Aparcó su chopper en la acera de aquel antro de mala muerte que solía visitar todos los malditos jueves al salir del curro. Entró dando tumbos, sujetando una botella de whisky barato, y una vez terminada, la hizo estallar contra el suelo. Menuda entrada triunfal.
Fué directo hacia la barra de Cindy. Que preciosidad, cómo se movía. Aquella belleza en traje de cowboy estaba dispuesta a enviarte directo a las puertas del paraiso por sólo 30 pavos.
Pero, la verdad es que nada de eso importaba. En realidad le daba igual sus tetas o su culo. Le daba completamente igual. Cindy no era como las demás. Cindy era especial, se repetía una y otra vez. Siempre había estado allí, siempre le había acompañado. Era el amor de su vida.
Se quedó embelesado, hipnotizado con la mirada de aquella flamante bailarina. Ella le tomó de la mano y le preguntó qué quería. Él le respondió que tan sólo le bastaba con mirarla. Cindy rió y siguió bailando para todos. Mientras él seguía bebiendo sin poder apartar la mirada del espectáculo.
Uno a uno, los clientes se fueron abandonando el local. La camarera le pidió que se marchara, era la hora de cerrar. Cindy dejó de bailar y bajó de la barra. Era la hora de irse, repitió en su cabeza. Decidió esperar fuera a que la joven saliera de trabajar.
Cuando Cindy salió, se sorprendió de que estuviese aún allí y le pidió amablemente que se marchara. Oh, Cindy, tan amable como siempre. Pero él no podía aceptar un no por respuesta, al fin y al cabo, ella era su única razón para seguir viviendo esta mierda de vida. Bromeó con ella y luego insistió.
Cindy se empezó a poner un poco nerviosa. Él se acercaba más y más, tembloroso, hasta que rozó su codo suavemente. Cindy pidió disculpas y se despidió por última vez, y de forma brusca, entró en el coche y se marchó.
Él no hizo nada más que mirar la rapidez con la que se alejaba. Atónito, cayó de rodillas al suelo, y no dijo nada. Tan sólo una lágrima sin sentimiento alguno, vaciando lo que quedaba en aquel hombre sin corazón. Tal vez era hora de darse por vencido, almenos lo había intentado.
¿Pero quién cojones era esa chica?
Sabía que no era Cindy. No, ella no era Cindy. Ella estaba muerta, y los niños. Aquel accidente. Sangre, llamas, cristales rotos. Aquel día todos habían muerto. Aquel día él había muerto. Lo había estado desde entonces.
Volvió a casa. Cogió el calibre 45 de caja de zapatos vieja que escondía en el guardaropa. Una bala en la recámara. Fuego.
