro a lacarrera.)ALEJANDRA.—¡Dios mío! ¡Y vuelve en "taxi"!VALENTÍN.—Eso no lo hizo Cristóbal Colón. (Alejandra espera, ansiosa,a Mariano en la puerta.)ADELAIDA.—(A Valentín.) Sabía usted que volvía, ¿verdad?VALENTÍN.—Le he avisado yo por teléfono.ADELAIDA.—¿Cuándo?VALENTÍN.—Antes. Cuando he fingido que le hablaba al sastre. La frase"Necesito el smoking para mañana" era una frase convenida conMariano. Yo debía pronunciarla cuando estuviese convencido de que Alejandra deseaba su vuelta.ADELAIDA.—Entonces, ¿todo había sido arreglado entre ustedes?VALENTÍN.—Desde anoche. Encontré a Mariano en la calle cuando salía,rabiando, de aquí; me contó lo que pasaba, y creí que era un debermío entrar por el balcón para hacer cambiar de opinión a Alejandra.BERTA.—¡Líos! ¡Siempre líos por todas partes!MARIANO.—(Entrando.) ¡Alejandra!ALEJANDRA.—(Suspirando.) ¡Ay! (Se abrazan.)BERTA.—Ya no falta más que almorzar; son las dos.MARIANO.—¡Valentín, tú almuerzas con nosotros!...VALENTÍN.—Si os empeñáis... (Suena el timbre del teléfono. Descuelgael auricular y escucha.) Sí. (Con acento irritado.) ¿Eh? ¡Vaya!ADELAIDA.—¿Qué pasa?VALENTÍN.—(Al aparato.) Bueno... Bueno... Sí. (Cuelga. Transición;irritado.) No puedo comer con ustedes.ALEJANDRA.—Pues ¿qué ocurre?VALENTÍN.—Telefonea Raúl, el abogado... Me necesita...BERTA.—(Con convicción.) ¡Otro lío!VALENTÍN.—Sí. Parece que se le ha escapado la novia con uno. (En estemomento. Gerardo sale por la izquierda; viene fingiendo una grandesesperación. Le sigue Lisa, asustada.)GERARDO.—¡No, no! ¡Antes que eso me mataré! ¡Sí! ¡Me mato! (Cogela pistola que quedó en la mesa y se va por el foro, blandiéndola.)LISA.—¡Por Dios! ¡Que se mata! ¡Que lleva una pistola! ¡Que la hacogido de la mesa!ADELAIDA.—¡Gerardo!VALENTÍN.—No hay que apurarse; serenidad. Esa pistola estáestropeada... (Dentro suena el zambombazo de un tiro.)LISA.—¡Ay!VALENTÍN.—(Asustado también.) ¡Atiza! (Por el foro entra Gerardo.Trae los pelos de punta y la pistola cogida con dos dedos, como sifuera un trapito.)GERARDO.—¿Dónde pongo esto? ¿Dónde pongo esto? ¡Que se disparasolo!... ¡Que se dispara solo! (Cuadro. Telón.)FIN DE"UNA NOCHE DE PRIMAVERA SIN SUEÑO"
