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Algunos contaron que la magia solo existe en los cuentos de Hadas...
Otros que se había extinto gracias al odio del corazón humano...
Y yo, soy una de esas que creen ciegamente en ella... Confiaba plenamente en su existencia, a pesar de nunca haberla visto. Cuando era apenas una niña mi imaginación era plasmaba en cualquier cosa que hacía, incluso llegaban a decirme "bicho raro" en la escuela, por mi fanatismo de inventarme personajes cada 5 minutos; pero... ¿Qué mejor que vivir mi vida a mi manera?, era la reina de mi mundo...
Mi abuela era como yo, otra persona totalmente fiel a la fantasía, era la que me contaba muchas historias sobre seres parlantes y otros seres mágicos, alimentando mi gran afición por aquellos mundos en donde un simple hongo podía medir lo mismo que una casa de 2 o más pisos.
Siempre contaba espléndidos cuentos que ni el ser más imaginativo podría inventar, parecía como si las hubiera vivido... Cada una de sus palabras fue dicha con una enorme emoción, rosando el misterio y logrando que nunca me durmiera antes de escuchar el final.
Pero falleció, mi única compañera de aventuras, ya no estaba para dejarme asombrada con historias únicas e innovadoras, provocando que me sintiera vacía y sola; después de todo ella era el elemento fundamental de mi imaginación y mis risas.
Empecé a pensar menos en la fantasía, quería evitar a toda costa sentir aquel dolor y ese sentimiento de pérdida constante.
Apenas era una niña, una pequeña niña, a la cual le habían quitado una pieza fundamental de la niñez y que no sabía que debía aprender a vivir con aquel dolor. Solo sabía evitarlo, afrontarlo nunca había sido una opción en ese entonces.
Mi papá se la pasaba constantemente preocupado por mí e intentaba hacer todo lo posible, para hacerme feliz... pero por más que intentará ni él podía sacarme una sonrisa tan brillante como las que mi abuela me creaba en apenas segundos.
Empecé a tener pasatiempos por moda, no estaba para nada interesada, pero me hacía dejar de lado pensamientos que me hicieran recordar el vacío que me había dejado mi abuela.
Mi padre decidió que mudarnos de la casa de mi abuela era lo mejor para hacerme olvidar ciertas cosas que de momento no podía afrontar; no lo culpo, cualquier padre que amara a su hija incluso movería cielos para verla feliz, e incluso por mi parte no creía que fuera algo malo. Nunca era malo cambiar un poco de aires.
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Logre llegar a una edad, en la cual me daría cuenta, que no era feliz siguiendo personas o cosas por moda, mi cabeza podía estar concentrada en memorizar pasos de baile o aprender a cómo vestirme correctamente, pero mi corazón no pertenecía allí, yo no pertenecía ahí.
Estaba empezando a afrontar aquel dolor que seguía intacto después de casi una década de haberlo encerrado en lo más profundo de mi persona. No podía evitar sentirme vacía, pero era normal que al pensar en ello me diera cuenta que siempre lo estuve desde su fallecimiento.