— ¿Qué es esto?
Una pila de cadáveres frente de mí. Sus sangres mezcladas, secas en la madera. La poca luz pareció volverse una neblina que cubría las paredes, como sombras burlezcas danzando alrededor de mí.
Tres cuerpos, y mi corazón con ellos. Mis pies se pusieron rígidos, mis palmas sudaban, mi pecho subía y bajaba y mis rodillas temblaban. Todo daba vueltas y la habitación se hizo más pequeña, asfixiandome. No entendía nada, me sentía como un intruso en el cuerpo equivocado. Mis oídos se volvieron sordos y mi vista estaba fija en ellos.
Pálidos, inmóviles, contorsionados, bañados de líquido espeso que por lo reciente, brota de ellos sin detenerse. Sentí un escalofrío, el pánico recorrió cada célula de mi cuerpo y sentí que se levantarían y se vengarian. Sacudo la cabeza y siguen ahí. Oh, ¿Qué pasó?
Mi mente trabajaba con rapidez, como una radio en descontrol. Pero, me sentí inconsciente. El oxígeno se volvió pesado, como si dejara de ser una sutil brisa a una espesa nube que mis pulmones no podían contener. Mis garganta se secó y sentí frío, mucho frío.
El frío del terror, el frío que te hace sentir a la deriva, como si saltaras de un acantilado y sintieras tu cuerpo desplomarse sin ningún tipo de paracaídas. Te preparas para el impacto, pero temes porque sabes que no es como te imaginas. Será duro y doloroso, será fulminante.
Todo se tornó obscuro. No sabía cuánto tiempo había pasado pero la noche dominó, filtrándose por las cortinas delgadas la escasa luz de la luna. Escuché gritos, escuché chillidos y sentí mis pies sujetos por algo o alguien. Pero no me moví.
Quizás eran los demonios tirando de mí hacia abajo, hacia donde pertenezco. Mi sangre se heló, mis brazos parecían desprendidos de mi cuerpo al igual que mis piernas. Sabía que seguían ahí, pero no eran mías.
Este cuerpo no es mío.
Algo colisionó contra la madera haciéndome aterrizar y voltee de donde provino. Un bate.
Todo ensangrentado.
Y mis manos, igual.
Mi ropa, mi rostro, mis pies.
¿Estaré muerta, yo también?
Pero no era así.
¿Dónde estaba el dolor? ¿Dónde estaba la herida? ¿Dónde estaba yo?
Thiago, mi hermano de nueve años yace ahí, con su rostro desfigurado, su cabeza ensangrentada y sus manos en puños. Trato de defenderse, pero la muerte superó.
Madeline, mi madre. Sus ojos estaban abiertos, sus pupilas contraídas y una mueca de terror en ella. Su blusa favorita estaba empapada. Inconscientemente sonreí porque, parecían vestidos para la ocasión.
Richard, mi padre. Está boca abajo. Fue insofacto. No le quedaba mucho tiempo, de todos modos.
Tres almas mías estaban ahí a mis pies. Sin vida, sin futuro. Y yo, me sentí aliviada. Porque eran ellos, o era yo.
Pero, ¿De qué valió? Si fuimos los cuatro, ahora. Porque aquella sombra frente de mí se posó. Una sonrisa maquiavélica me mostró y, mi vida se llevó.
¿Quién soy yo?
—Eres quien los mató.
Respondió.
