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Corría por los pasillos formados, rodeado de paredes altas que se perdían en el cielo. El cansancio vaciaba sus pulmones, mas debía seguir.

¿Cuán duro era el camino? ¿Cuánto más habría de sufrir? Esquivaba rocas, proyectiles, daños ficticios... Llevaba alrededor de treinta años allí encerrado, perdido entre todos los caminos que el espacio había creado. El individuo sólo buscaba una salida; estaba cansado de correr.

Avanzó por una ruta de tierra y polvo. Diversas señales de advertencia hacían presencia en el recorrido, indicando caída de objetos o ataques psicológicos.

El sujeto pasó dos años avanzando por aquel camino. Al final de él, se alzó una puerta con un letrero que rezaba «Miedo». Sin opción alternativa, presionó el pomo y entró. Al otro lado, le aguardaba una carretera vacía, llena de desniveles y hendiduras. No sin dificultades, el joven atravesó y superó cada obstáculo.

Al cabo de ocho años, llegó a una bifurcación en la misma carretera.

Un lado le llevaba a un pasillo plano, con algunas rocas interpuestas; el otro conducía a un sinfín de caminos, cruces y decisiones, en cuyo final esperaba una puerta limpia de oro.

El chico escogió el segundo camino. Si bien se quemó, su piel se raspó, recibió diversas heridas, sus cuerdas vocales se desgarraban al emitir gritos... encontraba beneficios a medida que daba un paso tras otro, los cuales le ayudaban a proseguir.

Pudo escapar de sus dudas, por lo que se limitó a soportar y disfrutar del doloroso trayecto. Se dijo a sí mismo que lo importante era el progreso, no el resultado. ¿De qué le serviría acabar con todo aquello si no sentía cada momento del recorrido? ¿Acaso la ilusión de hacer algo nacía de llegar al fin o de experimentar el esfuerzo invertido por llegar a dicho fin?

Eso era lo que estimulaba al joven y lo que eludía que decayese.

Y, así, terminó aquel pasillo, viendo frente a sí una puerta con una palabra brillando en la misma: «Inseguridades».

Procedió a abrirla. Se halló de pie ante una ruta nueva, después de veinte años. Esta estaba conformada por multitud de curvas, pero en un terreno plano.

Trece años más tarde, otra puerta dividía la actual ruta de la siguiente. Asombrado, se percató de lo liso que resultaba el camino. No había ningún impedimento que le importunara.

Con el paso del tiempo, mientras avanzaba, dicha ruta se iluminaba más.

Llegado a los noventa años, abrió una última puerta. Se vio en una sala de luz, despejada y desierta. Sin darse cuenta, el individuo dejó caer los párpados y cayó en un sueño permanente, descansando por fin de todos los trayectos y problemas que había atravesado.

Tal vez el sujeto no había corrido tanto de manera física, pero así se había sentido su mente. Cada camino era una dificultad que tenía que superar; cada puerta, el fin de un obstáculo; cada período de tiempo en años era el paso de una etapa; cada bifurcación era una decisión que debía tomar, sobre la cual la ruta consiguiente resultaría de una manera u otra; y la persona era la representación física de todo aquello por lo que pasaba la mente de la misma.

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⏰ Last updated: Dec 21, 2018 ⏰

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