El escultor y la escultura

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                                                                                                                                                                Para Miguel David.


Diez días en la tierra que la había visto nacer habían pasado veloces como los aviones detrás del cielo vidriado de Ezeiza. Era de día y corría ya la cuenta regresiva para la vuelta. La luz del sol del verano, que comenzaba a bajar, atravesaba columnas de vapor caliente y dejaba descubrir cruelmente las caras cansadas de la gente que iba y venía arrastrando los pies y las valijas.

A la ida todo es perfecto, todo es ansia, todo es espera. El mismo aeropuerto privo de brillo y de misterio del regreso parece un volcán de esperanzas y de sueños. El estómago se revuelve de solo pensar que hay que llegar a tiempo a todos lados. Los desconocidos son interesante gente de mundo, acostumbrada a ver lugares exóticos y hablar lenguas distintas. Viajan por placer, por negocios, por trabajo. Lo hacen bien vestidos y con zapatos extraños que nunca se cansan de andar. Las esperadas vacaciones o inesperadas emergencias rompen en dos la rutina de los viajeros abriendo un espacio-tiempo donde suceden cosas que jamás podrían suceder en un ordinario día cualquiera.

Era una sensación que sólo los vuelos de ida internacionales podían despachar. Por el precio de un sueldo ofrecían, junto con las azafatas de uniforme siempre limpio y planchado, de tacos altos todo el tiempo, de peinados de embajadoras del aire y maquillaje de señoras siempre dispuestas a atenderte, la sensación única de dejar atrás tan solo en el vuelo de una noche, todo lo que de pesado, aburrido, rutinario, triste tenía la vida. El viaje de ida es la mejor cara de la nostalgia.

En el vuelo de regreso, las mismas azafatas perdían atractivo, parecían cansadas, despeinadas y hartas de que los pies y las piernas les dolieran solo por un capricho de la elegancia (¿no hubiera sido mucho más cómodo trabajar con zapatillas?). Tenían ojeras, el maquillaje corrido y gastado, los uniformes arrugados y transpirados de tanto ir y venir. Se quejaban de todo y de todos. Se dan el lujo de tratar mal a los pasajeros, de hablar de cosas personales en vez de estar a disposición, de tomarse el vino de las bodegas y quedarse dormidas en cualquier ángulo. El viaje de vuelta es la verdadera cara de la nostalgia.

No era extraño que los aviones se retrasaran en Ezeiza, justamente para transformar el viaje de regreso en algo siempre más largo y tortuoso. Decidió tomarse un café en el bar que estaba delante del Gate 12, con destino a Roma. Tomó, con los últimos ejemplares de esa moneda nacional cada vez más devaluada, un café. "Agua sucia" lo hubieran llamado en Italia. Diez cortados de Buenos Aires tenían la misma cantidad de cafeína che un "caffé corto" de Roma. Pero mejor así. Aquello iba a ser como una infusión para dormir para ella que estaba acostumbrada a varias al día de aquellas bombas de adrenalina para seguir corriendo, para seguir trabajando, para llegar siempre puntual a todos lados y así y todo nunca lo lograba. Los argentinos no la necesitan porque lo mismo vale a las diez que las diez y media, un encuentro con amigos no exige puntualidad, la vida va tomada lentamente, con calma con que se toma un mate.

Mejor un café aguado. Junto a la botella de vino de la cena, si no era demasiado aguada también, iba a procurarle el deseado efecto colateral de dormir hasta tocar suelo europeo. Aquel viaje había sido tan fugaz e inesperado que no había tenido tiempo para reflexionar, para llorar o para pensar que era mejor: si un lado del océano o el otro, si un cortado de Buenos Aires o un caffè corto de Roma. Por lo general a eso le servía el viaje de vuelta. Para hacerse cargo de la tristeza de tener una vida dividida en dos, y llorar si el lugar del avión era más o menos escondido y la ausencia de luces lo permitía. 

El escultor y la esculturaGeschichten, die süchtig machen. Entdecke jetzt