•Vino• [4]

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El bar estaba cerrando sus puertas, pero él seguía ahí, esperando a que la pequeña figura del pelirrojo cruzará el umbral de madera negra y vieja, con uno de sus ya conocidos trajes de miles de dólares, los que tomaba la molestia de ordenar por internet, directamente de fábrica.

Nunca lo diría en voz alta, mucho menos frente a él, pero le encantaba como vestía. Le deleitaba el alma ver como aquellos sacos se ajustaban a su varonil e igualmente delgada cintura, haciéndolo desear observarlo por más tiempo. Toda una vida, si es que se podía vivir sólo de admirar a una persona, y estaba seguro de que el podría hacerlo.

El reloj en la pared ya cantaba alabanzas a la media noche, el mesero del lugar ya estaba por apagar la última luz del lugar, justo la que estaba sobre su cabeza castaña, pero se detuvo para mirarlo unos segundos antes de hablar.

-Creo que, a quién sea que estés esperando, no vendrá.-una pequeña pausa en espera de una respuesta de su parte se hizo presente, pero al ser ignorada, prosiguió.-Creo que es hora de volver a casa, muchacho.-lo tomó fraternalmente de su hombro derecho y volvió a hablar.-Lastimosamente, el alcohol no es suficiente para calmar los males del corazón, mucho menos las estrepitosas voces de la culpa. En casa te sentirás mejor.

Con una ligera palmada en la espalda lo animó a ponerse de pie y caminar hasta la puerta trasera del local junto con él, abriendo la puerta con un gran manojo de llaves-cada una para cerrar los candados necesarios de la puerta-sin abandonar la mirada protectora con la que parecía consolar al castaño y, adivinando que se quedaría ahí hasta que terminara de cerrar, le dedicó una sonrisa de cariño a su cliente más fiel, con quién nunca había podido intercambiar ni una sola palabra-y volvió a hablar:

-Ve a casa, tranquilo. Yo aún debo cerrar las puertas del almacén donde guardo las botellas.

-¿Estará usted a salvo?-susurro muy quedo y sin levantar la mirada con colores vino del suelo.

Su voz era melodiosa y áspera, se sentía la cantidad de pesares que cargaba consigo en silencio. Todo ése silencio.

El viejo cantinero sonrió al tener por fin la dicha de escuchar su voz, normalmente sólo solía asentir o negar cuando llegaba y ocupaba su lugar en la barra, así que su sonrisa se ensanchó aún más.

-Calma, jovencito. He recorrido este camino desde antes de que tú pudieras hablar, me encargaré de llegar a salvo en cuanto termine mi trabajo.

El hombre se volteó para continuar con su tarea de cerrar la puerta por donde habían salido, hizo un ademán con su mano, indicándole que siguiera su camino fuera del oscuro callejón y, por inercia, el joven castaño hizo una reverencia de agradecimiento, volviendo a su tan típico mutismo. Dió media vuelta y, sin ningún asomo de culpa, se dió la oportunidad de volver a hablar, quizá, por última vez en su vida.

-Espero verlo mañana.-sonrió de espaldas, sabiendo que su fiel compañero de sufrimientos y alegrías no lo vería y con eso estaba bien, se animó a caminar el primer paso y escuchó un murmullo lejano.

-Espero verlo acompaño, sacaré mi mejor botella de vino para la ocasión.

Ninguna otra palabra salió de sus labios, los selló con el último fantasma del beso que había compartido con el pelirrojo y se animó a seguir su camino a casa, esperando poder volver a la noche siguiente, después de soltar con lágrimas todo aquello que con palabras el resto no podía escuchar.

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La noticia lo había golpeado como un maso impactando contra su estómago.

Había querido ignorar el doloroso alarido de las advertencias que, con ecos ardientes y arrasadores, aún se ocultaban astutamente por las lagunas mentales que lo sumergían en su cerebro. Por un momento quiso ser un poco egoísta y volver a sentir la compañía de alguien más. Parecía que no lograría aprender nunca la lección.

El cantinero, su fiel e indirectamente mejor amigo, sino es que el único que le quedaba, había aparecido muerto esa misma mañana. Al parecer un robo fallido en la bodega de licores, le había costado la vida a manos de dos puñaladas en el pecho.

En las noticias pasaban el vídeo de la cámara de seguridad, advirtiendo inútilmente que evitarán verlo si alguien en la audiencia era sensible. Se veía al hombre intentando pelear con uno de los ladrones, tratando de evitar que se acercara a él con la navaja, queriendo evitar la muerte.
Entre todos los forcejeos que daban fueron tirando uno a uno los estantes con diferentes tipos de licores, dejando apenas unas botellas intactas. Al final del vídeo sólo se veía a uno de los ladrones abalanzarse hasta su pecho y ambos corrían dejando al hombre en el suelo, viendo como su vida se le escurría por las manos.

La furia del castaño era imposible de ignorar, su vista apuntaba a que quería ver a los culpables muertos, pero en el fondo sabía también que era su culpa, él había hablado con el hombre momentos antes, pudo haberlo acompañado o simplemente haberlo ignorado y salido del establecimiento antes de que aquella horrible tragedia ocuerriera, pero fue egoísta. Fue egoísta. Fue egoísta.

Su voz, había cobrado otra vida, pero a diferencia de las últimas veces, no tenía a cierto pelirrojo para hacerle compañía y, sobre todo, escucharlo sin ningún tipo de consecuencia horrible de por medio.

Las lágrimas silenciosas rodaron por sus frías mejillas, las noticias no paraban de repetir la misma oración.

De manera impactante y misteriosa, lo único que quedó intacto dentro del establecimiento, fue una cara botella de vino, la cuál sostenía la víctima hasta el momento en que fue encontrado.

-Petrus del 89...tu favorito.-susurró.

•Vino•

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