Nueve meses atrás; antes de disputarse los cuarto de final de la copa mundial de Italia 90, antes de salir, gritar y llorar porque el sol encandecía mis ojos y una enfermera enterrara una de sus uñas en mi mano, marca que llevo de por vida; me encontraba haciendo un largo viaje, con una velocidad promedio de 50 km por hora en una maratón por la vida (nada rápido si comparamos los avances tecnológicos de la época con los de antes, pero esa velocidad no implica lo tecnológico porque es biológica). Maratón que quizás no quería ganar, porque no se trataba del que llegará primero, sino del que logrará fecundar, maratón para pilos, no para rápidos. De hecho, el paradigma del más veloz ya fue refutado. Recorrido que no sé cuánto duro, pero sí sé, que empezó desde uno de los testículos de mi padre (no sé cuál, no me acuerdo) y terminó en uno de los óvulos de mi madre.
Camino o carrera que ha durado más de 27 años, el cual inicie con una maleta en mis hombros, en donde tenía empacados 23 cromosomas. La misión, ir en busca de otros 23 cromosomas, algo así como en busca del tiempo perdido de Marcel Proust, pero exactamente como Swann, para completar la maleta, para formar a un ser humano pensante, emotivo, disiente, cognoscente, recorrido que aún sigue en la búsqueda de sus cromosomas faltantes, traducidos en sueños, deseos y pasión. Pero todo es significación.
Maratón peligrosísima porque estaba expuesta a un mar de fluidos que podrían ahogarme, y esa la razón de existir, lo que no nos mata, nos hace más fuerte. No sé cuándo empezó, el recuerdo aún no hacía parte de mí, poco a poco fui adquiriendo velocidad, mi recuerdo me dice, que tuve memoria desde la mitad de la maratón, porque escuché un grito que ha retumbado mis oídos, una exclamación de placer... algo así, como en sus marcas, listos, ya... a correr o a nadar, no sé, mi recuerdo no estaba bien formado aún.
En el recorrido vi; según como he organizado mis pensamientos, no me lo crean, los recuerdos son solo eso, recuerdos, y se pueden acomodar de acuerdo a las impresiones, y estas impresiones corresponden a lo que la oralidad ha permitido surgir; pero como les decía, vi a una mujer agotada, por un parto muy doloroso, pero contenta, era el hijo que deseaba: un hombre. Lo cual significaba que era el continuador de la estirpe, algo bastante complejo, y el heredero de la nada, algo bastante simple. Debo agradecerle al feto que estuvo en la placenta antes de mí, el hecho de que se haya desprendido de la barriga de mi mamá, de lo contrario, nunca habría habido o se habría programado la maratón en la que competí.
También ví a un hombre muy contento, que no creyó en mi sexualidad, en mi varonil aliento, hasta que destapó el pañal de tela que lo encubría, y comprobó con sus ojos el grandisímo hijo que había hecho parir, lo digo porque mi peso fue bastante grande.
Ah sí, y a una niña, de siete u ocho años, los cromosomas que ella tenía en su maleta correspondían al mismo ADN de la mía, lo cual en etimología menos compleja, se traduce en: mi hermana mayor.
Para organizar mis recuerdos, es decir la relación de mi lenguaje con mi pensamiento, debo organizar los recuerdos que hay en mi ADN, que son los cromosomas que están mi maleta, aportados por mi papá, y los cromosomas que ando buscando, que serán aportados por mi mamá. Esa información es importantísima, para qué, no sé, quizás para descubrirme.
De mi papá:
Mi papá, es Luis Alberto, hijo del tinterillo del pueblo y de una señora que trabajaba haciendo tabaco, de mi abuelo no me acuerdo, se fue cuando tenía dos años de edad, dejó sus huesos, pero volvió, y se volvió a ir, pero esta vez dejo polvo, pero volvió a venir, y se volvió a ir, y esta vez, solo dejo dos fotografías. De mi abuela solo tengo dos recuerdos, uno en donde le mostraba el primer diente de leche que se me había caído, y una voz que decía que lo guardará debajo del colchón, colchón que estaba en una cama, cama que estaba, obviamente ubicada en una casa, casa que estaba ubicada bajo la sombra de unos árboles gigantes como el mundo, al bordo de un río tan grande que parecía el mar, pero como ahora crecí, ya no es tan grande, ni se parece al mar, hace poco le han vertido miles de litros de petróleo y nadie dice nada, pero bueno, eso es muy lejos de donde está la casa grande, lo del petróleo es más arriba, y la gente que no dice nada, también; de la casa, solo quedan las paredes de bahareque que se van a caer, y un matorral de hojas del árbol que amenaza con derribar la casa, y un tío, que desde hace un buen tiempo no ve y yo desde hace un buen tiempo no lo veo. El otro recuerdo, es el recuerdo de verla dormida, vestida de blanco, con su cabellera blanca y sus manos cruzadas, también se fue, pero creo que no volvió, porque no dejó fotografías. Mi papá vivió comiendo bocachico y nicuro, nadando el río grande de orilla a orilla, y trabajando recogiendo algodón, en la hacienda pajonales, creció y empezó a viajar, pagó servicio militar, comió mico porque no habían provisiones, no le creo lo del mico, vivió en Barranquilla, regresó y conoció a mamá, no hay nada más que contar de él, tan solo lo de una vida desordenada, no sé sí era feliz o infeliz, no habla de eso, pero ella, mi mamá, le dio orden a su vida, lo que su mamá, la de él, no pudo.
YOU ARE READING
Vida de Perros
Short StoryVida de perros es una novela escrita desde lo más profundo del corazón, rompiendo todos los canones de la literatura convencional; es una narración escrita con ganas, en primera persona, en donde se narra hechos que reflexionan a cerca de la vida, y...
