178.

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Me despierto.
El suelo está frío, lo siento tan frío.
Me levanto, confuso. No recuerdo nada, no sé qué hago aquí, no sé cómo estoy en este lugar, no sé quién soy.
No recuerdo ni mi nombre.
Estoy vestido únicamente con una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos, ambos blancos.
Mis pies descalzos sufren sobre esa superficie metálica, dura y fría.
Miro a mi alrededor.
Estoy en una pequeña habitación de paredes también hechas de alguna aleación.
No hay nada en este antro, ni muebles, ni ventanas, ni puertas.
Solo yo.
Doy una vuelta con la mirada, las paredes son todas grises y con reflejos metálicos.
Solo hay una cosa que empaña la perfección y regularidad de ese lugar.
Un "178" pintado de un rojo burdeos mancha una de las paredes.
Está escrito con total simetría y exactitud, pero aun así es como una mancha, que rompe la atmósfera de esa habitación, que te observa y te atraviesa.
Me quedo por un momento fijando mi mirada en ese número, intentado descifrarlo.
De repente una voz me saca de mi abstracción, sobresaltándome.
El corazón me palpita rápidamente. Me giro y no veo a nadie ni a nada.
Escucho de nuevo esa voz.
Es una voz femenina, pero con sonido bastante artificial y electrónico.
También me doy cuenta de que sale de las paredes.
No logro entender lo que dice, así que simplemente corro a una pared y me pego a ella. Comienzo a gritar pidiendo ayuda y preguntando quién soy y qué hago aquí.
El silencio es mi única respuesta.
Tras unos segundos suena un click y en la pared se abre un pasadizo.
Vuelvo a escuchar a aquella mujer y esta vez sí que consigo entenderla.
Me dice que pase a la siguiente cámara y que siga las instrucciones que me da.
Hay algo en su tono que me hiela la sangre. Quizá su falta de humanidad.
Decido hacerle caso y pasar a la siguiente sala, simplemente por el hecho de alejarme de aquella habitación y de aquel número que tanto me estresa.
Para mi sorpresa, el pasadizo mide poco más de un metro y llego en seguida a la nueva cámara.
Esta estancia es bastante parecida a la anterior, mismas paredes, mismo suelo frío...
La única diferencia es que a la izquierda se encuentra plasmado en la pared un "1" de un profundo color negro y, para mi alivio, no hay ningún 178 observándome.
A la derecha veo un palo clavado en el suelo y a su lado unos 5 aros de distintos colores y tamaños.
Vuelve aquella extraña voz y me dice que debo colocar los aros en la vara, de mayor a menor.
"Qué fácil", pienso.
Lo hago al instante y de nuevo suena un click, abriéndose otro pasadizo a otra estancia.
Paso a la siguiente cámara.
De nuevo el mismo modelo.
Mismas paredes, mismo frío, a la izquierda un "2" pintado de azul.
En esta ocasión, a la derecha, veo una pizarra digital de aspecto muy moderno.
La voz me ordena escribir en aquel aparato los números del 1 al 10.
Qué sencillez. Lo hago en seguida, deslizando mi dedo sobre la pantalla de tecnología puntera.
Otro click, otro pasillo, otra cámara.
En esta ocasión en la pared de mi izquierda está pintado un 3, de color verde.
A la derecha, en el suelo, un simple cuadrado blanco. La voz me dice que tengo que realizar unos cuantos saltos y ejercicios en él.
Bastante sencillo.
Después otro pasillo, otra estancia, otra prueba, ya sea de ejercicio físico o mental.
Los números se suceden a mi izquierda, variando sus colores.
Un 4 rojo, un 5 anaranjado, un 6 oliva, un 7 verde oscuro, un 8 granate...
Las pruebas van aumentando de dificultad pero sigo adelante.
Lo que más me inquieta es que, al estar en línea todas las estancias, a través de los pasillos puedo a ver al 178.
Y aunque no lo miro, sé que está ahí, tras mi espalda, observándome a lo lejos.
Por la prueba veintitanto, una en la que debo memorizar una serie de difíciles códigos de colores, me fijo en mi codo izquierdo y veo unos rasguños ya cicatrizados. Comienzo a observar e inspeccionar mi cuerpo y descubro bastantes heridas y golpes ya curados.
Esto es demasiado extraño, pero sigo adelante, estancia tras estancia, superando todas las pruebas que me pone esa metálica voz.
Y aunque no entiendo por qué, debo obedecerla.
Llego al desafío 46, debo correr por un largo pasillo en un corto periodo de tiempo, esquivando unas marcas marrones situadas en el suelo.
Estoy tan exhausto...
Corro rápidamente mientras la voz realiza su diabólica cuenta atrás.
Salto y esquivo aquellas marcas del suelo.
Veo el final, a unos cuantos metros, pero sé que se me acaba el tiempo, los números siguen decreciendo, bajando a toda velocidad, parece que el tiempo está distorsionado, 7, 6, 5, 4...
Mis piernas no soportan más esa presión y me traicionan.
Doy un mal paso y mi pie cae en una de aquellas malditas baldosa.
La voz desaparece, los números también, la presión se esfuma.
Ahora solo hay silencio, silencio y calma.
Paz.
Me quedo unos segundos quieto, tranquilo, pisando aquella marca que ya no aterra tanto.
Respiro.
¿Y ahora qué?
...
ALARMAS.
ROJO.
RUIDO ESTRIDENTE.
Aquella irreal voz vuelve, "Sujeto número 1984, prueba 178, módulo 46. Fallo."
Y mientras la habitación se tiñe de rojo por culpa de unas luces y sirenas que aparecen de repente y sin darme cuenta, como mi miedo.
Y en aquella voz, que aunque sigue siendo tan inhumana y artificial, puedo incluso notar un atisbo de odio en su tono, de disfrute y placer, al pronunciar esa horrible palabra:
"Fallo."
Intento huir a ningún lado, pero de repente en la pared se abren unos pasadizos por los que llegan una decena de hombres armados, vestidos de blanco y con malas intenciones.
Me acorralan y me sujetan entre todos, por las piernas, los brazos, la cabeza...
Intento resistirme pero no puedo, son demasiados, me atenazan con sus garras.
Uno se acerca a mí con un pequeño aparato parecido a una linterna.
Me apunta a los ojos y dice "Preparando borrado de memoria para reinicio".
Y esa palabra me traspasa, me atraviesa, me destruye.
Me hace recordar todo, todo.
Me hace recordar todas y cada una de estas pesadillas, desde la primera a la centésima septuagésima séptima.
Lo único que hago es gritar, lo más alto que puedo.
Desgarrando mi garganta.
Me retuerzo y caigo al suelo.
Los cuerpos me vuelven a rodear y a apresar. La linterna apunta a mis ojos.
Y, únicamente, puedo ver, entre ellos, a ese 178, de ese rojo que me atraviesa, que me vigila a lo lejos, a través de esos pasillos.
A ese número que se ríe de mí.
A ese número maldito.
Después simplemente la luz blanca llega a mi mirada, causándome la mayor oscuridad que jamás he visto.

• • •

Me despierto.
El suelo está frío, lo siento tan frío.
Me levanto, confuso. No recuerdo nada, no sé qué hago aquí, no sé cómo estoy en este lugar, no sé quién soy.
No recuerdo ni mi nombre.
Lo único que veo, pintado en la pared, es un 179 rojo burdeos.
Un 179 que me observa.
Un 179 que me atraviesa.

Fin.

178Where stories live. Discover now