Alta, pelo corto, camina lento por la calle, pensando de su vida. De la calle paso a un jardín de rosas muertas, había una, una rosa viva pero cuando la tocó desapareció. Miró como su rosa se volvía arena, poco a poco. Miles de lágrimas aparecieron y maldijo interiormente, de nuevo su imaginación.
Así es, esclava de su imaginación, de sus problemas secretos, de sus deprimentes pensamientos, etc. Sin saberlo se hacía daño y mucho. Miles de lágrimas soltaba al estar arrodillada adelante de aquella rosa, la última rosa que estaba viva en aquel jardín de rosas muertas, maldecía internamente, le había echo daño.
"– Fue un hijo de puta".
Salió de su boca sin pensar lo que decía, ella no sabía que aquellas cinco palabras la iban a torturar toda una vida, se iba a sentir esclava de sus pensamientos, de sus recuerdos incluso de sus pasos. Un perdón no lo arregló, porque aquel perdón no era tan fuerte como para llegar al cielo.
Ella arreglaba la vida de los demás, ella era feliz viendo a los demás felices. Ella sonreía aunque por dentro se sintiera como la misma mierda, ella era feliz. Lo fue.
Caminaba en silencio por aquellos árboles que median de doce a veinte metros de altura, había un silencio profundo en aquel parque. Su pelo se revolvía con el viento, sus pasos cada vez temblaban más, sus fuerzas se iban y su llanto aumentaba. Se sentía como una basura, eran bajones, bajones los cuales tenían sus consecuencias. De un momento a otro sus piernas no aguantaron y cayó.
Ya no estaba sola, tenía a personas que eran sus amigos, no lo estaba, pero se sentía de esa manera. No escuchaba, pero si hablaba. Su autoestima, ego y pensamientos cayeron como gotas de agua en medio de una tormenta.
El peor error que pudo cometer, fue entregarse a sí misma. Rendirse.
Estaba enferma, pero no lo aceptó.
Estaba deprimida, pero no lo aceptó.
Estaba triste, pero no lo aceptó.
Se sentía sola.
Estaba sola.
