Capítulo 2:"El inicio de la aventura mortal"

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Sofía llegó a su oficina aún con la placentera sensación de ese encuentro casual con aquel extraño, pero a los pocos minutos en su despacho, los casos, los colegas, y los expedientes se ocuparon de su total atención. Constantemente agradecía su nombre que le pusieron sus padres, Sofía: sabiduría! Y así era ella, veía los detalles como nadie más, se aprendía todo lo que tenía que aprenderse, pero aún mejor, lo utilizaba en el momento adecuado. Le encantaba leer, le encantaban los detalles, esos que hacían que el jurado se pusiera a favor de su cliente, a favor de su causa, a favor de ella. Cuando se llegó la hora de la comida, fue cuando se acordó de su misterioso encuentro se permitió extenderlo un poco, le puso nombre, algo varonil, algo fuerte, Cristopher tal vez, o tal vez Patrick, se rió un poco más, saboreó su último trago de vino, y se dijo que para la noche al estar en la cama, le dedicaría el placer que se merecía. La tarde pasó sin contratiempos, y también sin prisa regresó a casa. Ligeramente echó algunas miradas a su alrededor en la misma zona que se habían encontrado, pero nada. Mejor! Pensó de repente, así en mi mente, se queda perfecto, no tiene los errores y defectos que de seguro tiene, como todos los hombres.

Ya en casa, después de cenar y lavar los trastes, se metió un rato en su tina, y ahí empezó la dedicatoria al encuentro del día! El agua, las sales, los chorros calientes de la manguera de mano empezaron a preparar el terreno, "su" terreno. Se fue a la cama donde ya había decidido que par de juguetes utilizaría. Muchas veces le gustaba también frotarse con la toalla, cruzar las piernas y sentir esa rugosidad que tienen las toallas, pero no, esa noche iría un poco más. Se puso una lencería linda, porque eso aumentaba la fantasía, un juego divino de encaje negro y tonos blancos, un sostén de seda, y ella sabía que ningún hombre los había visto en su cuerpo, se los dedicaría a su Cristopher. Empezó con sus dedos, una gota de lubricante y a explorar, le gustaba ir por su entrepierna y subir un poco, recorrer los caminos que formaban sus pocos vellos alineados, llegar a la vulva, presionar un poco con su dedo corazón (el de en medio), y luego ir un poco más adentro, regresar, hacer algunos círculos, ahí iniciaban los primeros gemidos. Después dos dedos! Llegar a la vulva, rodearla, presionar el centro, ir hacia dentro, presionar donde sabía que tenía que hacerlo, es decir como si hiciera un pequeño gancho con su dedo, como si se rascara justo por detrás de su zona frontal. Agradecía sus dedos largos, siempre podía ir un poco más allá. Estimular el punto G como sabia ella, irónicamente tantas veces, varios hombres y ninguno sabía cómo llegar ahí! "Tan fácil que es pendejos!". Después, la pequeña bala, vibrando a la máxima potencia, directamente a la vulva, por fuera, obvio. Y en la mente ya estaba su extraño del día. Recordó su boca atractiva, imaginó como su lengua se hacía camino hasta llegar a la suya. Se vio a sí misma quitando le la camisa, morderse los labios al descubrir sus pectorales, sus brazos trabajados, su abdomen marcado. Lo imagino arriba, separándole él sus piernas, para meterse! De un solo movimiento y hasta adentro, soltar un gemido. No aguantaba más y cambió de juguete. El vibrador tamaño mediano era el elegido, el que tenía el estimulador de punto G en la punta, como si fuera otra pequeña cabeza por sobre la cabeza, el que llegaba a la parte más sensible dentro de ella. Sus movimientos y su intensidad aumentaban mientras ella pensaba en él, pensaba como la tocaba, como la penetraba. Al ser una mujer dominante, su mayor fantasía era ser dominada, tomada con fuerza de los brazos. Sentir unos jalones fuertes de cabello en los momentos adecuados, y algo que nadie había hecho con ella, una mano al cuello, perder un poco la respiración al sentir la asfixia de una mano fuerte alrededor de su garganta. Así lo imaginó, mientras el vibrador hacia su trabajo, ella lo imaginaba a él. Y al compás de su ritmo manual, con sus gemidos y gritos llegó a su orgasmo, se oyó a si misma gritar más de lo normal, pero oh dios! Qué rico ha sido.

El siguiente, martes, fue la misma rutina, hizo su habitual ritual y se fue al tren. No pudo ocultar su entusiasmo al llegar al transbordo, pero no pasó nada, y al decirse: vamos Sofía no estás en secundaria, decidió olvidarlo y seguir adelante. Las actividades del trabajo la absorbieron, y las resolvió como siempre, brillante. Terminó el día radiante, completa. Se fue como siempre, satisfecha con lo que hace. Definitivamente, aquel extraño era historia. Miércoles y jueves igual, nada pasó, pero no le importó, ya ni se acordaba de aquello del lunes. Hacía lo suyo, que le encantaba.... Pero, esa noche del jueves, al salir de la oficina, ahí estaba él, enfrente, de su calle, de su despacho. Se acercó, se presentó, le dijo que se llamaba Michael, y que cada día, pensó en ella desde el lunes. Se estaba olvidando del asunto hasta que esa tarde al regresar ella de su comida, la vio entrar al bufete, y decidió volver más tarde, y esperar un poco a ver si la podía ver a la salida. Lo que ella no sabía, es que Michael la ha vigilado todos los días desde el lunes, desde la semana pasada, desde el mes pasado... Ella, acostumbrada a la arrogancia, fue amable, pero cortante, le dijo que tenía que irse, e incluso fingió no recordar ese contacto casual del lunes. Se despidió y se fue. Michael se quedó observándola como caminaba hacia el tren.

Para el viernes, ella había olvidado siquiera ese segundo encuentro. Hizo su trabajo al máximo porque no quería llevarse pendientes para el fin de semana. Al salir a comer, y caminar a su lugar de siempre, se llevó otra vez la ya no tan sorpresa de verlo. Al instante decidió que lo ahuyentaría y sería directa, pero cuando lo vio sonreír, el brillo de sus ojos, su camisa bien puesta, su encantador perfume, y las palabras de que si la podía llevar a comer, ella solo pensó: bueno! Que puedo perder? Vamos! Y de su boca solo salió un: está bien. Así, se subió a un taxi sin saber ciertamente a donde ir. Ambos veían a cada lado de su ventanilla, ella pensando: qué diablos hago con un desconocido? Y él pensando: todo sale como lo planeamos! Así, llegaron a su departamento...

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