Podía ver el brillo en sus ojos esmeraldas... un brillo de pasión, deseo y lujuria... Su respiración se agitó solo con verlo caminar decidido hacia ella con esa mirada penetrante. El avance de él la hizo retroceder hasta quedar atrapada contra la pared y sus firmes brazos que la acorralaron. Sentía que las piernas le temblaban y una punzada en el vientre la hizo arquear la espalda. Él deseaba hacerla sufrir, al menos eso pensó, pues se inclinó como para besar sus labios, y ella ansiosa de placer se había dispuesto a recibir esa boca pecaminosa, pero él había decidido otra cosa, besando su frente, lo que la hizo suspirar. Sintió como sus labios descendieron por sus mejillas, y deliciosas ondas de excitación viajaban por su cuerpo. Cuando sus labios estuvieron justo al lado de su boca se detuvo y se alejó, mirándola con esos ardientes ojos. Ella deseaba más, por lo que tomó su rostro son ambas manos y se acercó para hacer lo que él aparentemente evitaba. Pero justo en ese momento él puso sus dedos sobre sus labios para detenerla. Ella lo miró confundida, porque necesitaba con urgencia probar esos exquisitos labios... él dejó escapar una sonrisa de satisfacción al ver su anhelo y decidió cumplir su deseo. Se acercó y ella sintió como su corazón iba a salir de su pecho debido a la agitación que él le provocaba. Era perfecto. Cerró sus ojos esperando aquella caricia prohibida y sintió como su cálida lengua se deslizó por sus labios, haciéndola gemir de placer. Abrió un poco los labios para permitir su intromisión un poco más adentro y él no se hizo esperar, introduciendo su lengua en su cavidad. Se fundieron en un beso apasionado y fogoso que los dejó sin respiración y cuando se separaron para tomar aire, él pudo verla sonrojada y agitada. Vio como su pecho subía y bajaba intentando controlarse y la tentación se apoderó de él, besando su cuello y, descendiendo con sus ardientes labios, se fue acercando peligrosamente a su escote. Ella ya no podía más de placer, comenzando a soltar gemidos que salían involuntarios de sus labios. Más, más, más, pedía...
-¡Saori!... ¡Saori! -escuchó que la llamaban.
Ella ya no sabía donde estaba ni qué había pasado, su mente seguía pegada en aquel sueño que no quería dejar.
-¿Estás bien, Saori? Te escuché quejarte -Seiya estaba a su lado, preocupado.
-¿Seiya? Yo... creo que tuve una pesadilla -"pesadilla", pensó para sí misma.
-Mi amor, no me preocupes... - el Pegaso se inclinó para besarla. Ella se sentía indigna de recibir sus labios después de haber anhelado los de otro, por lo que disimulada corrió su cara, y el terminó depositando su beso en su mejilla.
-Disculpa, voy a ir al baño, primero - se disculpó la pelilila.
Se levantó y Seiya vio como cerró la puerta. Dentro, ella miró su reflejo y pasó sus dedos por sus labios recordando aquella fogosa boca que la había hecho suspirar en un sueño. Sentía la humedad entre sus piernas, que revelaba el placer que tan solo en una fantasía él le había proporcionado. Se preguntó qué sería probar realmente esos tentadores labios.
-Shun - suspiró susurrando su nombre.
Ya tenía veinte años y llevaba tres en una relación con Seiya. Sus demás santos habían partido a diferentes lugares, viajando por el mundo. Hacía un mes que Hyoga y Shun la habían llamado para saber si podían alojar en la mansión un tiempo. Ella, sin saber que se había autosentenciado, aceptó contenta su visita. Había quedado impactada al verlos llegar. Ambos estaban hechos todos unos hombres, varoniles y tentadores. Se notaba el mundo que habían recorrido.
-Hola Saori -la saludó el peliverde con un beso en la mejilla que la dejó en la nubes inmediatamente.
-Shun... hola -apenas pudo saludar, totalmente sonrojada.
-Saori... tanto tiempo - el ruso también dejó un beso en su rostro.
-Sí, tanto tiempo, que bueno que vinieran Hyoga.
