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Todos le teníamos miedo al castigo porque en el universo infantil este era algo así como la muerte para los adultos.
En un domingo de primavera, fuimos a la hacienda de tío-papi, muy alegres por saber que comeríamos higos en mermelada y montaríamos a caballo.
Por la noche nos poseyó la curiosidad del espíritu del bosque y decidimos ir a explorar a las afueras, los fantasmas nunca fueron nuestros enemigos tanto como la ignorancia del misterioso y salvaje mundo por descubrir.
Al sumergirnos en lo desconocido nuestras reacciones naturales fueron salir gritando entre risas y temores más por las reprendas de tío-papi y el palo volador de mamá que son verdaderos peligros.
La gran sorpresa fue que había una culebra en la maleza, el más valiente la sostuvo, dijo que estaba muerta pero era en realidad: las caspas de una culebra, nos miramos cómplices y entonces todos supimos que cuando mamá y los demás nos busquen para castigarnos quizá ya no tengamos la misma forma y sólo queden nuestras caspas.
