Tras la muerte del padre de la familia, todo parece venirse abajo y la oportunidad de vivir es una carrera contrarreloj.
Después de recorrer toda la ciudad en busca de un trabajo, Enzo Fiorelli opta por dedicar su tiempo laborando en una cómoda tie...
Me encontraba arrodillado al lado de la cama, agarrando entre mis dedos parte de la cobija que arropaba a Nina. Podía escuchar sus quejidos que parecían ser susurros ahogados, sabía que justamente en este momento le dolía estar en su propio cuerpo. Cerré los ojos e inhalé fuerte llevando consigo un pequeño olor a canela que estaba en la habitación como cada diciembre.
—¿Llorarás otra vez? — Nina susurra y levantó mi cabeza de pronto tomándole suavemente la mano.
—No, estaba pensando. — murmuré y apreté su mano ciertas veces donde me regala una cálida media sonrisa. Su rostro estaba pálido y los labios carcomidos del cansancio que había acumulado durante la semana.
—No pienses demasiado — Nina dice apenas audible y quita su mano de la mía poniéndola en su pecho encima de sus pijamas de algodón — cuando te vayas, apaga la lámpara y no dejes la puerta abierta, Enzo — me pongo en mis pies levantándome y asintiendo a sus órdenes. Antes de apagar la lámpara le planto un beso entre las cejas y la escucho decir que me amaba.
Cierro la puerta sin hacer sonido por lo que mamá podría escuchar que me quedé despierto hasta tarde. Nina era demasiado joven para ver la etapa de la vida más linda en la peor manera, tenía miedo de despertarme y ver que su pecho no se levantaba ni se hundía como la última semana que pasó. Salió al campo y desmayó.
De puntillas camino hasta mi habitación tocando el helado pomo que decoraba la puerta de madera blanca.
—Enzo — escuchó sin más la voz de mamá — Ven aquí — retrocedo y camino con más seguridad de saber que estaba despierta y que me había descubierto. Me apoyo en el umbral de la puerta y le miro.
—Mamá, sé que es tarde, pero ella necesitaba compañía por un...
—Siéntate conmigo — mueve las tazas del sofá junto con fólderes color amarillo palpando a su lado. Subo mis pantalones a la cadera y camino hasta ella sentándome.
—¿Cómo está Nina? — pregunta y en sus ojos había una pizca de esperanza de recuperación.
—Igual que ayer. Ella no quiere que te enteres que fue al campo a jugar cuando se sentía bien. Lo mejor será evitar que le hables de eso — afirmo y ella forma una línea con su boca, ojos agrietados y se amarra la cinta de su bata.
—Trataré evitar hablarle de eso, ella sólo quería salir a respirar un rato. — mira al suelo por un par de segundos y voltea la mirada a mí — No tenemos más recursos para llevarla al médico de nuevo, mi dinero se agota cada vez más. Lo último que tu padre dejó ya lo utilizamos en las consultas anteriores. Si Nina vuelve a empeorar, Dios en el cielo sabrá qué hacer con mi ángel.
La voz quebrada de mamá era cada vez más irresistible de notar y pone sus manos bajo su barbilla al mismo tiempo que hace contacto con sus mejillas.
—Yo puedo encontrar una manera, si salgo de aquí regresaré con un empleo. Sacaremos a Nina adelante — mi voz comenzaba a distorsionarse y el nudo en la garganta ya estaba invadiéndome la tráquea y el alma. — Se curará, y podrá salir al campo cuantas veces quiera. Te lo prometo mamá.
—Enzo, no encontrarás un empleo tan rápido, los medicamentos de Nina son altamente caros y apenas tenemos para comprar la cena de todos los días, ¡entiéndelo! — su carácter comenzaba a exaltarse, sin despeinar gritos ni insultos todo por Nina.
—Buenas noches, mamá. No olvides despertar a Nina a las seis y llevarle su tarro de jugo. — ignoro completamente su comentario y me levanto, pateando los papeles que estaban en el suelo, con marcas de sellos y recetas médicas, mamá no dijo nada después de mi salida.
Al día siguiente, me despierto con un pequeño rayo de luz que se filtra por las cortinas con una pequeña brisa que me pega en el rostro. Me estiro, despojo la sábana y me levanto mirándome al espejo. Las ojeras que tenía no se veían tan mal por el significado que les daba. Nina decía que tenían forma de arcoíris y que en efecto parecía uno con dos colores, morado y tonos de amarillo cosa que me hacía carcajear cuando lo mencionaba.
Me meto a la ducha y salgo como hombre nuevo, se siente bien.
Peino mi cabello con mis dedos y salgo de la habitación cerrando a mis espaldas la puerta.
—¡Mamá! ¿ya despertaste? ¡Mamá! — grito por el pasillo y no tenía una respuesta. Me dirijo a la sala y ahí encuentro su figura durmiendo en el sofá con una hoja entre las manos. Ruedo mis ojos y pienso en lo mucho que disfruta dormir casi todas las noches en el sofá, el único sitio que está cerca de la habitación de Nina.
Me dirijo a la habitación de Nina y abro la puerta lentamente, viéndola a través del poco espacio de la puerta y el umbral que dormía plácidamente, cierro la puerta
y mejor me retiro.
Regreso donde mamá y veo cómo despega sus ojos.
—¿Qué hora es? — pregunta y se va acomodando la bata mientras se incorpora.
—Son las ocho de la mañana. ¿Le diste el desayuno a Nina? — pregunto.
—Sí, volvió a dormir. ¿Tienes hambre, hijo? — bosteza y se pone sus pantuflas color caramelo que las usaba desde que se había casado con papá.
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