El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular(...): Nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pedían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel exámen, que redimía a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real.
