No fue un tiempo precisamente agradable lo que me dio ganas de salir a pasear. En realidad hacía frío, pero tenía que salir de aquella casa antes de decir algo que pudiera lamentar. Fui al recibidor a por mi chaqueta, seguido de la mujer de la casa, abrí la puerta con un gesto brusco, violento, y al darme la vuelta vi a aquella mujer decepcionada, y una niña asustada detrás.
A veces no es que no nos demos cuenta de las cosas que pasan a nuestro alrededor, simplemente las ignoramos y más tarde caemos en la cuenta. Algunas son cosas sin importancia, como no saludar a un vecino y que te lo recuerde a la mañana siguiente en el ascensor. Entonces puedes soltar una excusa, estaba distraído y no te vi, pensaba en mis cosas o algo así. Pero hay otras que pasas por alto y tienen consecuencias, como caminar sobre el césped a oscuras y pisar una mierda. Sabes que puede haberlas, claro, pero quieres atajar para ir más rápido e inocentemente piensas que no vas a tener la mala suerte de pisar una, así que lo haces de todas maneras. Sigues caminando porque crees que no ha pasado nada, y cuando estás a punto de quitarte los zapatos de repente lo hueles, y ya es demasiado tarde. Todo lo que has hecho desde que decidiste cruzar por el césped está manchado de mierda, y el rastro lleva directamente a tus zapatos.
En realidad, toda la vida es así. Cada vez que me afeito pienso en ello. Cuando paso la cuchilla por el bosque de pelo duro y solo queda un cementerio de tocones, imagino que son todos los errores de mi vida, que ojalá pudiera borrar los problemas de la misma manera. La hipoteca, ras. El trabajo, ras. Las discusiones con mi mujer, ras. Porque aquella mujer decepcionada era mi mujer. Habíamos pasado muchos buenos ratos, nos habíamos reído hasta llorar, hacíamos planes descabellados que nunca cumpliríamos. Creía que lo más importante que podíamos hacer era formar una familia, así que tras una velada preciosa de abril le pedí a Lucía que se casara conmigo. A veces, cuando discutimos, me pregunto si ese fue el momento en que pisé la mierda. Por aquel entonces el nombre de mi mujer me parecía un nombre perfecto, porque ella era la luz de mi vida. Me equivocaba, por supuesto, porque dos años después me dio otro motivo por el que sonreír. En muchas ocasiones he pensado que fue entonces cuando pisé la mierda.
Siempre he querido a mi hija Elena, faltaría más. Sin embargo, cuando ella nació fue cuando empezaron las discusiones. Yo no quería dejar mi trabajo y Lucía tampoco, pero alguien tenía que cuidar de la niña. Mis padres vivían en otra ciudad, los suyos estaban demasiado seniles para dejársela y por aquel entonces el permiso de paternidad no existía. Lucía no ganaba mucho menos que yo, pero me parecía impensable hacer que un hombre dejara de trabajar para cuidar de su bebé recién nacido. Ella me lo pidió; decía que sería más difícil para ella encontrar trabajo más tarde, y yo sabía que era cierto. Después me lo exigió, y eso ya no lo pude permitir. Ella dejó de trabajar, pero eso no hizo que cesaran las discusiones.
Eran por asuntos sin importancia, o eso creía, y no entendía por qué Lucía se emperraba en que fuera a comprar leche, en que le cambiara el pañal a la niña, en que limpiara el baño o que hiciera la cena. Acabo de llegar del trabajo Lucía, dame un respiro, le decía sin verle las ojeras, el pelo despeinado y la ropa sucia. Para mí siempre tenía una camisa lista, planchada y con olor a suavizante, algo que siempre estaba ahí y que daba por hecho. Y según Elena crecía, las discusiones cambiaban. No has venido a la reunión de padres, tenías que haber ido a buscarla, no puede acostarse tan tarde, está así porque no le has dado la medicación. Y yo siempre le decía que acababa de llegar del trabajo y que me estaba agobiando demasiado.
Y como no podía arrancar esos problemas igual que con la cuchilla, los arrancaba con una llamada de teléfono y unas cervezas con los compañeros. Ellos sí me entendían porque todos teníamos el mismo problema: la mujer y los hijos. Las mujeres no entienden lo que nos pasa por la cabeza, o tienen la cabeza en las nubes o están demasiado preocupadas por tonterías. Ellas no se ríen con nuestros chistes ni nuestras anécdotas, así que nosotros no les contamos nada. Al final, los dos dejamos de reírnos. Por eso necesitaba el bar, para que Manolo nos contara cómo le iba el juicio del divorcio y Alfonso nos relatara los encuentros con su amante. Son temas que no se hablan con tu mujer, mucho menos con tu hija.
Elena era consciente de que causaba muchas discusiones, no podíamos ocultarlas, y pensé que por eso se estaba distanciando de nosotros. Era normal en una adolescente de dieciséis años al fin y al cabo. Por las mañanas salía muy pronto de casa, tardaba mucho en volver del instituto, se pasaba el día encerrada en su habitación o en algún otro sitio. Y de repente empezó a adelgazar y tener insomnio, hablaba poco y rehuía la mirada. Lucía pensaba que se estaba drogando. Hasta que un día llegué tarde del bar, y ahí estaba ella, delante del portal, pero no sola. Él le gritaba, la zarandeaba mientras ella lloraba. Ahora me mira como una niña asustada, y su madre decepcionada, pero no lamento haberle pegado a ese chico. Porque la mierda era yo. Lucía me había pisado y Elena me había heredado. Nunca la he escuchado, y eso podía haberle salvado de una relación así. Pero voy a arreglarlo. Hoy tendrán que creer el relato de una mujer rota. Hoy voy a empezar a ser el padre que Elena merece. Porque ella lo merece todo.
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Luz tamizada
Short StoryEste es un relato para el concurso de historias de Hombres (y algunas mujeres). "Ponte en la piel de un hombre, y escribe una historia sobre una mujer. Y luego cuéntala aquí, en este foro, para participar en el concurso de historias de Hombres (y al...
