Aria era hija de una joven que fue dejada en el altar por su prometido, se había fugado con su mejor amiga.
Pero lo que más le afecto fue el hecho de que se fue aún cuando le dijo que estaba embarazada.
A él no le importo ese hecho y se fue de igual manera.
Aria nació 9 meses después en la casa de su abuela, sobre el alfombrado piso de la sala de estar.
Su madre supo desde el principio que era extraña. Sus cabello era blanco y en sus ojos había galaxias.
A pesar de eso, su madre igual la amo.
Igualmente, una semana después de nacer fue raptada y llevada a su prisión durante la noche. Su madre lloró y la buscó sin descansar durante meses.
Aún lo hace, constantemente pensando en ella.
-
El suelo era frío y la pared gris.
Aria se repetía eso cada media hora para pensar siquiera en algo que fuera cien por ciento cierto.
Ella ya no podía decir que era cierto y que no.
Después de rehacer la realidad múltiples veces y al no haber nadie que lo recordará además de ella, las cosas se le iban de la cabeza al no haber nadie que le recordara el paso del tiempo.
Nunca sabía si era noche o día, si afuera hacia frío o calor.
Lo único que podía saber con certeza era el suelo y la pared. Y su cabello blanco, que le cubría la espalda y tocaba el piso sin nada que le impidiera hacerlo.
Escucho las pisadas del pasillo. O era un guardia o el doctor McFarland, que seguramente la llevaría a una sala para modificar cosas a pesar del riesgo.
-Aria- era él -es hora de trabajar.
Ella no respondió, y solo se levantó lentamente. Su cabello le cubría la cara y no veía mucho a través de este.
Igualmente no quería ver mucho.
Ya sabía perfectamente el rostro afilado de McFarland, con sus pequeños ojos almendrados y su bigote perfectamente cortado.
Era una de las pequeñas cosas de las que también podía reconocer además del piso y la pared.
-¿Qué pasa con esa cara, pequeña Aria? ¿No estás feliz de salir un rato de tu habitación?
-Una celda.
-¿Sigues con eso? Creí que te tranquilizaba.
-Es lo único que siempre se mantiene. Pero sigue siendo una celda.
Él no siguió, y le pidió al guardia de turno que la apuntara con el arma como un incentivo para que caminara.
Como si una estúpida arma le asustara. Ella era la que asustaba.
Caminaron por el pasillo gris. La última vez era blanco.
Y la puerta era doble, ahora era simple. Pero seguía siendo de metal.
Solo recordaba esas cosas porque el último cambio de realidad fue la semana pasada. Y no mucho ocurrió esa semana.
-Bien, Aria, hoy tenemos a un invitado muy especial, así que quiero que te comportes.
-¿Quién es ahora? ¿Otro político o un sospechoso millonario?
-Me sorprende que sepas esos títulos.
-Ya he visto demasiados.
-¿Enserio?- nadie sabe de los cambios de realidad, nadie recuerda.
-No recuerdas.
Él se detuvo -¿Cuándo fue?
-Hace una semana. Actualizate -McFarland no pudo descifrar si la mirada de Aria era de enojo o de sarcasmo. Sus ojos estrellados dificultaban el trabajo.
-Sigamos- le dijo al guardia, que mantenía a Aria de pie.
Aria, que nunca había recorrido diatancias de más de 100 metros, no era muy hábil caminando. Suele tropezar con cualquier resbalón. El guardia la sujeta por la espalda.
-¿Cómo se llama? ¿Hombre o mujer?
-Hombre- dijo mientras abría la última puerta, de hierro reforzado. Aria había nombrado la sala como "La sala de los sustos internos y próximos cambios."
Nunca compartió ese pensamiento.
Adentro estaba amarrado a una silla con cadenas un hombre de unos 40 años y un cuerpo robusto. Mostraba inicios de calvicie y su cara mostraba cortes y un moreton en el ojo derecho. Era obvio que opuso resistencia para venir. ¿Quién vendría en su sano juicio?
-Aria, te presento a Timothy Lowell, un policía que ha estado metiéndose en nuestras cosas.
Lowell no parecía peligroso, más bien, parecía agotado, destrozado.
No daría resistencia.
Sería muy fácil.
-Lowell, te presento a Aria Wren, la maestra de El Camino de la Mente.
Él levantó la vista al escuchar la voz de McFarland.
La vio, y le mostró una expresión de sorpresa y compasión.
-¿Cuánto tienes?- apenas un susurro.
Aria estuvo unos cuantos segundos pensando si respondía o no a su pregunta.
Miro a McFarland. Poco le importaba su opinión, pero le daría una semana de ayuno si decía demás.
Él solo asintió -No saldrá de aquí, así que has lo que quieras.
-14, creo.
-Eres una niña.
-Nunca lo fui. Una niña no crece en una celda en un laboratorio. Una niña no tendría que controlar la realidad y crear las pesadillas de las personas.
-Una niña no debería hablar sin sentimientos en su voz- Lowell habló con tristeza.
-Entonces no soy una- giro hacía el doctor -¿Qué quieres que haga?
-Pesadilla.
¿Qué es eso?- pregunto Lowell.
-Oh, cierto. Pesadilla es como llamamos a una de las habilidades de Aria. Ella puede manifestar los más profundos miedos de un individuo y traerlos a la realidad.
Pudo sentir el miedo de forma instantánea en Lowell. Pudo ver su aura roja del miedo aparecer de forma leve alrededor de su cuerpo.
Pudo oir como una voz femenina gritaba enfurecida.
-¿Tu esposa?
-¿Qué?
-¿Tu esposa es la que grita? ¿O es tu hija?
-Cállate- se estaba desesperado.
-Tu hija entonces. O lo que quisieras que fuera tu hija.
-Detente.
-No puedo- giro a McFarland -nunca pude. A diferencia de una niña normal, no tengo libre albedrío. Así que, no me culpe.
Ella tomó su aura de miedo entre sus manos. Esta se desplazó entre sus dedos, envolviendose en sus brazos.
-Lo siento. Esto va a dolerte un poco.
Ella tiró del aura.
Y Lowell gritó con dolor. Hasta el guardia de torno se asusto.
A Aria le costaba sacar a las pesadillas. Entre más gritaba el sujeto, más grande y profundo era el miedo.
También podía significar que su miedo estaba relacionado con alguien y que tuviera que manifestar a un humanoide.
Esto se confirmó cuando unas manos empezaron a manifestarte, seguidas de brazos, hombros, y luego, una cara femenina con una expresión de furia surgió del brillo rojo.
Luego siguió el torso y las piernas.
Pero algo estaba mal. Ella estaba sangrando y no tenía pantalones.
-¡¡¡Fue tu culpa!!!
Otro grito retumbo en la sala apagando a la agonía de Lowell, que se apagaba poco a poco, mostrando su cansancio.
-¡¡¡Por tu culpa, se la llevaron!!
Ella caminaba debilmente, tambaleandose.
-Detente- no fue Lowell, sino McFarland.
-¡¡¡No la protegiste como dijiste que lo harías!!!
-Aria, pesadilla fuera.
Su esposa, una madre que buscaba a su cría, culpando a su esposo.
Un esposo que sentía la culpa como un peso muerto en sus espaldas.
Un recuerdo constante de su fracaso.
Ella soltó el aura, provocando que el miedo se le escapará y volviera a la mente de Lowell.
-¡¡¡Te dije que no era normal, que alguien se la llevaría!!! Pero no me escuchaste Timothy, nunca lo hiciste.
Y la señora Lowell se fue como una ventisca de arena roja.
-Llevatela- dijo McFarland -luego quiero que la duermas.
Ella vio al doctor con confusión -¿Qué hice mal?
-Nada querida. Solo oiste algo que no debías. Oiste de tu "hermana".
-¿Hermana?- antes de obtener una respuesta, el guardia la agarro de atrás y la arrastró a su celda.
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Princesas Parte: 1
General FictionUn mismo laboratorio. Historias distintas. El proyecto "Diosas" ha tenido exito durante 14 años, y lleva un total de 8 casos viables. Pero ellas ya no pueden tolerar su encarcelamiento. No se conocen, pero tienen el mismo objetivo: destruir el maldi...
