Matt

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Créditos a Nemelin por el dibujo

▸ HISTORIA ◂

James había crecido rodeado de lujos. Su infancia, pintada con los colores del privilegio, no conoció el hambre ni el miedo. Era el primogénito de una familia influyente, con un apellido que abría puertas y silenciaba rumores. Todo parecía estar en su sitio: una carrera prometedora, una novia hermosa llamada Olivia, y un mejor amigo leal, Matt, cuya vida era la antítesis de la suya.

Matt venía de una familia humilde, trabajadora, sin adornos ni influencias. Era simpático, empático, con una calidez que desarmaba a cualquiera. James lo admiraba en silencio por eso, aunque jamás lo admitiría. Desde la adolescencia, habían sido inseparables. James encontraba en Matt algo genuino, algo que ni el dinero ni el poder podían comprar. Pero ese lazo, sólido por años, empezó a fracturarse cuando James notó un cambio sutil en Olivia.

Ella solía reír con él, con ese brillo en los ojos que le hacía pensar que el mundo era suyo. Pero desde hacía un tiempo, esa chispa se encendía cuando Matt hablaba. James comenzó a observarlos, a diseccionar cada gesto, cada mirada, cada silencio compartido entre ellos. Olivia no decía nada, y Matt, como siempre, parecía ajeno. Pero en la mente de James, el juicio ya estaba dictado: su mejor amigo era un traidor.

El veneno de los celos se infiltró lentamente. Primero como una incomodidad leve, luego como una sospecha, hasta convertirse en una obsesión paralizante. Espiaba sus conversaciones, analizaba sus palabras, reconstruía encuentros imaginarios. Y aunque jamás vio prueba alguna, su mente lo llenó de certezas. ¿Cómo no verlo? ¿Cómo no aceptar que Matt, con su humildad y su sonrisa honesta, había robado el corazón de Olivia?

James jamás se atrevió a enfrentarla. Para él, Olivia era inocente, casi sagrada. Su amor por ella era irracional, absoluto. No podía concebir que ella lo hubiera traicionado. No. El culpable era Matt. Siempre Matt. Él debía haberla manipulado, seducido con su carisma sencillo.

La lógica desapareció, y con ella, la cordura.

Fue entonces cuando tomó una decisión de la que no habría vuelta atrás. Usó su influencia, su dinero, y contactó a dos hombres que le debían favores del pasado. Individuos de moral maleable, dispuestos a callar por el precio adecuado. Acordaron un plan: una noche cualquiera, invitarían a Matt a una cabaña a las afueras de la ciudad para pasar el rato entre colegas. Nada parecía sospechoso. Matt aceptó, confiado, sin saber que se dirigía hacia su final.

La noche del 12 de mayo de 2015, el aire estaba cargado de tensión. Matt reía, ajeno, mientras bebía con ellos, recordando anécdotas de su juventud. James lo observaba con una mezcla de odio y tristeza, preguntándose cómo había llegado a ese punto. Pero ya era tarde para detenerse. En un momento de aparente distracción, los secuaces lo sujetaron. Matt, sorprendido, apenas alcanzó a gritar. James, con una soga en las manos, temblaba. Durante segundos eternos, vaciló. Luego, apretó.

La vida se escapó de Matt en medio de la oscuridad, entre crujidos y súplicas. James no lloró. No gritó. Solo respiró hondo, como si con ese acto liberara una carga insoportable. El cadáver fue abandonado en un bosque cercano, después limpiaron todo y pagó a los individuos, les exigió silencio, y regresó a casa como si nada hubiera pasado.

Pero el silencio no dura para siempre.

A los días, el cuerpo fue hallado por un excursionista. La noticia estalló en los medios. Un joven, asesinado brutalmente. Olivia lloró desconsolada. James la consoló, interpretando a la perfección su papel de amigo afligido. La policía inició una investigación. Pronto, los rumores comenzaron. James fue interrogado, era el último que había visto a Matt. Había testigos que lo ubicaban cerca de la cabaña pero su coartada, cuidadosamente construida, lo protegió. Los favores que debía, las conexiones de su progenitor, lo mantuvieron a salvo. No había pruebas suficientes. El caso quedó estancado. La justicia, una vez más, se inclinó ante el poder.

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